Un viaje al aforismo guatemalteco

El aforismo, su naturaleza, su desarrollo, dos escritores que se han dedicado a estudiarlo y algunos de sus exponentes. Un breve viaje a lo largo del género, que nos regala el escritor guatemalteco Luis Enrique Morales

Luis Enrique Morales | Aforista, ensayista, cronista y reseñista guatemalteco

Dentro del mundo literario, los aforismos siempre despiertan la disputa sobre su pertenencia al género. Se les da poca importancia. La razón podría ser su atribución a la moral, la educación y la filosofía. Su brevedad permite una poca exploración de los aspectos constituyentes de un texto literario. La costumbre ha sido la de textos floridos, narraciones épicas —de nunca acabar— o poemas que navegan la profundidad del ser.

El género aforístico como tal existe desde Hipócrates; desde entonces, ha viajado por un río donde las aguas nunca han sido las mismas. Ha pasado por Marco Aurelio, Baltasar Gracián y Morales, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Cioran, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Nicolás Gómez Dávila; la lista es interminable.

Hiram Barrios, aforista y el mayor conocedor del género en Latinoamérica, ha empeñado gran parte de su vida en los estudios y antologías sobre el tema. Lapidario (2014) es una antología de aforística mexicana. Disparos al aire (2022) es una antología del aforismo hispanoamericano y allí ubica al aforismo moderno entre la filosofía y la literatura; quizá esa sea la explicación de por qué existe esa disputa entre los literatos. Dos años después de Disparos al aire se publica En el límite (2024), un libro de ensayos donde se crea la aforística cardinal, una brújula en la que Barrios coloca cuatro tipos de aforística, a saber: filosófica, perifrástica, poética, ético-moral. Sobre la tercera nos dice:

El rigor, la intensidad y la concisión de ciertos aforismos justifican su inclusión en el terreno de la poesía. En muchas ocasiones tienen una clara intención figurativa. Utilizan comparaciones, contrastes, gradaciones, equívocos, analogías, juegos de palabras y metáforas. El lenguaje figurado se convierte así en su osamenta (…) El aforismo poético hunde sus raíces en los orígenes del pensamiento mágico. Ostenta una evocación enigmática, oracular. (…) Habita también en las reflexiones metaliterarias de quienes indagan en las posibilidades estéticas del pensamiento.

Sobre ese pilar —de forma más detallada y profunda— ha sustentado sus antologías. En ellas se ha incluido a tres autores centroamericanos: Francisco Rodríguez Barrientos, Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón. De Monterroso, sabiendo su gusto por lo breve, se podría imaginar un interés por el género aforístico, pero para eso se necesitan pruebas. Barrios, en una de sus antologías, hace una buena selección, coincidiendo con dos estudiosos del aforismo en Monterroso: Francisca Noguerol Jiménez y Antonio Masoliver; estos últimos agregan un par de aforismos más a la selección, aquí se presentan algunos:

Contradictio in adjecto
La Sinfonía inconclusa es la obra más acabada de Schubert.

Estilo
Todo trabajo literario debe corregirse y reducirse siempre. Nulla dies sine linea. Anula una línea cada día.

Nuestros libros son los ríos que van a dar en la mar que es el olvido.

De Cardoza y Aragón:

Adán y Eva no se fueron expulsados del Paraíso: se fugaron.

Soñar ha sido siempre mejor que vivir.

El infinito se percibe bien desde la cama.

Un buen lector siempre escribe otro libro. Y siempre lee otro libro.

En Guatemala ha existido un interés por el aforismo que está presente en traducciones realizadas por Luis Eduardo Rivera, un gran conocedor del género; como ejemplo, la traducción de Sobre Arte y Literatura, de Joseph Joubert. César Brañas, definido por Luis Eduardo Rivera, es el padre de la literatura íntima en Guatemala. Los Diarios de aprendiz son un mosaico lleno de piedras preciosas; aproximan al lector al lado más oscuro, más dulce, más dichoso, más desdichado de la complejidad humana, sin perder el ars poética:

Ponete a llorar, hermano: hemos perdido la vida.

No quise nada y hubiera sido lo mismo querer.

Ocupado de ir muriendo, no me doy cuenta de que pasan los días, los años y las señoritas.

Soy como las ciudades que pasan a la orilla de un río que se queda.

Ese interés por el aforismo parece estar presente en la obra de Rodrigo Rey Rosa. En Cola de Dragón, al final de la crónica “Cita en Bogotá”, el autor discute un aforismo de Lichtenberg sobre las bibliotecas. En Severina, el protagonista lee aforismos:

—¿Qué leés? —me preguntó.
—Kenko, aforismos.
—¿Puedo ver?
Le entregué el libro. Lo abrió al azar, hacia la mitad.
«Es mejor no cambiar las cosas si el cambio no hace ningún bien», leyó.
—Parece obvio —dijo.
—Los aforismos suelen parecerlo, ¿no?…

Rey Rosa, en Severina, continúa con una página completa donde los personajes discuten sobre los aforismos de Yoshida Kenkō. Años más tarde, en El manuscrito hallado en la calle Sócrates, el personaje Homero, en media pandemia, sin escribir mucho, se dedica a escribir aforismos y propone mandárselos a Rupert Ranke para leerlos:

            Da vergüenza ajena ver cuántos diarios de la pandemia están publicando los colegas. Es una boludez, comparar esta gripe con la peste, hace el pelotudo favor.
De acuerdo
A mí me ha dado por escribir aforismos. Si querés te mando algunos para que les des un vistazo.
Dale —le dije, y recordé: El extremo de la brevedad en los narradores suele ser signo de endiosamiento. Esperaba no caer en eso nunca. De todas formas, nunca me los mandó.

En ambas obras hace una “crítica” al género, pero se puede interpretar de diferentes formas; una de ellas es que el aforismo puede ser usado como un recurso, pero al mismo tiempo muestra un interés por lo  breve, lo cual está íntimamente relacionado con dos características de la prosa de Rey Rosa: la brevedad y la contundencia, como en el primer párrafo de la cita: “Da vergüenza ajena…”.

Ya no debería haber disputa: el aforismo es un género literario de pleno derecho, y Barrios ha dado las herramientas para reconocerlo. En Guatemala, la tradición existe y es valiosa: desde los diarios íntimos de Brañas hasta las traducciones de Rivera y los guiños narrativos de Rey Rosa, también las lecciones de Monterroso y Cardoza y Aragón. Solo falta que los lectores y críticos se animen a explorar estas piedras preciosas. Y, quizás, algún día, aparezca un Homero que publique los suyos.


Luis Enrique Morales. (Quetzaltenango, Guatemala, 1989) es aforista, ensayista, cronista y reseñista. Autor de Aforismos y otras mentirasAforismos de noviembre y de la crónica Recuerdos memorables. Es columnista en gAZeta de Guatemala y reseñista en la revista literaria Agradecidas Señas. Ha colaborado también en diferentes revistas y periódicos. Actualmente se dedica a la traducción de aforística sueca al castellano.

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