Cinco emisarios del sur que no perdonan

Llega la segunda parte del ensayo del escritor guatemalteco, Rafael Romero, acerca del gótico sureño norteamericano. Ahora con un breve recorrido a lo largo de cinco autores del género que se han convertido en parte de su canon personal

Rafael Romero | Escritor guatemalteco

Tomé consciencia de mi gusto por el gótico sureño a través de uno de mis autores de cabecera: Cormac McCarthy  (Rhode Island, 1933). Después de leer (disfrutar) Sutree (Debolsillo), supe que ya no había vuelta hacia atrás. Aunque no es oriundo del sur, sus obras más representativas las escribió en regiones sureñas: primero en Tennesse, luego en Texas y posteriormente en Nuevo México. Puestos a clasificarlo, sus primeros libros contienen elementos de la narrativa sureña: El guardián del vergel y La oscuridad exterior (Debolsillo), que aparecieron justo en la etapa de transición entre el gótico sureño clásico y el moderno, seguidas por Hijo de Dios, Sutree y Meridiano de Sangre (Debolsillo) en donde digamos que consolidó un estilo propio cargado de existencialismo, una suerte de género en sí mismo. Porque sí, McCarthy está hecho de otra arcilla y juega en las grandes ligas junto a Melville, Twain, Steinbeck y Faulkner. En Hijo de Dios, por ejemplo, queda de manifiesto que el mal puede ser una consecuencia del aislamiento extremo. Lester Ballard, el protagonista, no nació siendo un monstruo; el sur (su economía, su geografía y su gente) lo fue puliendo hasta dejarlo en su estado primigenio, una especie de troglodita refugiado en el subsuelo.

Cormac McCarthy © Jim Herrington (Rolling Stone, 27/12/2007).

Embelesado por aquellas lecturas, indagué como un sabueso y llegó a mis manos Erskine Caldwell, prolífico autor sureño admirado por el mismísimo Faulkner, a quien yo ya había leído muchísimo antes (El ruido y la furia, Mientras agonizo, ¡Absalón, Absalón!) sin tener idea de qué género se trataba. Inicié con La parcela de Dios (Navona) y entonces por fin entendí por qué ni siquiera me acordaba de Faulkner. Caldwell carece de la majestuosidad, la complejidad y el ingenio desbordado del creador de Yoknapatawpha County, pero es gótico sureño en estado puro. En este caso, antes que el reto intelectual que puede suponer leer a Faulkner, prefiero —en este momento de mi vida— la sencillez, efectividad, humor y «cercanía» de Caldwell. Veamos: Ty Ty Walden es el patriarca de una familia de agricultores pobres dueños de una parcela dedicada a Dios en la que creen que hay oro. Al cavar y cavar sin éxito, utilizando a dos negros en calidad de esclavos y a un albino como talismán, el viejo decide ir «cambiando la parcela de lugar» con la esperanza de un hallazgo que les cambie la vida, pero lo único que logra es rodear su casa de agujeros y acabar destrozando su propiedad. Una tragicomedia real. Dentro del ambiente familiar (padre viudo, tres hijas, tres hijos), Caldwell recrea una persistente atmósfera sexual entre todos sin necesidad de ser explícito: comentarios jocosos y pequeñas acciones cuestionables son más que suficientes. La parcela de Dios, pues, es un ejemplo magnánimo de la capacidad de Caldwell para registrar la realidad y el carácter del pueblerino del sur profundo de los años veinte o treinta. El camino del tabaco y El predicador (Navona) completan este cuadro virtuoso y fiel de una realidad incómoda que Caldwell trató con tal naturalidad y honestidad que le acarreó problemas legales en su día y que hoy provocaría censura.

Portada de La parcela de Dios (Navona), con comentario de Faulkner incluido: «Cualquiera que hubiera escrito un libro como La parcela de Dios y alguno de sus cuentos cortos podría morir tranquilo…».

Continuando con mi indagación, aparecieron, casi a la vez, los dos abanderados, para mí, de la grit litHarry Crews y Donald Ray Pollock—, y fue como haberme apuntado a un tour demencial y emocionante por el corazón de la América profunda. Un solo libro de Crews —hard men path por excelencia, una especie de homólogo de Charles Bukowski, pero de las entrañas de Georgia— para engancharme: Cuerpo (Machado Libros), la historia de Shereel Dupont quien, mientras participa como culturista en el certamen de Miss Cosmo, recibe de manera imprevista a su familia pueblerina provocando un choque cultural grotesco. Esteroides y rednecks: desternillante. Después, El cantante de góspel (Acuarela & Machado), obra debut con aires a gótico sureño protagonizada por un tipo con voz angelical que regresa a su pueblo convertido en una especie de santo, aunque es un tipo vacío, atormentado y sexualmente voraz, y La maldición gitana (Dirty Works), que retrata la historia Marvin Molar, un tipo sordomudo, macrocefálico y sin piernas que utiliza sus brazos para hacer acrobacias, al más estilo freak circense, y ganarse así la vida. Con un par de libros aun por leer —Desnudo en Garden Hills, El amante de las cicatrices (Dirty Works)—, a Crews no se le puede pedir más porque simplemente lo da todo.

En cuanto a Ray Pollock, la aparición de Knockemstiff (Libros del silencio) literalmente me sacudió: grit lit en toda la extensión de la palabra; una serie de cuentos contundentes y despiadados como ningunos otros ambientados allí mismo, en el pueblo que lleva ese nombre y donde nació, creció y vivió este autor que hasta hace unos años trabajaba en una planta cárnica. A pesar de no ser un autor sureño per se —al igual que Bonnie Jo Campbell (Michigan, 1962) o Frank Bill (Indiana, 1974)—, su obra constata una verdad cada vez más latente: la narrativa sureña supera su propia demarcación geográfica y se convierte en una denominación de origen mental. En Ray Pollock se aprecia un tejido conectivo entre la grit lit más cruda, un country noir en el que solo hay víctimas y victimarios —El diablo a todas horas (Libros del silencio), llevado a la pantalla por Antonio Campos para Netflix— y el western gótico caricaturesco —El banquete celestial (Random House)—. «Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años. Era lo único que se le dio bien alguna vez», son las primeras líneas de «La vida real» (Knockemstiff). Nada más que añadir.

Portada de Knockemstiff (Libros del silencio), de Donald Ray Pollock.

Finalmente, llegó a mi librera El hogar eterno (Dirty Works), de William Gay (Tennesse, 1941). Si las descripciones del paisaje y de las acciones que ocurren en la naturaleza de McCarthy son admirables; las de Gay son soberbias, de una hermosura tal que uno —que pretende «escribir»— solo piensa dedicarse a otra cosa. Gay parece resistirse a abandonar la senda del gótico sureño y con esta novela lo constata: contiene el peso del pasado, el secreto familiar y una conexión mística con la naturaleza. La historia, ambientada en los años cuarenta, nos presenta a Nathan Winer, quien trabaja para Dallas Hardin, un tipo ruin que es responsable del asesinato de su padre, algo que él desconoce. Conocedor de ese secreto, testigo y sabedor de todo lo malo que se cuece en el ambiente, el viejo Tell Oliver, prototipo del hombre rural en extinción, es una especie de corazón moral de la historia. Una novela destinada a la relectura. En la recámara, me espera Hermana muerte (Dirty Works).

William Gay paseando con su perro cerca de su cabaña en Grinder’s Creek, Tennesee.

Mirar al sol sin parpadear (o de la devoción por una literatura viva y sin concesiones)

Cuando alguien me pregunta a qué se debe mi gusto por la literatura del sur, suelo titubear entre dar una respuesta escueta —que podría sonar hasta pueril, pero que resume todo—: «porque me parece sumamente entretenida», o ahondar un poco más para exponer mis argumentos. Lo que sucede es que cuando uno lee a esta gente, no hay «trampas» —o quizás sí, pero las justas—: la sensación de que se trata de historias genuinas contadas por individuos que saben de lo que están hablando se mantiene a lo largo de la lectura; y ese es el punto de partida, y ese es el primer gran atractivo: la honestidad. Desde mi punto de vista, conforme uno se va adentrado en la narrativa sureña, todas aquellas acciones «delicadas», crudas o difíciles de digerir pierden su capacidad de escandalizar: están desarrolladas como parte de una dinámica que se entiende habitual. Y allí también se halla la belleza. Y se gesta una estética poderosa como de contramito que abarca no solo las acciones en sí, sino todos los recovecos de la naturaleza humana; humor incluido.

Un granjero analfabeto, un tarado con inclinaciones perversas, un freak deforme o un exconvicto perfectamente pueden situarse en la categoría de héroes trágicos. Es la épica de los derrotados. La miseria, asimismo, es universal y los grandes dilemas de la humanidad (el honor, la fe, el destino, la culpa…) también se libran en los rincones más recónditos de sur profundo como también en cualquier región rural y aislada del mundo (la Guatemala profunda, la España profunda…). Las realidades sórdidas se extrapolan y, al final, siempre suele habar más similitudes profundas que diferencias superficiales.

La virtud de los narradores y narradoras del sur es, pues, que no dan concesiones ni se ahorran nada, no maquillan la realidad y, por más que se pueda pensar lo contrario, tampoco recurren a la exageración con el afán de provocar o conmover. Aquí no hay sensacionalismo barato ni ornamentos ni caprichos ficcionales: sus propias vivencias, lo que han visto, lo que han escuchado, lo que los rodea… los impulsan a situarse en el mismo nivel que sus personajes y no verlos desde las alturas o por encima del hombro, sino de frente: sin sentimentalismos, miramientos, condescendencia ni juicios morales. Esto, a diferencia de muchas novelas o cuentos en las que las reflexiones del narrador (por ósmosis directa del autor/a) están al mismo nivel de las acciones, me parece determinante; otro atractivo más, otro gancho.

Como lector, en mi caso personal, se produce un idilio misterioso y oscuro que excluye por completo toda noción de morbo, una conexión espontánea como la que se da entre viejos conocidos, el hallazgo de osamentas sagradas entre la barbarie de lo profano, una luz perenne que me permite verme reflejado, sacudido y expuesto en el centro de un páramo de tierra ardiente. No hay otro momento íntimo como ese. Tampoco tengo otras palabras para explicarlo.


RAFAEL ROMERO (Guatemala, 1978). Licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Creador de la revista digital Te prometo anarquía.Sus textos han aparecido en revistas de Latinoamérica y España, así como en algunas antologías: Ni hermosa ni maldita - Literatura guatemalteca actual (Alfaguara, 2012) El futuro empezó ayer - Apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Catafixia - UNESCO, 2013) o Las vueltas abiertas de América Latina - Sospechosos en tránsito (Demipage, 2017), entre otras. Ha publicado: Distensión del ansia (Alambique, 2011), El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas (Ultramarina, 2013), Orgánica palabra (Sin Tecomates, 2014), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (Círculo Cultural, 2015), Génesis y encierro (Cultura, 2011), Entelequias (E/x, 2015), Epifanía doméstica de la nostalgia pura (Tregolam, 2019), la trilogía de novelas El elegido, Chichicaste y Zánganos (Alas de Barrilete, 2012-2014), Grises (Nomenclatura, 2026) y Ratario (Nomenclatura, 2026). Actualmente, reside en Madrid y trabaja como responsable del departamento de corrección profesional de Tregolam y Correctores.es.

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