Entre la memoria personal y la experiencia colectiva, Christophe Manon interroga la muerte, el paso del tiempo y la necesidad de contar historias frente a aquello que desaparece
Traducción de Mariano Rolando Andrade
PUERTA DEL SOL
(Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026)
Llegado a Perugia, Umbría, Italia, en julio del año de Cristo 2019,
tras las huellas de mis bisabuelos maternos,
con la ayuda de una beca de escritura
otorgada por el Instituto Francés,
de verdad les digo, durante mi estadía,
me vi sobre todo confrontado de forma desastrosa
a la soledad y a la angustia frente a mis propias infamias.
Había superado hacía ya mucho tiempo el meridiano de nuestra vida
y no sé bien lo que esperaba encontrar
en ese viaje lejano. Había partido de París
en un estado de agotamiento y de tensión
que nunca antes había conocido,
tras meses particularmente difíciles y laboriosos.
Partía hacia los infiernos, llevaba todo el mal
que había cometido en mi contra; en mi contra y en contra de los otros.
Y había llegado a Perugia medianamente afectado,
al término de un largo y penoso periplo,
luego de numerosas vicisitudes,
retrasos de trenes, conexiones perdidas,
líneas ferroviarias cortadas entre Francia e Italia
a raíz de un desprendimiento causado por las inclemencias climáticas.
*
Intentaba escribir, pero al proyecto
para el cual había venido le costaba tomar forma.
Me lanzaba sobre una pista, y la abandonaba enseguida
por temor a perder el poco tiempo del que disponía.
Incluso los libros, los abría y los dejaba con turbación.
Las palabras no llegaban a mi entendimiento,
tropezaba con ellas como con pesadas piedras
que bloqueaban un sendero escarpado.
Se me habían vuelto completamente opacas
y no tenían ninguna resonancia en mi espíritu.
No veía en ellas más que un laberinto
indescifrable de símbolos de los cuales era
incapaz de percibir el significado.
Era como si hubiese sido condenado a errar
solo sin fin en esta ciudad donde vivieron mis ancestros,
como si estuviese perdido en uno de los círculos
del infierno cantado por Dante,
y no en el paraíso.
Estaba muy exaltado.
Caminaba rápido, más rápido que los fantasmas.
Rondaba las calles vestido de cilicio
y la cabeza cubierta de ceniza.
¿Por qué deambular una y otra vez
por caminos difíciles y penosos?
*
La muerte estaba por todas partes a mi alrededor,
y la vida perdida de los muertos que se convierte en la muerte de los vivos.
Eran órganos sexuales con calaveras,
cuerpos con calaveras,
los senos tenían calaveras como pezones.
En todas mis miradas, estaba la muerte.
Torrentes de sangre rezumaban de los muros
y corrían a través de las calles. ¿Por qué tanto pavor?
¿Por qué tantas bajezas?
Me acostaba tarde, embrutecido por el alcohol, me levantaba temprano.
Mis noches, aunque bien breves, eran muy agitadas,
llenas de crímenes y mutilaciones, de orgías de todo tipo,
mi sueño era sin cesar bruscamente
interrumpido. Me daba vuelta y volvía a darme vuelta
de espaldas, de costado, boca abajo,
aferraba mi almohada contra mí
en un abrazo a la vez doloroso y ferviente.
Así incubaba mi desasosiego.
Ya no estaba ni siquiera seguro de haber
conocido el calor de un cuerpo humano contra el mío.
Estaba hundido en este estado, lo recuerdo.
*
Morí en tres ocasiones.
Tres veces mientras recorría
las estrechas calles de Perugia
y atravesaba la Puerta del Sol,
suspendiendo un breve instante mi errancia
para contemplar desde lo alto de las escaleras
en la hora tranquila del crepúsculo el panorama
sobre la ciudad y la campiña circundante,
quedé deslumbrado por bellezas tales
que mi conciencia se desvaneció
fuera de ella misma
a tal punto mi exaltación me había vuelvo sensible
a la gracia y a los esplendores del mundo.
Mi deseo era tan ardiente, mi turbación tan grande,
que tres veces tuve el espíritu quebrado
y fui objeto de un súbito vértigo
que me hizo perder conocimiento ante la vista del cielo
encendido por vivos destellos que se enroscaban
en un torbellino de colores resplandecientes.
Era como si de repente el tiempo
y el espacio ya no tuviesen medida.
Y percibí entonces en mis oídos el eco
lejano de un canto de una inefable dulzura.
Era por así decirlo una lluvia
centelleante de notas de luz parecidas
a los astros que brillan en el firmamento.
*
Los monstruos, los espectros, los cuerpos atormentados y bajo suplicio
habían desaparecido tan bruscamente como habían surgido.
Ya no me sentía asediado por visiones lascivas.
El cielo ya no estaba repleto
de serafines y grifos,
ya no había lucha
entre los ángeles y los demonios.
Incluso los vencejos habían cesado
su vertiginosa coreografía.
Mi corazón latía de nuevo con normalidad.
El clima también había cambiado,
las nubes se habían disipado,
el cielo era ahora invariablemente azul.
El alcohol ya no tenía el mismo efecto.
Permanecía estupefacto, vagamente preocupado.
Sentía una inmensa tristeza,
me sentía profundamente desamparado.
¿Qué había pasado realmente?
¿Qué tempestad se había levantado de tal forma en mí?
¿Qué exaltación?
Una vida cambiante, múltiple, una inmensidad violenta.
*
Pero no creo haber sido víctima
de algún síndrome de Perugia,
un presunto shock estético
que sería en suma el mismo
más o menos que el que experimentó
Stendhal en Florencia cuando
se encontraba de rodillas
en un reclinatorio, la cabeza echada
hacia atrás para contemplar,
en la basilica Santa Croce,
el fresco de la cúpula
de la capilla Niccolini
pintado por Volterrano.
Todo hace pensar más bien
que me había embarcado
demasiado en el camino
que nos conduce directamente
más alla de las lágrimas
hasta la muerte.
*
Porque las distancias creadas
por el tiempo son infranqueables.
Corriendo atrás de fantasmas,
por más familiares que sean,
solo se atrapa viento, en el mejor de los casos.
Había venido sin embargo con mucho amor,
que no me fue de ningún auxilio.
“¿Raíces? Todo el mundo tiene raíces”,
dice William Carlos Williams,
eso no representa el menor interés.
Hay que dejar descansar en paz
a aquellos cuyo recorrido aquí abajo terminó
y no intentar saldar las cuentas del pasado,
bajo riesgo si no de agitar nuestros propios espectros.
Los muertos son insensibles a las historias,
no necesitan ser tranquilizados,
donde están ya nada los concierne.
Eso que removemos,
eso que buscamos obstinadamente,
eso sobre lo que investigamos sin descanso,
no son más que ensoñaciones, frágiles apariencias
desprovistas de cuerpo y de realidad
que solo interesan a los vivos.
Los muertos, ellos, no tienen historias,
al menos, creo,
ya no buscan tenerlas.
*
Solo los vivos reclaman historias
y las palabras que utilizamos
están animadas solo por nuestro deseo
de querer a todo precio despertar a los muertos
por su invocación sonora,
porque tememos ser al final
como ellos indiferentes al impenetrable
desorden de los acontecimientos.
Mantener desde luego el recuerdo,
pero no hay nada que restaurar,
nada de verdad que pueda ser reparado.
¿Conservar un registro, testimoniar? ¿Pero de qué?
En el fondo, las crónicas de los tiempos pasados
quizás solo son escritas para confirmar
nuestro propio sentimiento de existencia.
Y si a veces hacemos un alto,
si estamos tentados a veces
de darnos vuelta un instante
para echar una última mirada hacia atrás
sobre aquellos que amamos,
cuidémonos sobre todo de no permanecer
petrificados por lo que vemos, y procuremos
lo antes posible continuar por el mundo
la trayectoria que nos es asignada.
AL NORTE DEL FUTURO
(Escarabajo Editorial, Bogotá, 2023)
No éramos nada quién
podría decir el sol humeante las nieves escarlatas el aire
ocráceo ni completamente sereno el olor
negro de los sueños desperdigados suavemente nuestras manos
suavemente rozaban los hemisferios y ningún tiempo ningún
nombre voluntarios en los silencios tan estrechos como si
los muros los músculos las
sílabas como si de pronto hubiésemos elegido
qué frío circula en las vértebras qué
luz de pronto endeble donde marchábamos más viejos y sin embargo y vidas
tan numerosas efímeras y sin embargo sin embargo tan bien erguidos los unos
contra los otros lo cierto es
que tomábamos nuestras risas como ácido de delgados hilos
de orgullo en nuestros esqueletos
colgados.
*
Escribíamos sobre muros
de prisiones hablábamos a través de las tuberías a otros
como nosotros encarcelados nada
está perdido sujetando lo inasible construimos
con espuma luminosa aquello que
sobreviene siempre como un
acontecimiento dirigimos a los muertos saludos
amistosos con un gesto tierno los envolvemos de palabras
reconfortantes ¿no somos
iguales de pie sobre un mismo patíbulo desconocidos
sin embargo los unos
y los otros cargando un peso
de silencio?
*
Los torturadores abrían llagas
en el fondo de los océanos no escuchábamos
el grito cerrado en las mandíbulas despedazadas de los peces ni
los soles decapitados echábamos por tierra su noble sangre ya no había nombre para aquello que crecía ahora
la vegetación la amábamos exuberante y espesa los animales
color lluvia incluso los muertos los tomábamos en nuestros brazos ¿cómo
será el amor al final de las eras en la claridad de los fuegos vueltos
inmóviles? ¿sabrá reconciliarse en un beso florecer en ramos de palabras que
echen a volar y desaparezcan
desaparezcan en el silencio mismo volando y
desapareciendo y su ruido se reduzca
y se convierta en carne?
*
Extranjeros en la lengua descuartizados
entre dos siglos los pies al norte del futuro conocemos
el sabor del desastre donde algo de estelar ha desaparecido porque no se puede detener
la caída de los astros y sobre nuestros labios la ceniza que fue elevándose en el aire rojo de la mañana donde ahora se hunden
nuestras esperanzas ¿la muerte
nos arrolla en la indiferencia o
hablándonos suavemente con tanto
amor como puede explicando aquello que hace y
por qué lo hace? ¿y se desmorona
la tierra bajo nuestros pies por no
haberla amado?
*
Armados de una justa cólera llenos
de la visión de las cosas acontecidas no podíamos desviar la mirada del siglo
bárbaro quemábamos lo imaginario para calentar
lo real pero este se vengó exigiendo
verdaderas lágrimas y verdadera sangre no teníamos
palabras para decir las palabras que quedan en la garganta imposible
restaurar la sonrisa que nos alumbraba antaño imposible
reencontrar la mano que nos prodigaba caricias a veces
escuchábamos hombres contar y era
como un fuego que calentaba nuestras entrañas el cielo intoxicado lo llenábamos de materia
negra enviábamos mensajes al corazón del universo pero
nadie oía los sollozos del niño el grito de aquella
que fue violada porque he aquí lo que pasó y dondequiera el silencio se amplificaba en el corazón del ruido y sin embargo
percibíamos un susurro
más antiguo que nosotros mismos.
*
Fabricábamos lo real en lugar
de responderle pero ¿dónde
se escondía? ya no lo sabíamos ¿dónde están
las palabras enterradas bajo los escombros aquellas
que yacen en lo más profundo
de los tiempos? ¿y las lágrimas recogidas sobre mejillas
inocentes quién nos las perdonará? ¿quién
sabrá borrarlas? ¿y tienen noticias de nosotros
los muertos en su morada? ¿por qué
se congregan en nosotros como
si llenasen el espacio de besos y gritos mientras
que afuera el mundo se deshilacha y despliega su furor? ¿y qué es
el canto sino esta letra indecisa y endeble de uno
que habla y se encarna y portador
de un pensamiento que se inventa pero
se ignora al igual que las palabras
dispuestas en su caída?
*
Soñamos con apoderarnos
de nuestro destino y ese sueño terminó
contra el muro de un cementerio soñamos
con una estrella roja al Este que se transformó
en muro y se derrumbó soñamos
con castillos en el aire y aquello fue una fosa
común donde fueron arrojados cuerpos por millares soñamos
con una larga marcha y esa marcha terminó en una represa hidráulica ahora
aprendimos a estimar a nuestros semejantes y edificamos
moradas de sangre y hueso e inmortales
por tantos muertos proyectamos
la dicha hacia adelante
de nosotros mismos.
TESTAMENTO (SIGUIENDO A FRANÇOIS VILLON)
(Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2022)
1-3
con 40 cumplidos lo acepto:
pajero he sido y sigo siendo
muchos me hicieron sudar la gota gorda
y los tengo entre ceja y ceja
que se los coman vivos los piojos
no tengo dios ni dueño
y a nadie le debo nada
a menudo pasé hambre
y en mi plato a menudo
hubo un mísero mendrugo
algunos me envenenaron la existencia
o intentaron que agachase la cabeza
espero que un día a su turno
les toque sufrir como ratas
y si alguien sostiene
que soy rencoroso es que no me entendió
solo quiero devolverles multiplicado por cien
lo que hicieron por mí
y honrarles con humildad
culo y pies
4-7
pero si fueron duros y crueles
que los castren
o los cuelguen de las bolas
hay que saber perdonar a los enemigos
está claro:
si me jodieron
lo pagarán muy caro
y si se piensa en ellos en el futuro
se lo deberán a mi talento
que supo empero permanecer discreto
y no tendrán que lamentarse
para ellos elegí
mientras aún tengo fuerzas para ello
la estrofa 7 del canto VII
en mi edición de bolsillo
de Don Juan de Byron
me remito también al camarada Blanqui
que me es de gran ayuda a toda hora
y a quien debo mi amor por la insurrección
honrada sea su memoria
como las de Louise Michel y Saint-Just
que supo pensar la Revolución de Francia
8-9
que las ratas viperinas sean felices y célebres
(en cuanto a humildad, tienen para repartir
e inteligencia también, se los garantizo)
para que nos acordemos de ellas en este mundo
donde todo es transitorio
pese a su vasto territorio
que vivan tanto como el abate Pierre
publiquen muchos libros todos sublimes
escritos con la preciosa tinta de sus plumas
concebidos por sus divinos cerebros
tan importantes como En busca en su época
que así sea
no les deseo ningún otro mal
y para terminar:
un callejón con su nombre
Balada de las damas de antaño
díganme dónde en qué país está Ava
la bella estadounidense
Gertrude y Alice su concubina
Callas la divina diva
cuyo destino conmovió al mundo entero
y cuyo canto era más que humano
pero dónde están las nieves de antaño
dónde está la muy prudente Eloísa
por cuyo amor fue castrado
luego hecho monje Pedro Abelardo en Saint-Denis
del mismo modo dónde está Lady Di
que condujo al apuesto Dodi
contra un pilar del puente del Alma
pero dónde están las nieves de antaño
Grace Kelly la princesa rubia
que actuaba casi como una diosa
Cleopatra de la gran nariz Calamity Jane
Anna la poetisa de Petersburgo
y Rosa la valiente germana
que los cuerpos libres arrojaron al Spree
dónde están mujeres sublimes todas
pero dónde están las nieves de antaño
camarada no pierdas tu tiempo
preguntándome dónde están
siempre te repetiré este estribillo:
pero dónde están las nieves de antaño
Balada de los señores de antaño
siguiendo el tema anterior
más aún dónde está Juan Pablo II
último con ese nombre en morir
que fue papa durante veinte años
Franco el cruel español
Léon Zitrone de la tele
Ceausescu el genio de los Cárpatos
y Charles Tillon de los FTP
pero dónde está el bello James Dean
también dónde está Elvis apodado el Rey
que poseía, se dice,
al final una triple papada
y trajes con lentejuelas para poner
rojas de envidia a sus fanáticas
Kurt Cobain tan famoso qué pena
y ese actor célebre cuyo nombre olvidé
pero dónde está el bello James Dean
renuncio a decir más sobre esto
todo no es más que ilusión
nadie resiste a la muerte
ni sabría cuidarse de ella
hago una última pregunta:
Pinochet el pequeño chileno de bigote
dónde está, dónde están sus ancestros
pero dónde está el bello James Dean
dónde está John Lennon el pacifista
dónde el explosivo Jim Morrison
y el difunto François Mitterrand nuestro presidente
pero dónde está el bello James Dean
Otra balada sobre este mismo tema
porque ya se trate del presidente de Estados Unidos
calzado con botas y su sombrero de cowboy
con la santa Biblia como única arma
que patea el culo de los kamikazes
siempre listos para cometer atentados
muere también como el simple soldado
empujado afuera de esta vida
así se los lleva el viento
ya sea el padrecito de los pueblos
o el bigotudo de Irak
que hacía temblar a sus vecinos
y poseía armas
de destrucción masiva dicen
para garantizar su seguridad
incluso si fueron respetados en su época
así se los lleva el viento
ya sea el primer ministro
de Francia o Inglaterra
o el futuro diputado-alcalde
de Dijon Grenoble o Senlis
o si consideramos sus electores
plomeros peluqueros y pequeños comerciantes
(se forraron bien, o no)
así se los lleva el viento
estamos destinados a morir
igual que todos los seres vivos
aunque sientan cólera o despecho
así se los lleva el viento

CHRISTOPHE MANON (Burdeos, 1971) ha publicado una veintena de libros, entre ellos Au nord du futur (Nous, 2016), Jours redoutables (Les Inaperçus, 2017), Testament, d’après F. Villon (Dernier télégramme/Bisou, 2020), Provisoires (Nous, 2022), Signes des temps (éditions Héros-Limite, 2024), Tout disparaîtra (éditions Sun/Sun con el Museo Albert-Khan, 2024) y Élégies mineures (Nous, 2025).
Es autor de una trilogía en Éditions Verder: Extrêmes et lumineux (2015), Pâture de vent (2019) y Porte du Soleil (2023).
Cuatro de sus libros han sido publicados al español, tres de ellos traducidos por Mariano Rolando Andrade:El idio(s), (Cuadrivio Ediciones, México, 2019, traducción de Daniela Camacho), Testamento (Editorial Leviatán, Argentina, 2022), Al norte del futuro (Escarabajo Editorial, Colombia, 2023) y Puerta del Sol (Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026). También se han publicado traducciones de sus poemas en las antologías Poblar la intemperie, 20 poetas contemporáneos de Venezuela y Francia (Fundación la Poetaca, Venezuela, 2023) y El gallo y la serpiente . Poesía francesa actual ( Círculo de Poesía Ediciones, Mexico, 2023).

MARIANO ROLANDO ANDRADE (Buenos Aires, 1973) ha publicado Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, 1996), Canciones de los Mares del Sur(Buenos Aires Poetry, 2018), Aristas, relatos en los confines de Europa (Ediciones La Parte Maldita, 2021), Baladas de los Mares del Norte (Editorial Leviatán, 2023) y A pie con Stevenson y Rimbaud(Ediciones La Parte Maldita, 2026).
Como traductor, además de las obras ya mencionadas de Christophe Manon, publicó Poesía Beat(Buenos Aires Poetry, 2017), antología de 40 autores de la Generación Beat.
Como editor, se encargó de la curadoría de Luisa Futoransky: Los años argentinos(Leviatán, 2019), Luisa Futoransky: Los años peregrinos (Leviatán, 2022) y Luisa Futoransky: Los años Leviatán (Leviatán, 2025).
