Retrato de país con infierno

El escritor y académico guatemalteco, Carlos Gerardo González Orellana, nos regala una lectura profunda y detallada de «Perro, demasiado perro», la novela del narrador guatemalteco Eduardo Juárez, cronista de las orilleras y el submundo de ese país centroamericano

Carlos Gerardo González Orellana | Escritor guatemalteco

Retrato de país con infierno

Prólogo al libro Perro, demasiado perro de Eduardo Juárez

Hablaban de la justicia, la injusticia y del terrible mundo comegente donde vivían y del cual era imprescindible escapar. Se hacían la antigua pregunta: ¿la cárcel imitaba a la vida o la vida imitaba a la cárcel?
Eduardo Juárez, Perro, demasiado perro

Fines del sistema penitenciario:

[2] Proporcionar a las personas privadas de libertad las condiciones favorables para su educación y readaptación a la sociedad, que les permita (sic) alcanzar un desarrollo personal durante el cumplimiento de la pena y posteriormente reintegrarse a la sociedad.

Dirección General del Sistema Penitenciario
Ministerio de Gobernación, Gobierno de Guatemala

A estas alturas, podemos decir que Eduardo Juárez es un narrador muy importante para la literatura escrita en Guatemala. Claramente, no sé qué alturas sean, aunque intuyo que tienen que ver con el tiempo. Lo que sé es que, desde la publicación de su primer libro de cuentos: Mariposas del vértigo en el 2005, Eduardo no ha dejado de sorprender a la comunidad de lectores y lectoras por el ímpetu permanente de su narrativa, la acidez de su humor, la sensibilidad retorcida y profunda de sus personajes y por situarse en esos escenarios a los que pocos relatos han sido capaces de llegar. El gusto que Juárez tiene por representar la sordidez y la ternura de las realidades marginales de Guatemala ha provocado que muchas personas se fijen en su obra y que las ediciones de sus libros hayan ido agotándose, paulatinamente, de las librerías.

Ronald Flores, en una reseña de Retrato de borracho con país, observaba que con Eduardo Juárez se había producido una «reconfiguración del canon literario en Guatemala» (Flores s.p.). Mariano González (González 50) ubica la obra de Juárez dentro de la producción de literatura desencantada, que sucedió a los Acuerdos de Paz y la equipara con la producción narrativa de Marco Antonio Flores, en tanto que ambas propuestas son «respuestas literarias» a la violencia estructural que vive Guatemala. Vania Vargas (2013) hizo una justa valoración del lugar de enunciación que Juárez ocupa en la literatura guatemalteca. Al igual que Vania, pienso que una dimensión para valorar la producción novelística de Juárez tiene que ver con el lugar de enunciación y el espectro social al que representa en su narrativa; pero no solo tiene que ver con eso, sino también con su maestría narrativa. Si algunos autores se precian de sobriedad estilística, la de Juárez asume, con todos los riesgos, un estilo de la ebriedad, que coquetea con el desquicio y descoloca las narrativas del aburrimiento de la vida privada con sus dramas burgueses.

Para paliar las limitaciones que implicaba vivir en una familia numerosa, Juárez tuvo que migrar a California a los diez años, en donde permaneció hasta cumplir veinticuatro. Durante ese periodo vivió de primera mano la experiencia de la marginalidad, conviviendo con otras culturas liminales de la sociedad estadounidense. Ahí encontró la literatura. Regresó a Guatemala en 1993 para encontrar un país extraño, devastado, que ofrecía las mismas oportunidades de desarrollo que el país que había dejado. Es decir, ninguna. Trabajó como profesor de inglés y comenzó un proyecto serio de escritura sobre su realidad cercana: las cantinas, las casas hogar y la calle. Por eso, más que una reconfiguración del canon (que no es exagerada), pienso que Juárez nos ha situado frente a una realidad que cuestiona el lugar de la cultura en Guatemala y su afán por construir cánones. Su narrativa representa un desplazamiento en el lugar de enunciación de la narrativa de ficción[1] concebida y pensada como tal en el sistema cultural guatemalteco, enunciado muchas veces desde las élites sociopolíticas o culturales —con milagrosas excepciones—. Cada uno de sus libros se ocupa de narrar algunas «Guatemalas» que habían estado lejos de la literatura, aunque cercanas a muchas personas que habitan este territorio.

Claro está que Eduardo Juárez no es la única persona que ha emprendido este proyecto. Sin embargo, la diferencia de su exploración es que no busca una exposición pornográfica de la miseria o la mera burla que algunos proyectos literarios hacían como una crítica mordaz pero autoritaria del aparato social. Con Juárez, no hay simulacro: la tragedia está ahí, con las mínimas mediaciones ficcionales que la literatura demanda. Hay hambre, hay desesperanza, hay ilusiones constantemente quebradas; golpes, insultos, lascivia, tráfico, suciedad, tedio. Lo que hay es lo que construye el relato. Tampoco hay egolatría. La preocupación de Eduardo por la escritura es honesta y no busca el reconocimiento, sino la precisión.

El infierno del Ángel

La trama de Perro, demasiado perro se desarrolla en Guatemala, en las vísperas del 13 Baktún. Transcurre entre la Semana Santa del 2011 y el 23 de diciembre de 2012. Ángel Miguel Macario es el protagonista y, al igual que muchos de los personajes de Eduardo Juárez, es un enfermo alcohólico que, al inicio de la novela, lucha contra sí mismo y contra el mundo para sacar a flote un trabajo que detesta. Una mañana decide escaparse del trabajo a la hora del almuerzo para beber. En la borrachera, una cosa lleva a la otra y las fuerzas policiales lo capturan por estar «en el lugar equivocado y en el momento equivocado», como frecuentemente repite para explicarle a las personas, y a sí mismo, las razones de su reclusión. Lo ingresan a la Prisión Preventiva de la Zona 18. A partir de ahí, la novela se ocupa de narrar un descenso dantesco al infierno del sistema penitenciario de Guatemala.

La narración de la experiencia carcelaria es el elemento central, en torno al cual se estructura la novela. Por eso, su cuidado es importante. El autor es consciente de esa importancia, y me parece que es válido enunciar varios puntos de esta narración que fueron tratados de forma acertada. El primero es el tiempo del relato. Los estructuralistas advertían, desde la década del sesenta, las diferencias entre el tiempo de la historia y el tiempo del relato, y la importancia que estas relaciones tenían para la construcción de la trama. Tanto la narración que ocurre dentro de la cárcel como fuera de ella están diferenciadas, medidas por «relojes diferentes». El autor logra crear en ambas un sentido de extrañeza de la cotidianidad, siempre lejana, siempre amenazante para el personaje a partir de su detención. Pero el tiempo de la cárcel pareciera establecer con el lector o la lectora el pacto del vértigo, del peligro, del suspenso y termina, abiertamente, en el horror.

El segundo elemento del que me gustaría hablar es la verosimilitud del ambiente que Juárez transmite con la experiencia carcelaria. El grado de detalle de la narración, junto con la descripción de cada uno de los personajes, sus historias de vida, sus crímenes; y la forma en que todos están en el mismo plano, igualados por la norma del presidio es un trabajo narrativo que abre un mundo desconocido para muchas personas. Contribuye a la creación de este ambiente, la preocupación que existe en el libro porque se comprendan los hábitos y el funcionamiento de los engranajes de la máquina carcelaria: la jerga, la naturalización de la violencia, la división en sectores, la alimentación con yodo (para abolir el deseo sexual) la carencia de posesiones… en fin, la lenta manera en que los reos son tratados de forma inhumana, despojados de su dignidad. Desde la abyección de la cárcel se enuncia el relato.

La profundización en la subjetividad de Ángel, alcanzada en el relato, es quirúrgica. Además de la experiencia de inmersión en la prisión que la novela logra, ocurre una inmersión paralela, la que realiza Ángel dentro de sí mismo, junto con las reflexiones que constantemente hace, conforme van sucediendo cambios graduales en su personalidad. Ante la hostilidad de la realidad que lo rodea, Ángel se refugia en su memoria, en su infancia, en sus trabajos y en los recuerdos de sus novias. Todas son leídas como posibilidades perdidas de otros caminos, unos que no lo habrían conducido a la cárcel. También se refugia en sus ilusiones y sus elucubraciones sobre convertirse en artista. A pesar de estas defensas concebidas en su imaginación, el narrador describe cómo la cárcel entra en él, lo posee, se adueña de su voluntad, de su lenguaje y de su apariencia física, y esta transformación lo aterra. Ángel ve con pánico la mirada vacía de sus compañeros reclusos durante su estadía en el Sector 6 (llamado también Rusia). Teme convertirse en uno de ellos, se convence de que ha cruzado una línea, cuando un grupo de reclusos nuevos y asustadizos confiesa temerle por su apariencia criminal. Entonces se ve con sus ojos antiguos, que son los de la sociedad que está fuera de la cárcel, y siente miedo.

A propósito de las novelas de Dostoievski, el teórico ruso Mijaíl Bajtín destacó el proceso de autoconciencia del héroe como una de las características esenciales de la creación de novelas polifónicas. En las narraciones dostoievskianas, el mundo pasa por el crisol de la conciencia de los protagonistas y, ante ellas, solo pueden anteponerse otras conciencias igualmente complejas, con otros mundos y otros horizontes dentro de sí. De forma similar, en la novela de Eduardo, el mundo pasa por el crisol de Ángel, y recibe noticias de otras conciencias igualmente complejas que la suya, aunque no las conozcamos. Cada personaje habla, tiene una voz real, una complejidad y un horizonte vital específico. Juárez, lector de Dostoievski, se preocupó porque todos sus personajes articularan una polifonía discursiva en su novela.

Por último, pero no menos importante, el elemento del humor. Dentro de la cárcel, el humor siempre está matizado por las experiencias límite a las que los personajes son sometidos; pero no dejan de estar presentes. Fuera de la cárcel, el humor surreal pone un contrapunto al realismo exacerbado con que se narra la experiencia de la cárcel. Ante un relato demasiado realista, Juárez inserta una narrativa regida por el delirio y la alucinación. Este recurso, utilizado por Juárez en todas sus novelas anteriores, confirma el cuidado necesario que el autor pone en este equilibrio. El mismo equilibrio funciona entre los momentos humorísticos y los trágicos.

La función carcelaria

Apelo primero al concepto de función, planteado por Roland Barthes (183-227) para el análisis de los relatos, para determinar el correlato que el encarcelamiento de Ángel produce en la novela; y luego lo proyecto en términos sociales más amplios, apoyado por algunas de las reflexiones que Michel Foucault hizo a propósito de la prisión en el texto Vigilar y castigar.  

En la novela, la experiencia carcelaria cumple varias funciones. La primera, en el nivel de la narración, es la de constituir la materia prima de la diégesis. El relato se construye en torno al encarcelamiento del protagonista. Situándonos en el nivel de las acciones, la experiencia representa, para Ángel, un trauma. La repetición compulsiva de las habilidades aprendidas en la cárcel, de las cuales fue víctima, pero que también reprodujo como victimario, es uno de los principales problemas que la novela señala. La cárcel no cumple la función –meramente retórica– de reformar a los prisioneros para reintegrarlos a una vida social funcional. Lejos de hacerlo, el correlato es el contrario. La experiencia para Ángel constituye un curso de formación intensiva en acciones criminales que concluye, incluso, con el asesinato de uno de los amigos que había hecho en el Sector 4 de la prisión.

¿Qué función ha cumplido la cárcel en las sociedades modernas? Esta pregunta ha propiciado prolijas reflexiones en el campo de la filosofía social. En Vigilar y castigar, Foucault investiga el origen histórico de la tecnología de control carcelario en Francia, como un componente fundamental de la sociedad moderna del disciplinamiento. Nominalmente, entendemos el funcionamiento de las cárceles como instituciones socialmente necesarias, destinadas a reencauzar la vida de personas que han cometido crímenes, según sentencias emitidas por tribunales especializados. En realidad, la cárcel es un dispositivo que funciona como parte de un continuum de instituciones (el orfanato, el hospital, el psiquiátrico); y comparte con otras los mismos mecanismos de disciplinamiento (la escuela, la iglesia, etc.). Funciona a dos manos con el sistema jurídico, no para «reencauzar el espíritu» criminal, sino para garantizar una vía expedita para un determinado ejercicio de poder. La cárcel forma parte de una gran «economía de poder» que canaliza los esfuerzos de la disciplina y la ley. Dice Foucault: «El adversario del soberano, y después el enemigo social se ha trasformado en un desviacionista que lleva consigo el peligro múltiple del desorden, del crimen, de la locura» (Foucault 279). Basta con leer la cantidad de casos de prisión política que ocurren en Guatemala para evidenciar este fin perverso del funcionamiento de la prisión.

Por otro lado, la otra función de la prisión señalada por Foucault es mantener un sistema de formación de crimen. «Si bien es cierto que la prisión sanciona la delincuencia, esta, en cuanto a lo esencial, se fabrica en y por un encarcelamiento que la prisión, a fin de cuentas, prolonga a su vez» (Foucault 281). Perro, demasiado perro narra, desde la ficción literaria, un caso que constituye evidencia tangible de la divergencia entre las condiciones favorables para la educación y la readaptación que el Sistema Penitenciario de Guatemala afirma proporcionar.[2] Antes de ser recluido en la prisión, Ángel tenía un trabajo que detestaba, como cualquier persona que trabaje en las condiciones de precariedad laboral sobre las que se organiza una buena parte de la industria en Guatemala. De la cárcel laboral pasó a la cárcel material; que son solo pequeñas prisiones de países que se piensan a sí mismos cárceles de sus ciudadanos. En sus diez meses de reclusión fue aprendiendo y practicando todos los hábitos para desenvolverse como criminal. De ahí que, al salir, el crimen parezca un sino que constantemente somete su voluntad. El relato evidencia la forma en que la cárcel cumple ese rol: proporcionar perfiles formados para el crimen organizado, y muchas veces, ser el centro neurálgico de organización de esos crímenes. Generalmente, se acostumbra ver a la cárcel como un espacio «por afuera» del sistema social, que se encuentra más allá de los márgenes de la «normalización» con que la sociedad funciona.[3] En realidad, no es así. La cárcel está en las entrañas mismas del funcionamiento de toda sociedad y conforma una parte del aparato criminal y, por lo tanto, justifica mecanismos de represión y disciplinamiento. Al final de la novela vemos a Ángel pidiendo ayuda sobrenatural para no ser capturado de nuevo. La cárcel está dentro de él.

A modo de conclusión

Con Perro, demasiado perro estamos ante una obra que confirma el proceso de maduración de la narrativa de Eduardo Juárez. Dentro de su producción novelística, Trash es quizá la novela que mayor parecido guarda con Perro, demasiado perro, y constituyen la madurez de la escritura del autor. En las dos últimas novelas de Eduardo Juárez hay un genuino ejercicio de empatía. Conforme el narrador se hace invisible, el humor se percibe de otra manera: no a través de la burla, sino a través de la identificación de situaciones insólitas, absurdas o grotescas.

Al igual que en la mayoría de sus novelas anteriores, la ficción parte de un ejercicio de investigación e inmersión en la realidad de una persona que inspira un personaje. Este ejercicio dota al protagonista de la novela de una riqueza y complejidad, y hace que se cumpla la condición polifónica de Bajtín en las novelas de Dostoievski: todos los personajes hablan, reflexionan, pelean, convencen; sus palabras son reales.

Por otro lado, Perro, demasiado perro es una novela compleja. La cantidad de temas y posibles desarrollos críticos es abundante: la limpieza y el nivel de detalle de la narración nos permiten fijarnos en varias rutas de reflexión. Aquí he indagado nada más en una. La que propone una lectura compleja del espacio carcelario que excede sus límites institucionales. La cárcel no aparece únicamente como un lugar de encierro físico, sino como una lógica que atraviesa todas las dimensiones de la vida social. La experiencia de Ángel no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de una red más amplia de violencia estructural que caracteriza a los países centroamericanos cuyas élites, hoy por hoy, aspiran a convertirse en cárceles continentales. En este contexto, la novela de Juárez cobra una nueva vitalidad. Su profecía no nos habla del futuro, sino de las incómodas preguntas que deberíamos hacer sobre nuestro presente.


Referencias

Bakhtín, Mijaíl. Problemas de la póetica de Dostoievski. Trabajos de investigación. Trad. Tatiana Bubnova, 2ª. ed. Fondo de Cultura Económica. 2003.

Barthes, Roland. Ensayos completos en Communications. Trad. Matías Battistón. Ediciones Godot, 2017.

Flores, Ronald. Nueva novela de Eduardo Juárez: «Retrato de un borracho con país». Ronald Flores, 2/1/2021. http://ronaldflores.com/2008/03/11/nueva-novela-de-eduardo-juarez-retrato-de-un-borracho-con-pais/

Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Traducido por Aurelio Garzón, Siglo XXI Editores, 2002

Gobierno de Guatemala. Ministerio de Gobernación. Dirección general del Sistema Penitenciario. Misión y visión. Dgsp.gob.gt,  https://dgsp.gob.gt/mision-y-vision/

González, Mariano. Sociogénesis del dolor. De Los compañeros de Marco Antonio Flores a Mariposas del vértigo de Eduardo Juárez. (I. d. Guatemala, Ed.) Revista de análisis de la realidad nacional, núm. 128, 2013, pp. 49-65. http://ipn.usac.edu.gt/wp-content/uploads/2017/10/IPN-RD-128.pdf

Vargas, Vania. Guatemala, ciudad indigente (la narrativa de Eduardo Juárez). Luna Park. 2013. https://revistalunapark.wordpress.com/2013/04/08/literatura-guatemalteca-guatemala-ciudad-indigente-la-narrativa-de-eduardo-juarez/

_____ Guatemala, ciudad indigente: la narrativa de Eduardo Juárez. Literofilia, 2018. https://www.literofilia.com/front/blog.php?id=533


 

[1] Utilizo este término, no del todo preciso, para diferenciar esta narrativa de las narrativas testimoniales que tienen ya una longeva historia en Guatemala.

[2] Véase el epígrafe.

[3] Incluso, la ubicación geográfica de los centros de reclusión en Guatemala da noticia de ese afán por ubicarlos lejos de los centros de las ciudades. Esta forma de organización geográfica se percibe con más claridad con el sistema colonial de «colonias penitenciarias», los «territorios de ultramar» de los centros imperiales europeos eran los sitios idóneos para aislar a las personas condenadas o indeseadas, poniendo un océano de por medio.


Carlos Gerardo González Orellana es originario de El Jícaro, El Progreso, Guatemala. Poeta, guatemalteco, mestizo. Actualmente, es candidato a doctor en el programa de Español y Portugués de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans. Trabajó como profesor de literatura y teoría literaria en la Universidad Rafael Landívar (URL) en Guatemala, donde coordinó la Maestría en Literatura Hispanoamericana y la Maestría en Filosofía. Fue coordinador de la revista Cultura de Guatemala y de las publicaciones del Centro de Pensamiento Crítico Antonio Gallo, de la Facultad de Humanidades de la misma universidad. Ha publicado varios libros de poesía y artículos académicos. Es ingeniero químico por la URL; además, es licenciado en letras (Universidad de San Carlos de Guatemala) y tiene una maestría en filosofía por la URL y una maestría en literatura latinoamericana por la Universidad de Tulane (Nueva Orleans).

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