Tras cerca de tres décadas al aire por la YSUCA, el histórico programa La Bohemia llegó a su fin, dejando un vacío en la difusión cultural salvadoreña. En esta conversación con El Escarabajo, la poeta, actriz y gestora cultural Aída Párraga —recientemente nombrada Poeta del Año por la Fundación Metáfora y con la publicación en puerta de su libro Obituario— reflexiona sobre el repentino cierre de este espacio independiente, repasa 30 años de memorias y resistencia artística junto a creadores y oyentes, y reafirma su compromiso ineludible con la literatura y la comunidad
Jesús Martínez │ Escritor salvadoreño
Jesús Martínez — Estamos con una artista de gran trayectoria, poeta del año, quien mantuvo un espacio radial durante casi 30 años: un hito en los programas culturales en El Salvador. Tengo el gusto de estar ahora con Aída Párraga, quien nos concederá una entrevista exclusiva para El Escarabajo. Muchas gracias, Aída, por estar con nosotros.
Aída Párraga — 29 años y 8 meses de programa. Para mí es un gusto, gracias. Siempre leo la revista y me encanta la línea editorial. Leo a muchos de sus colaboradores; los conozco personalmente, son amigos poetas, periodistas, escritores, médicos… Creo que todo espacio para la difusión del arte es fundamental, no solo para la sociedad salvadoreña, sino para todas partes, o sea, para el mundo entero.
JM— Aída, estamos aquí porque vamos a hablar de vos, de tu trayectoria, del programa radial La Bohemia, de cómo comenzó y de lo que pasó en medio, y también de este cierre que ha conmocionado al medio cultural salvadoreño. En varias entrevistas se señala que habías pedido un espacio para promover un recital poético.
AP— Lo que pasó fue que, en mayo de 1996, iniciamos con Maura Echeverría, Claudia Hérodier y María Cristina Orantes el proyecto Poesía y Más, que es un proyecto de espectáculos poéticos. Durante todo ese año trabajamos en varias actividades y teníamos un espectáculo programado para noviembre. Entonces, andaba buscando medios para difundir el espectáculo y que nos ayudaran con la promoción. Llamé a la radio YSUCA:
«—Hola, buenos días, mire, fíjese que habla tal y tenemos este proyecto; quería ver si la radio nos podía ayudar a promocionar…
Y me dice:
—Sí, cómo no, con mucho gusto. Mándame la información y nosotros te ayudamos.
—¿Con quién hablo, perdón?
—Con Carlos Ayala, soy el director de la radio.»
«Ándale», dije yo.
«—Mire, ¿y a usted no le gustaría tener un espacio cultural en la radio?
—Sí —me dice—, y es un buen momento porque estamos cambiando de programación. ¿Por qué no vienes y platicamos?»
Entonces le dije a mi hermano, quien había sacado un curso de locución en el Ministerio del Interior y había estado haciendo unas horas en la extinta Cadena YSU. Me dijo: «Sí, vamos».
El día que llegué no estaba Carlos, pero estaba uno de los operadores y productores. Me dijo que nos estaba esperando porque le habían avisado que iríamos a grabar un demo. Nosotros no llevábamos nada preparado; o sea, íbamos a hablar de lo que queríamos hacer. «Démosle», le dije.
Grabamos algo como de media hora. Mi hermano pintor, yo escritora, nos inventamos algo y se lo dejamos. Esa misma semana me llamó Carlos Ayala y me dijo que le interesaba, que me iba a dar un espacio los martes de media hora, de 19.00 a 19.30 horas.
Bueno, pues empezamos a hacer guiones. Me acuerdo de que —no sé si fue el primero, pero estuvo entre los primeros cinco invitados— Horacio Castellanos Moya estuvo ahí con nosotros. Me acuerdo de él porque hablamos de un poemario que se llama La margarita deshojada, creo, que fue el único que él había escrito en poesía y que decía que estaba desaparecido, y que «gracias a Dios» estuviera desaparecido…
Como a los tres meses de estar llevando invitados, le digo a Carlos Ayala: «Mirá, Carlos, fíjate que no me alcanza el tiempo; media hora es muy poco para hablar con los artistas sobre sus proyectos y sus cosas». Además, queríamos poner música y no alcanzaba el tiempo.
«—Sí, vaya —me dijo—. Te voy a dar una hora.»
Así que a los tres meses ya teníamos el horario de las 7:00 p.m., estábamos en prime time.
JM— ¿Cómo fue ese programa con Horacio Castellanos Moya?
AP— Pues estuvimos un poco nerviosos porque, para ese momento, Horacio ya era un cuentista y novelista destacado, y con un carácter particular. A mí me sorprendió mucho que nos haya aceptado la invitación, porque Horacio no era muy afín a los medios. Entonces, para mí fue muy gratificante que aceptara llegar a la entrevista. Teníamos un guion, habíamos preparado una escaleta con las preguntas. Él nos contó de sus libros, de las editoriales con las que había trabajado y de lo que estaba haciendo; pero te digo, fue una media hora que se pasó en diez minutos. Por ahí tenía yo como tres de esos fólderes grandotes en los que guardan cosas en las oficinas, con todos los guiones que hicimos como durante cinco años. Ya después de los cinco años, debo reconocer que dejé de hacer los guiones.
JM—Tu hermano, Carlos Párraga, había hecho un curso de locución radial. ¿Vos te habías planteado en algún momento ser locutora o comunicadora antes de aquella llamada? ¿Te había interesado antes?
AP— No. Sin embargo, tenía un amigo director de teatro que siempre me decía: «Aída, tratá de hacer radio, la radio es maravillosa». Y yo: «No, ¿pero a dónde?». Creo que en el momento de la llamada se me encendió el bombillo y me acordé de sus consejos. Realmente lo mío era hacer teatro, más que radio.
JM — En una entrevista con Otoniel Guevara, hablás de que incursionaste en la radio también por la insistencia de personas muy queridas. ¿Fue este amigo del teatro o hubo otras personas que también te lo dijeron?
AP— No, él era el que insistía: Óscar Cicconi.
JM— ¿Y hubo una buena recepción o fue difícil abrirse camino?
AP— No. La verdad es que los amigos artistas respondieron inmediatamente al llamado. En la década de los noventa estuvieron con nosotros Manlio Argueta y Matilde Elena López. Estamos hablando de los años noventa, no había tantas opciones digitales; entonces los programas se guardaban en casetes.
Yo los empecé a grabar y a guardar en casetes. No era algo muy constante porque dependía de un medio físico que yo tenía que llevar, y no me quedaba tiempo de ir a comprarlo o de buscarlo.
JM— Dicho sea de paso, todo esto lo hiciste siempre por amor al arte y a la radiodifusión, porque no era un espacio pagado ni contaba con un patrocinador; solo te proporcionaban el espacio en la radio de la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador).
AP — Así es, totalmente, lo cual he agradecido toda la vida. Porque indiscutiblemente es un espacio y un tiempo importante para un medio, y me lo dieron siempre. Yo siempre llegué, aun cuando me fui a China en 1997 y estuve tres años fuera. El programa no se canceló, sino que lo siguió haciendo mi hermano: un año lo hizo con Susana Reyes como coconductora e incluso dos años lo hizo solo, hasta que yo regresé en el año 2000, pero nunca se dejó de producir.
JM— Has mencionado en otras entrevistas que el nombre La Bohemia, proviene de una revista cubana.
AP — Realmente a mí me gustaba la idea de La Bohemia porque en los años noventa (no sé ahora) había una gran actividad cultural, pero también muchas ganas de los artistas de reunirse. Entonces, muchos artistas abrieron espacios, cafés culturales, bares, en los que vos llegabas y te encontrabas con poetas, cineastas y con todo el mundo que estaba haciendo cosas. Sí, había una bohemia cultural en El Salvador en ese momento.
Nora Méndez abrió otro café después (se dio la fregada, porque yo sé que me había copiado el nombre, pero ella decía que el café se llamaba La Bohemía), también de artistas y eso. Y estaba el bar de Fito, donde se reunían pintores y escritores; bueno, La Ventana, La Luna…
JM — Era esa época de posguerra en la que había otro tipo de peligrosidad
AP — Fue una transición entre la guerra y la violencia social que se desarrolló después; pero entre el período 1993-2000 hubo un momento de equilibrio en el que era posible salir y hacer esas cosas.
JM — ¿Y pensaste en otros nombres como opciones?
AP — Desde el primer momento dije: «Se va a llamar La Bohemia». Me gustó y coincidió con esa famosísima e histórica revista de cultura cubana.
JM —Al inicio nos comentaste que hacías guiones, lo que implica trabajo. ¿Cómo influyó todo eso en tu vida y en tu actividad laboral?
AP — Fue terrible, realmente. La gente no sabe. Fue terrible porque es cierto que estábamos en un horario prime, que era de 19.00 a 20.00 horas (que para cualquier medio es prioritario). Pero yo trabajaba en Soyapango y salía a las 18.00 horas. O sea, si una bicicleta se quedaba en el bulevar del Ejército… No, mira, como loca buscaba por dónde meterme.
Hubo muchas veces en las que no logré llegar a tiempo para empezar el programa. Una vez, por cierto, con Beatriz Alcaine, le digo al operador: «Mira, por favor, poneme en el teléfono, o sea, voy a empezar la entrevista por teléfono en lo que llego». Y así: la invitada en el estudio y yo en el teléfono.
A veces estaba fuera del país y me venía manejando para llegar al programa. Hubo gente que me ayudó; por ejemplo, Jorge Canales y Amapola llegaron varias veces a cubrirme.
JM— O sea que vos te entregabas al medio cultural, pero el medio cultural también te brindaba soporte.
AP— Sí, por supuesto. José Guerrero tiene un programa en la Radio Clásica que se llama Sinatra and Friends, que lo hizo porque le encantaba llegar a La Bohemia. Creo que Sinatra and Friends debe tener ahora como 15 años.
JM— ¿En qué otros aspectos creés que La Bohemia influyó en el desarrollo de otros programas o movimientos culturales?
AP— Creo que Sinatra and Friends, de eso estoy segura. Le podemos preguntar a José. A él le gustaba llegar a la radio y, claro, se buscó un espacio que tenía que ver con lo que él conoce, que es la música; tiene muchos años haciéndolo. Es otro formato, pero es un espacio de cultura en la radio.
No te sabría decir realmente, porque una es la última en enterarse de cómo está impactando en las demás personas; pero lo que sí te puedo decir es que a través de esa experiencia en el programa vi el desarrollo de un montón de gente y de proyectos. Los vi nacer y los vi morir. Como todos los festivales de poesía que se han realizado, el de Las Vueltas en Chalatenango, por ejemplo, que tuvo cinco, seis o siete ediciones; todos los años llegaban y lo promocionábamos.
Algunos invitados también estuvieron con nosotros en la radio: poetas como Alberto López Serrano, a quien conocimos desde que empezó a escribir y que ahora es un referente de la poesía contemporánea; Krisma Mancía, Ingrid Umaña… grandes amigas, queridísimas las dos. Es como haber sido parte de la historia de todo lo que pasó durante esos 30 años.
Con Roberto Huezo también. Quiero decir que el único patrocinio que La Bohemia tuvo en 30 años fue el de Bancasa, a través de su programa de responsabilidad social dirigido por Roberto Huezo (creo que duró un año o dos). Y también Productos Diana, que por un año le pagó a la radio un espacio comercial para el programa.
JM— Y a lo largo de todo ese tiempo en que se desarrolló La Bohemia, tuviste una perspectiva longitudinal de cómo ha evolucionado, por un lado, el arte y, por el otro, los medios de comunicación en El Salvador ¿Qué creés que ha cambiado?
AP— Lo que he visto es que los medios de comunicación en este momento están en crisis. La competencia de las plataformas digitales es mortal. Pero antes de esta crisis, lo que sí fue evidente es que se fueron cerrando los espacios dedicados a la literatura, a la cultura y al arte nacional, porque los artistas extranjeros siempre han tenido cabida.
Aquí interesa más si Shakira lleva a sus hijos a ver un partido de fútbol que saber cómo Roberto Huezo, Roberto Galicia, Manlio Argueta o cualquiera de nuestros artistas está produciendo, o qué está pasando. Te los menciono a ellos porque son, en este momento, nuestros referentes de mayor trayectoria y trabajo, pero también te puedo mencionar a Vladimir Amaya o Alfonso Fajardo, otra generación con muchísimo valor.
Pero los medios cerraron esos espacios. Bueno, el Co Latino lo mantiene en su versión digital; creo que es el único espacio que le ganó a La Bohemia en longevidad. Qué maravilloso que lo sigan haciendo y continúen con la misma vocación democrática y curaduría estética.
Pero estaba El Diario de Hoy o Diario El Mundo, que tenía Astrolabio, un suplemento más o menos del tinte del suplemento Tres Mil. Lo dirigió algún tiempo el poeta Javier Alas, y lo quitaron. La Prensa Gráfica tenía un espacio dedicado a las letras nacionales y lo quitaron. Por muchos años David Escobar Galindo tuvo su espacio en El Diario de Hoy, y ya no continuó. En fin, se fueron cerrando.
En la televisión, ¿qué te puedo decir? Estuvo quizá Canal 10 en aquellos años, que tenía programas… Platicarte con Héctor Ismael Sermeño desde 2004. Hubo otros dos que también tuvieron alguna revista cultural y trayectoria. Creo que ya no están; no he tenido televisión en estos últimos años.
JM— ¿Y durante la pandemia cómo se desarrolló el programa?
AP— Hicimos programas durante la pandemia en el 2020, ya con más habilidades digitales. Se hicieron todos los programas a través de Zoom; hice emisiones con poetas internacionales. Hubo un poeta chileno muy importante que fue, creo, el primero con el que transmitimos por la pandemia, llamado Jesús Sepúlveda; María Tabares, colombiana; Xiomara Cacho Caballero, hondureña, y otra gran poeta venezolana, María Antonieta Flores. Todos ellos me colaboraron. Ahí están grabados todos en la página de YouTube, donde se subieron los programas que pudimos crear.
JM— ¿Existe un archivo del programa?
AP— Algunos de los archivos de los programas que se grabaron. He entrevistado a poetas mexicanos, ecuatorianos… Bueno, otro gran poeta ecuatoriano es Luis Carlos Mussó, ganador de premios internacionales importantes; ahí están.
JM— ¿Y tenés algún programa en especial, uno que considerarías inolvidable por algo favorable o por algo complicado, como esto que acabas de contar de empezar de manera telefónica?
AP— Tengo uno que quizás no se me va a olvidar nunca. Gracias a Dios tengo problemas con la memoria y con los nombres, siempre los he tenido, así que se me ha olvidado el nombre. Era un chavalo joven en ese momento, creo que tenía como 18 o 19 años. No me acuerdo de quién me lo recomendó, pero el tema es que alguien me había dicho que él había publicado una novela en los talleres de la UCA y preguntó si podía llegar a presentarla. «¡Que venga!», porque si una cosa tuvimos siempre es que el programa fue un espacio totalmente democrático. Entonces llegó. Tenía 19 años y te hablaba como si fuera la reencarnación de… no sé, García Márquez le quedaba chiquito. Una cosa así, insoportable, de una prepotencia pero además de una ignorancia…
«—Entonces —le digo—, ¿y cuántos personajes tiene tu novela?
—75.
—¿Pero cómo vas a hacer una novela con 75 personajes? Ahí tenés el Ulises, tan famoso, que tiene uno solo y es un monumento de obra literaria.
—No, es que con un personaje no se puede hacer nada; los míos son 75.
—¿Y cuáles son tus escritores latinoamericanos favoritos?»
Y me respondió que no leía nada latinoamericano porque nada servía.
Y al final le pregunto:
«—¿Y quién te hizo la corrección de estilo del texto?
—No, si eso no necesita corrección —me dijo.»
Cuando llegamos ahí, le dije: «No, permíteme, vamos a ver si no necesita corrección». Te falta tilde, punto, coma, tilde, punto, coma; esto es con «v», esto es con «s», esto es con «y»… Te lo juro que, si hubieras agarrado el libro para dar una clase de redacción, cada página te habría servido para un examen, porque tenía 1300 errores por página…
JM— Y en otro sentido, ¿algún programa entrañable, que te haya conmovido y que recuerdes?
AP— Todos, parece mentira. Tengo mala memoria para los nombres, pero recuerdo todos los programas. Recuerdo que entrevistamos a unas artistas ciegas de una asociación de personas no videntes que hacían pintura y escultura, escribían y cantaban; eran masajistas también. Fue muy emocionante.
JM— Impresionante. Tenemos a Haydée Valencia, por ejemplo, ganadora del Premio Iberoamericano de Poesía en Braille 2024.
AP— ¡Sí, ella estuvo conmigo hace muchísimos años!
Entrevisté también a una chica (tampoco recuerdo el nombre) que tiene parálisis cerebral y había escrito un libro. Estuvo en el programa con su familia, que le ayudaba a expresarse.
Todos los amigos queridos que he hecho a través del programa… El recuerdo de Krisma Mancía, de Ingrid Umaña, quizás porque son las generaciones con las que uno ha tenido tanto contacto y amistad.
Recuerdo el último programa con Krisma, cuando llegó a mostrarnos todo el trabajo en papel que estaba haciendo: bisutería en papel que, por cierto, estuvo exhibida fuera del país y ganó premios y créditos en el extranjero. Una cosa maravillosa. Recuerdo también los programas que hicimos con Héctor Ismael sobre historia, sobre el general Martínez (hablamos mucho de eso), sobre el teatro… Muy, muy lindo.
No sé qué más decirte. Considero que, en estos 30 años, a todos los poetas, pintores y escritores que llegaron los conocí personalmente. Son amigos míos, o lo fueron después de eso. Todo lo recuerdo con muchísimo cariño.
JM— Al inicio regalan libros en el programa. ¿Cómo inició esa dinámica?
AP— Porque nuestros compañeros escritores llegaban y llevaban sus libros: «Mirá, te traje unos libros para regalar». Y entonces ya lo decíamos al aire. Nacía del cariño y la bondad de los amigos poetas y narradores, que llevaban uno, dos o tres ejemplares. Pero la gente empezaba a llamar y a llamar, y llegaba un momento en que habían hablado diez personas. Teníamos audiencia en San Miguel, Santa Ana, Usulután…
Un señor ciego que nos hablaba trabajaba en una antena en un volcán (no sé si aquí en San Salvador o en San Vicente); siempre nos llamaba para decirnos que oía el programa y que quería libros. Me decía que se los leía su familia, sus hijos.
Entonces dije: «Regalemos más libros». Nos dejaban los nombres y las direcciones, y yo los iba a dejar al correo. Un día me fui a la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), que estaba dirigiendo en ese momento Miguel Huezo Mixco, a pedir si me podían regalar libros. Me dio algunos, aunque yo insistía en que me dieran más. La capacidad de distribución de la editorial nacional nunca fue de primera: los llevaban a las bibliotecas o a las escuelas, les sobraban y ahí quedaban.
JM — Esto me hace pensar que tener un programa como La Bohemia te lleva a entablar muchas conexiones y vivir experiencias bonitas, pero también genera una gran exposición, ¿te trajo alguna consecuencia en ese sentido?
AP— No, la verdad es que no. Creo que quien no le echó flores tampoco le echó tierra. Pienso que todo el mundo entendió que era un espacio totalmente democrático.
A mí me podía hablar Pedrito, Juanito, Mariíta, quien fuera que quisiera el espacio, y yo se lo daba, porque cada uno de esos momentos era para un artista. Bueno, llegaron unos chicos a principios de este año o a finales del año pasado ¡a cantar rap en náhuatl! ¿Cómo no le vas a dar espacio a esas expresiones? No es mi género favorito, pero están rescatando el náhuatl, lo cual es superimportante para la juventud; me parece estupendo que así se comunique esta juventud de 17 o 18 años.
JM— En pocas palabras, ¿qué dirías que te dejó La Bohemia?
AP— Ah, pues me dejó muchos amigos, muchos libros… Me dejó el contacto con la gente querida, una cantidad de mensajes de los radioescuchas diciéndome: «No está sola, aquí estamos con usted, la esperamos todos los martes». Alguien un día me llamó y me dijo: «Ay, Aída, mire, yo estaba en una tristeza tan profunda este día, tan deprimida, pero la oigo a usted reírse, con ese carácter y con esa buena onda, y le prometo que se me está pasando».
JM— Muchas personas vieron tu video donde anunciabas el cierre de La Bohemia y el último programa. ¿Cómo fue esa última emisión?
AP— Yo hubiera querido que ese día no llegaran los invitados, porque me hubiera gustado despedirme más ampliamente. Pero sí llegaron invitados: «Los Pacos» (Francisco Salcedo y Francisco Palacios) y Miguel Pineda (quien no pudo asistir). Son músicos que venían a presentar el disco Así versa y canta hoy El Salvador, en el que habían musicalizado poemas de escritoras salvadoreñas. Llevaron la guitarra, y sí, fue un programa con alegría; creo que fue maravilloso terminarlo con música, con alegría y con poesía.
JM— ¿Cuáles fueron tus sensaciones cuando recibiste la noticia del cierre del espacio radial?
AP— No me gustó. No me gustó porque me lo mandaron a decir por correo. A mí nunca me habían terminado una relación por correo electrónico ni por WhatsApp; siempre había sido cara a cara.
Entonces, ¿qué me dijeron? «Le queremos informar que la radio está cambiando y tenemos problemas. Ya no queremos programas con productores externos por las noches; el 4 de agosto sería el último programa de La Bohemia, aproveche ese espacio para despedirse y agradecer». Y yo dije: «Al mal paso, darle prisa». Me lo mandaron un lunes, o el martes, o el mismo día… no sé, no me acuerdo si fue un día antes.
JM— También cerraron la librería de la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas) que estaba en Las Cascadas. ¿Será parte de una política actual o es que no se pueden mantener los espacios culturales por falta de patrocinio o de interés?
AP— No sé, eso tendrían que preguntárselo a la radio. A pesar de todo, le tengo un gran agradecimiento a la YSUCA; no por mí, porque, como te digo, nunca cobré nada. Si en diez programas de casi 30 años hablé de mi trabajo, de mis proyectos y de mi poesía, es una exageración. El programa era para quien llegaba, para los invitados y para el público.
JM— ¿Y cómo te sentías vos siendo un medio de difusión?
AP— ¡Ah, yo feliz! A mí me encantaba. Por eso te digo los sacrificios: a veces lloviendo, manejando, sin carro, como fuera, yo estaba ahí.
Cuando Carlos Ayala dejó la dirección de la radio, llegó otro director de apellido Barrera que me cambió el horario del programa: lo tenía de 19.00 a 20.00 horas y me lo pasó de 21.00 a 22.00 horas, creo que con la intención de que me fuera.
Yo dije: «¿Cómo van a venir los artistas de 9 a 10 de la noche?».
Me dijo: «Si querés, los venís a grabar, pero solo podés grabar los sábados a las 10.00 de la mañana. Nada más».
Te juro que era más difícil que la gente llegara el sábado de 10 a 11 que el martes de 9 a 10.
«Está bueno —le dije—. Démosle». Mira, pasaron ocho años así.
Me parecía que mucha gente llegaba agradecida por el espacio, y eso es importante decirlo. Por ejemplo, Maikov Álvarez, que es maestro de guitarra clásica y un guitarrista excepcional que organiza todos los años su festival de guitarra clásica llamado A cuerda viva, llegaba y me decía: «Es que hay muy pocos espacios para promocionar esto, gracias. Siempre gracias».
Entonces, cada uno de esos «gracias» creo que sí era superimportante, ¿no? Porque pensaba que para ellos significaba mucho. Y creo que esa es parte de la reacción que hubo en la comunidad: siento que, más que quitarme el espacio a mí, se lo han quitado a una comunidad artística que lo necesitaba, lo valoraba, lo quería, lo apoyaba y lo respetaba; y a una comunidad de oyentes a nivel nacional que no tiene acceso a venir a San Salvador para una presentación de libros o a ver una obra de teatro al Teatro Poma…
Llevar al director Roberto Salomón, llevar al grupo de teatro Moby Dick con mis queridísimas amigas Mercy Flores, Rosario Ríos, Santiago Nogales o Dinora Cañénguez, y que los oigan hablar de sus proyectos y los conozcan (y ahora que teníamos video, que les vieran las caras), eso es acercar la cultura y el arte a la gente que no puede venir. Gente que por edad, por falta de medios, por la hora o por la distancia no puede trasladarse, pero que cada martes sintonizaba para ver qué íbamos a decir. Gente que me hablaba y me decía: «Aída, he escrito un poema, ¿lo puedo leer?». «¡Dale, léalo!».
JM— ¿Qué recordás de la participación del público?
AP— Lo que te digo: gente que me hablaba. Doña Miriam, que nos hablaba todos los martes desde Santa Ana (El Salvador): «Ay, Aidita —me decía—, estoy esperando los martes para escucharla porque me hace la vida alegre, me encanta oír a sus invitados».
Te juro que en ningún momento recibimos un comentario negativo. A veces estábamos hablando de algún tema y nos llamaba un oyente para darnos más información, supercorrecta y muy bien aportada. Entonces le decía: «Quedamos pendientes, porque la próxima lo voy a invitar a usted» (Risas).
Una vez me dejaron una escultura de barro de un campesino con su matata; nunca supe quién la dejó, ahí la tengo todavía.
JM— Son muchas experiencias, momentos vitales que fueron hermosos.
AP— Todo. Esto es como la felicidad diaria, ¿viste?: son pequeñitas cosas continuas que te van haciendo feliz. No es una gran explosión ni un gran momento; cada programa era una cosa linda. A veces les decía: «¡Puchica, yo aquí hablando sola!», y la gente empezaba a mandar mensajes: «No, no está sola, aquí estamos oyendo, lo que pasa es que nos da pena participar».
JM— ¿Qué le dirías a las personas que fueron parte del programa, los invitados, los técnicos, el personal de la radio que te colaboraba y el público?
AP— A los artistas ya se lo dije y se los vuelvo a decir: agradezco profundamente la solidaridad, el apoyo y la valoración que hicieron del espacio, la confianza de llegar y saber que estaba totalmente abierto para ellos. El esfuerzo de llegar de noche, pagar Uber, pagar taxi o caminar… eso lo agradezco profundamente.
Pero también agradezco su obra, que hayan compartido con todas estas personas que no tienen acceso directo para comprar un libro, ir a la biblioteca, a la librería o a una presentación. Así que les envío mi abrazo. Creo que fue maravilloso verlos todos los martes; y si por alguna razón el programa estuvo 30 años al aire, fue por ellos. En algunos momentos hubo cansancio y no quise ir, pero siempre había un proyecto esperando el espacio. Nunca fue como que «no hay nada que hacer»; siempre había alguien que quería hablar de algo, que tenía algo que presentar e importante, así que muchísimas gracias a todos, junto con mi respeto y mi cariño.
A la gente de la radio: entiendo que han tomado una decisión que debe ir de acuerdo con los lineamientos institucionales. Agradezco profundamente el espacio, el apoyo y el cariño. Me hubiera gustado que hubieran atesorado un poquito más el hecho de tener el programa más longevo de los medios nacionales dedicado a la cultura y al arte; hubiera sido interesante que lo valoraran desde otra perspectiva. Pero la gente maravillosa siempre estuvo pendiente de ayudar.
Y al público, que lo voy a extrañar, que nos voy a extrañar… Ojalá se abra otro espacio en alguna otra parte donde puedan continuar con esta dinámica.
Me estoy acordando de un programa que recuerdo profundamente: es el único que hicimos fuera de cabina. Lo fuimos a hacer a una universidad en San Miguel (El Salvador) (no a la Universidad de El Salvador, creo que era la UNIVO [Universidad de Oriente]) hace añales. Fuimos con el músico Paulino Espinoza y el grupo Exceso de Equipaje. Ellos pusieron el transporte y llevaron los equipos, la radio mandó su unidad móvil y transmitimos desde el auditorio de la universidad, ¡que lo llenaron!. Vieron el programa en vivo y eso fue superchévere. Ya me sentía yo como si fuera Cristina Saralegui en medio de todo el público. Sí, ese sí lo voy a recordar siempre con mucho cariño: el apoyo de Exceso de Equipaje, de Jaime Romero (quien creo que fue con nosotros en esa oportunidad) y de la universidad, por supuesto.
JM— Recientemente te nombraron Poeta del Año. ¿Cómo fue para vos recibir ese galardón?
AP —Es hermoso que la Fundación La Chifurnia valore con cariño el trabajo que una ha hecho por tantos años en la poesía, el teatro y la radio. A veces uno cree que está solo, que nadie se da cuenta de lo que hace, que pasa inadvertido o que no tiene impacto, y de repente pasan estas cosas. Estaba superemocionada.
Bueno, yo estaba en un encuentro en Coatepeque (Guatemala), y le había dicho a Otoniel Guevara, poeta salvadoreño, que iría ese fin de semana, pero no sé qué problema tuvieron: era un sábado y yo pensaba regresar el domingo. Pues a las 4.00 horas salí manejando de Coatepeque para estar aquí a las 12.00 horas y poder llegar al evento, en el que estuvieron todos los amigos queridos. Quiero agradecer al Centro Cultural Cabezas de Jaguar, con Tania Molina al frente, porque fue espectacular. Es una mujer amorosísima, una artista muy coherente y una feminista muy consecuentemente a quien quiero muchísimo y conozco desde hace tiempo.
Además, fue muy importante porque, cuando Otoniel me dijo que habían tomado esa decisión, pensaban publicar un poemario. Me pidió que escogiera los textos para mandárselos y le dije: «Mira, tengo tres poemarios; no son los más recientes, pero sí los más queridos. Te los voy a mandar: escogé uno (por el tema de la impresión) y cualquiera me va a hacer feliz». Le mandé los tres y me dijo: «Vamos a publicar los tres».
JM— ¿Y llevan un título en conjunto?
AP— Obituario. Son tres poemarios: el primero se llama Catatonia, que ganó el tercer lugar en los Juegos Florales de San Salvador 1998. Está escrito en forma de diálogos, como si fuera teatro griego, con coros y voces; trata sobre la estancia de una loca en un manicomio (que te debería interesar, Risas) que oía voces, le daban pastillas y había una voz constante, que es la del gitano, su amor eterno.
Él le trae regalos, y uno de los regalos es mi experiencia en China. De esa poesía dialogada pasa a una sección donde todos los textos cortos empiezan con «Desde esta ventana veo»: desde esta ventana veo a un fénix, a un dragón amando a un fénix…
Para mí es importante porque, imagínate, en China, recién llegada, sin hablar el idioma y «con cara de pollo comprado»… No podía ni comprar cigarros porque no sabía cómo pedirlos; entonces lo que tenía era la ventana.
JM— ¿Y fuiste a China por trabajo?
AP— Fue por una proposición indecente que acepté (Risas). Pero trabajé también. Es uno de los poemarios sobre la experiencia en China y en Camboya, donde viví un año.
El segundo poemario se llama Tango, que tiene que ver con toda mi relación con Buenos Aires (Argentina), una ciudad que amo y me encanta.
Y el tercer poemario se llama Obituario, que empieza diciendo: «Así como la muerte, que nunca fue feliz, feliz me hizo». Tiene que ver con la muerte, con resurgir, morirse, volver a nacer y reconstruirse. Los tres poemarios me gustan muchísimo. Para mí es algo maravilloso, porque sí quería ver publicado ese libro.
JM— ¿Y qué proyectos tenés ahora que La Bohemia te ha dejado este espacio libre?
AP— La verdad, nunca he sido alguien que se plantee las cosas como un gran proyecto. Quiero celebrar los 30 años de Poesía y Más, que los cumplimos ahora en noviembre (los cumplimos en mayo, pero siempre lo celebramos en noviembre). Quiero aprovechar que Maura nos puede acompañar, que ya son 90 años. El año pasado le hicimos un homenaje precioso en Suchitoto (El Salvador), en el Centro de Arte para la Paz, con la hermana Peggy, que fue un amor. Le hicimos un homenaje de música y poesía que quedó precioso; creo que se lo merecía por sus 90 años. Así que quiero celebrar los 30 años del grupo, eso es lo más claro que tengo.
De ahí en fuera, soy de la filosofía de Alcohólicos Anónimos: un día a la vez. Si hoy se me chispotea, mañana habrá algo, porque las cosas muy esquematizadas a mí no me funcionan; voy saliendo con lo que va llegando.
JM— Y ya para despedirnos, ¿cuáles serían tres recomendaciones que podrías dar a nuestros lectores?
AP— Bueno, la primera sería recomendar todos mis libros (Risas). No, mira, lo primero es agradecer al medio y agradecer la persistencia, porque es difícil mantenerlos: una revista digital requiere un tiempo que no todo el mundo tiene, porque todos trabajan en otra cosa y desafortunadamente de esto no vamos a vivir.
Por eso, para mí estos esfuerzos (el de Otoniel con el suplemento Tres Mil, el de ustedes con El Escarabajo o el de Gato Encerrado, que es más periodístico) son muy valiosos. Cuando uno empieza con gran entusiasmo te lo aguantás un mes, dos meses, dos años o tres años, pero llega un momento en que tenés que ocupar tu tiempo en algo que sea redituable.
Sin embargo, creo que sí hay réditos en esto, y es el archivo que dejás. Es importantísimo porque de aquí a 100 años eso va a quedar en las redes, y si alguien busca «Aída Párraga» o «La Bohemia», va a encontrar eso. Ese es un gran regalo y un gran poder que tienen estos espacios; hay que valorarlos y atesorarlos porque están dejando una huella de la que no nos vamos a dar cuenta nosotros, sino en 10, 20 o 100 años. Alguien se va a dar cuenta y va a ser importante.
Te cuento una anécdota de esto: estando en el programa me escribió un día un chico que se llama Edward Perdomo, que es actor y está trabajando en México (grabando Mujeres asesinas, haciendo teatro… guapísimo el bicho). Yo lo conocí cuando trabajaba en la Diana e hacía teatro con los niños en el programa de verano. Un día me dice Nelson Portillo: «Mire, Aidita, queremos hacer Las siete cabritas y el lobo feroz, pero no tenemos a los cabritos; usted va a ser la mamá cabra, pero consíganos a los bichos». Conseguí a cinco niños de los que llegaban a la Diana (cuatro hermanos y él, que habrá tenido unos 11 años). Lindo el cipote, hizo su papel de cabrito. Después estuvo trabajando en otras producciones, fue creciendo, quiso hacer magia y le entraron ganas de hacer arte. Se metió a Canal 21, estuvo conduciendo un programa juvenil como a los 16 años y a los 17 o 18 dijo: «Quiero estudiar teatro» y se fue para México.
Toda esta historia te la cuento de un niño que hizo su vida y de quien yo me enteraba por lo que me contaba Nelson, por los periódicos o por las redes; no teníamos un contacto directo. Y un día me escribe estando yo en la radio, en un momento de cambios importantes, y me dice: «Aída, no estaba seguro de si este era tu número, pero te escribo porque quiero decirte que sos una de las personas más importantes de mi vida. Todo lo que estoy haciendo te lo debo a vos, porque si no me hubieras llevado al teatro no sería quien soy ni sería tan feliz. Te mando foto de la grabación de Mujeres asesinas, te agradezco profundamente».
Y decís: ¡le has cambiado la vida a un niño de esa manera! Esas son las cosas de las que no te das cuenta pero que estás logrando con esto.
JM — Creo que hay una gran satisfacción en poder influir de manera favorable en las personas.
AP— Con eso me limpió el karma este cipote: ya le salvé la vida a alguien (Risas). Entonces, eso: recomendar que seamos buenos con todos, que vayamos a las presentaciones de libros, que leamos a los poetas nacionales y que tratemos de hacer con los demás lo que queremos que hagan con nosotros mismos. Y muchísimas gracias.
JM — Muchísimas gracias a vos. Sabés que este espacio es tuyo, que El Escarabajo siempre será tu casa.
AP — Fíjate que tengo ganas de sentarme a escribir unos cuentos, porque a mí me divierte muchísimo escribir narrativa y no he tenido chance. Tengo ganas de escribir un par de cuentos que tengo en la cabeza desde hace un rato, y ustedes serán los primeros en enterarse.

Aída Párraga (1966). Ingeniera electricista, poeta, actriz, narradora y promotora cultural. Tiene una larga trayectoria como actriz de teatro, en 1995 ganó en la rama de ensayo en el Certamen Centroamericano de Literatura Joven Femenina, convocado por la UNESCO. Confundó el grupo literario Poesía y Más… (1996). Con Carlos Párraga fundó el reconocido programa radial La Bohemia (YSUCA), su obra ha sido publicada en varios libros de poesía y cuento, también aparece en antologías, revistas, suplementos especializados. Pertenece a la Compañía de Teatro Hamlet.
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