La «Historia de Apolonio de Tiro» ha atravesado siglos, lenguas y manuscritos antes de llegar hasta nosotros. Sebastián Aldaz recorre la nueva edición bilingüe preparada por Juan Carlos Jurado Reyna y encuentra una correspondencia entre el destino del héroe y el del propio relato: ambos conocen la pérdida, el viaje y, finalmente, la restitución
Sebastián Vladimir Aldaz Piedra
Hay libros cuya historia comienza en la primera página; otros, en cambio, han vivido tanto antes de llegar a nuestras manos que abrirlos supone apenas incorporarnos a un viaje comenzado siglos atrás. Historia de Apolonio de Tiro, en la traducción de Juan Carlos Jurado Reyna, pertenece a esta segunda estirpe de libros. No es solamente la historia de un hombre que navega, naufraga, pierde un reino, una esposa y una hija y termina recuperándolos. Es también la historia de un texto que ha navegado durante siglos entre pueblos y lenguas, que perdió incluso la certeza de su autor y de su idioma original y que, contra todo pronóstico, consiguió llegar hasta nosotros.
La edición publicada en Quito en 2026 tiene, por ello, algo de acontecimiento filológico y algo de acto de restitución. Jurado Reyna ofrece al lector contemporáneo una edición bilingüe —latín y español— de la Historia de Apolonio de Tiro, elaborada a partir del texto latino reproducido en Atenas en 2005, procedente a su vez de la edición parisina de Erotici Scriptores de 1856 preparada sobre el denominado Códice Parisino. Su traducción comenzó muchos años después de haber encontrado aquella obra durante sus estudios en Grecia y fue concluida inicialmente en 2020, en el extraño silencio que impuso al mundo la pandemia, antes de recibir una revisión definitiva en 2026.
Pero establecer la fecha del libro no equivale a establecer la fecha de la historia. La procedencia de Apolonio de Tiro continúa siendo objeto de discusión. La tradición filológica que acompaña esta edición, particularmente el prólogo que Jean Lapaume escribió para la publicación parisina de 1856, encuentra detrás del latín conservado la sombra de una obra griega anterior. Los nombres de sus personajes, las ciudades en que transcurre la acción, los templos, los juegos, las costumbres y hasta ciertos giros de la lengua parecen conservar ese perfume helénico. La investigación contemporánea ha mantenido abierta la discusión sobre si el relato nació originalmente en griego o en latín y suele situar sus orígenes en algún punto de la Antigüedad tardía. Tal incertidumbre, lejos de empobrecer el texto, aumenta su fascinación.
De algunos libros conocemos autor, fecha y lugar de nacimiento; de Apolonio conocemos, sobre todo, sus huellas. Las huellas son muchas. La historia atravesó la Edad Media, fue copiada en numerosos manuscritos, pasó a distintas lenguas europeas y encontró en el castellano del siglo XIII una de sus encarnaciones más hermosas: el Libro de Apolonio, vinculado al mester de clerecía. Más tarde la encontramos en Godofredo de Viterbo, en la Confessio Amantis de John Gower y, transformada una vez más, en el Pericles, Prince of Tyre de Shakespeare. Apolonio cambió incluso de nombre y continuó navegando. Quizá ningún destino podía ser más apropiado para esta historia.
Porque Apolonio de Tiro es, esencialmente, un relato sobre aquello que puede perderse sin desaparecer. Apolonio pierde su tranquilidad cuando descubre el secreto del rey Antíoco; pierde su patria cuando el poder decide perseguirlo; pierde sus riquezas en el naufragio; cree perder a su esposa durante una tormenta; pierde a su hija cuando la deja al cuidado de quienes terminarán traicionándolo y, finalmente, llega a perder casi la voluntad de continuar viviendo. Sin embargo, ninguna de aquellas pérdidas resulta definitiva. En ese movimiento permanente entre pérdida y recuperación reside una de las intuiciones filosóficas más hermosas de la obra: la fortuna puede despojar al ser humano de casi todo, pero no necesariamente de aquello que lo constituye.
Por eso Apolonio de Tiro contiene los materiales de una tragedia y, sin embargo, se niega obstinadamente a convertirse en una. Hay incesto, abuso, persecución, naufragio, muerte aparente, secuestro, prostitución, traición y dolor. Habría material suficiente para varias tragedias griegas. Pero donde la tragedia habría conducido inevitablemente hacia la destrucción, Apolonio conduce hacia el reconocimiento y la restitución. Y acaso sea allí donde se encuentra una de las diferencias fundamentales entre el mundo trágico y el universo moral de esta obra: el sufrimiento no constituye necesariamente la última palabra.
Hay, además, una dimensión jurídica que resulta imposible ignorar. La historia comienza, precisamente, con la perversión del poder. Antíoco no es únicamente un padre que comete un crimen contra su hija. Es un rey. Y cuando Apolonio descubre mediante la resolución de un enigma aquello que el monarca pretende mantener oculto, el poder político se convierte en instrumento para proteger el crimen del poderoso. La escena resulta inquietantemente moderna. Antíoco establece una regla: quien resuelva el enigma podrá contraer matrimonio con su hija; quien fracase será condenado a muerte. Apolonio acepta las condiciones, interpreta correctamente las palabras del rey y descubre la verdad. Pero justamente porque ha acertado debe huir.
El poder no lo persigue porque se haya equivocado. Lo persigue porque ha comprendido. A partir de entonces, Antíoco conserva la forma exterior de la autoridad mientras vacía de justicia su ejercicio. Dicta órdenes, establece recompensas y convierte a un inocente en proscrito. La ley aparece entonces separada del Derecho: permanece la norma, permanece el rey, permanece la fuerza capaz de imponer una decisión; lo que ha desaparecido es la justicia que podría legitimarlos. Hay una enseñanza política antiquísima en esa escena: no toda orden emanada del poder merece por ello el nombre de justa.
Apolonio es un hombre cultivado. La música, las letras y el razonamiento forman parte de su identidad. Y esa misma confianza en la educación alcanza una expresión todavía más conmovedora en Tarsia. Secuestrada por piratas y vendida a un proxeneta, la joven encuentra en su formación, en su inteligencia y en el dominio de la palabra una manera de resistir a un mundo que pretende convertirla en objeto.
Quizá por ello uno de los momentos más conmovedores de la obra sea el reconocimiento de Tarsia. Después de años de separación, engaños y duelo, Apolonio descubre que la joven que tiene delante es aquella hija a quien creía muerta. El reconocimiento restituye mediante la palabra aquello que la fortuna había separado. Después llegará el encuentro con Arquístratis, la esposa considerada muerta durante dieciséis años, y la familia dispersa volverá finalmente a reunirse. No es únicamente un final feliz. Es una restitución.
Tal vez por eso la historia sobrevivió. Porque debajo de sus barcos, reyes, templos, enigmas y tormentas existe una pregunta que todavía nos pertenece: ¿qué permanece del hombre cuando la fortuna le arrebata aquello que creía poseer? La respuesta de Apolonio de Tiro parece ser sencilla. Permanece aquello que no dependía enteramente de la fortuna: la inteligencia, la dignidad, la lealtad, la memoria, la palabra. Y acaso algo más. La esperanza.
Resulta entonces difícil no advertir la hermosa correspondencia existente entre el personaje y el libro que lleva su nombre. Apolonio naufraga y sobrevive. Su historia también. Apolonio atraviesa ciudades y mares; su historia atravesó imperios y lenguas. Apolonio pierde durante años a quienes ama y termina reencontrándolos; el texto perdió probablemente su forma original y ha debido ser reconstruido mediante los testimonios que el tiempo permitió sobrevivir.
El héroe y su historia comparten, por tanto, un mismo destino: ambos se negaron a naufragar definitivamente. Por eso esta edición quiteña de 2026 puede entenderse como un puerto más en una navegación que comenzó hace aproximadamente diecisiete siglos y que todavía no termina. Juan Carlos Jurado Reyna recibe una voz que pasó del mundo antiguo al medieval, del manuscrito a la imprenta, del latín al español, y la entrega nuevamente a otros lectores. Las lenguas que llamamos muertas guardan una curiosa forma de inmortalidad.

Juan Carlos Jurado Reyna (Quito, 1980) es doctor en Ciencias Sociales, escritor y pintor. Estudió filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y en la Universidad Aristóteles de Tesalónica (Grecia), donde complementó su formación con cursos de griego clásico y moderno. Ha sido profesor de latín en la Academia Ecuatoriana de la Lengua y de griego antiguo en el Fondo de Cultura Económica. Actualmente es profesor en la Universidad Central del Ecuador. Es autor de Dos lecturas de la Orestíada de Esquilo (FACSO, 2023) y de Tiniebla sagrada (PREMISA, 2024), obra escrita en coautoría con la poeta Rocío Soria, además de diversos artículos publicados en revistas especializadas. Su trabajo articula la reflexión filosófica con la creación literaria y plástica.

Sebastián Aldaz. Escribe ensayos y artículos para la Revista de la División de Posgrado de Derecho de la UNAM y el IAEN. Es Maestrando en Derecho Constitucional en la Universidad Casa Grande de Ecuador, Maestrando en Derecho Digital en la Universidad de los Hemisferios, Diplomado en Logoterapia por la Casa Víktor Frankl, Diplomado en Lógica por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Es estudiante permanente de filosofía en Entre Logos escuela de divulgación filosófica, estudiante de griego y latín y miembro del Circulus Latinus et Graecus Aequatoriensis. Es Magíster en Derecho con Mención en Estudios Judiciales por el Instituto de Altos Estudios Nacionales, Mediador por la Universidad Metropolitana y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y abogado de los Tribunales y Juzgados del Ecuador por la Universidad de las Américas. Contacto: svap_88@hotmail.com y +593998887307.
