Los libros usados del Centro

Ante ausencias como la Dirección de Publicaciones e Impresos y la desaparición del Archivo General de la Nación de El Salvador, Irula reflexiona sobre la importancia de las ventas de libros usados como las frágiles depositarias del acervo cultural salvadoreño

Pedro Romero Irula Narrador y académico salvadoreño

En el centro de San Salvador, un hombre entró a una librería de usados sin intenciones de comprar ni vender nada. Quería consultar el Diccionario geográfico de El Salvador, tres tomos gigantescos de monografías sobre localidades del país, publicados en 1970 por el Instituto Geográfico Nacional, que por entonces dependía del Ministerio de Obras Públicas. El librero no puso reparos. Acomodado en una pila de revistas viejas, el hombre anotó en un cuaderno los datos que hallaba en el Diccionario. Agradeció y se fue.

A cuatro cuadras de esta librería, más o menos, se ubica la Biblioteca Nacional de El Salvador (BINAES). Tal vez ese hombre sabía desde el principio que, en su impresionante extensión, la BINAES alberga restaurantes, algo así como un área de guardería, espacios para trabajadores remotos, pero no los archivos históricos de la Biblioteca Nacional anterior. Otros archivos custodiados por el Estado también han desaparecido. Nadie da razón del Archivo General de la Nación, de los acervos de las bibliotecas públicas (que ya no operan), de las extintas Casas de la Cultura y de la Dirección de Publicaciones Impresos (DPI), que tampoco existe más. Ese día entendí la intuición de aquel investigador: para conocer los documentos históricos y literarios de este país, nos quedan las librerías de usados.

A la negligencia institucional de la dictadura, se suma la precariedad editorial salvadoreña. Los libros nacionales tienen fecha de caducidad, semejante, tal vez, a la de una lata de sardinas o de un blíster de acetaminofén. En los estantes de las librerías establecidas (La Ceiba, UCA, mínimamente la Internacional) se venden los títulos más recientes de las editoriales salvadoreñas. En un par de años habrán salido de circulación, no se volverán a imprimir y hallarán lectores por casualidad. Como los tesoros ocultos de las megapacas, están ahí para un golpe de suerte precisa, durante una ventana de tiempo que empieza a cerrarse en el mismo instante en que se abre.

Ahí empieza el abismo que separa El Salvador de su literatura. El olvido cae sobre gatos y gigantes. Es imposible conseguir la obra poética de Claudia Lars, reunida en dos tomos por la DPI. Si hemos aprendido a recordarla como una poeta consagrada, una clásica de la tradición nacional, ha sido mediante un acto de fe, más que por la lectura de su obra — una obra ausente, a excepción de sus libros infantiles y de las memorias de su niñez, Tierra de infancia. También está agotada la poesía completa de Roque Dalton (3 tomos, DPI), con la salvedad de que aún circulan algunos poemarios individuales y un par de antologías. No se edita la obra que Horacio Castellanos Moya publicó en El Salvador (a excepción de El asco). Y ya hace quince años era un triunfo encontrar un libro de cuentos de Claudia Hernández.

Apenas un puñado de títulos salvadoreños se mantiene en circulación. En alguna medida, esto respondía a la lectura obligatoria de estos títulos en el sistema escolar salvadoreño. Al vuelo, recuerdo: Cuentos de cipotes, Luz negra, Jaraguá, Cuentos de barro. ¿Podrían mantenerse en reedición estos escasos clásicos sin la demanda de las escuelas?

Cada vez más, la literatura salvadoreña coincide con ese abigarrado rimero de papeles a medio desaparecer que ofrecen a la vista las librerías de usados. Ahí terminan clásicos y descontinuados, apilados en las mismas torres, amelcochados por el mismo polvo, amenazados por las mismas polillas y los mismos hongos. Entre dos y diez dólares ronda el precio de lanzar una obra olvidada al ring para que se mida con nuestras sensibilidades y experiencias contemporáneas. En el intento he encontrado joyas y ripio, desafíos y desatinos. En términos materiales, he acumulado una buena cantidad de libros nacionales que compré en los usados. Mi propósito es reseñar en serie estas lecturas, obras literarias e históricas, que tanta curiosidad me despertaron. Creo que hay un valor en confrontar públicamente las palabras de otra persona que se las vio con este país y dejó algo dicho al respecto. Quizás mi curiosidad es en realidad curiosidad de muchos.

Si es así, espero que estas reseñas lleven clientes nuevos a las librerías de usados. Temo haberlas descrito con palabras de enamorado en este texto. Son negocios. Venden bienes que me encienden una pasión particular y además soy amigo de algunos libreros. Sé que cuadran números todos los días, pagan alquileres exorbitantes y operan bajo la constante amenaza del desalojo. Ya las librerías que quedan sobrevivieron a traslados forzosos por el arbitrio de las autoridades capitalinas. Toda venta es buena noticia. Recomiendo dos en particular, ambas en la misma manzana. La Montaña de los Libros, donde vende el gran Jacobo Rojas, se encuentra al lado de la sucursal de Casa Rivas de la Avenida Monseñor Romero.

Ignoro el nombre de la segunda, pero queda en la esquina opuesta de la misma manzana, en el cruce de la 3ª Calle Oriente y la 4ª Avenida Norte.


Pedro Romero Irula (El Salvador, 1997) Trabaja y escribe. Ha publicado cuentos en las revistas digitales Café Irlandés, La Piscucha, La Zebra, Literariedad y El Escarabajo. Otras publicaciones: Lados B (antologador con Luis Contreras, Los Sin Pisto, 2019) y Dos bolos (libro electrónico gratuito, Editarial Entre Tejas, Chiapas, 2022). El 2025, Índole Editores publicó su primer libro de cuentos La llegada del mundo invisible.

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