Hoy, la literatura conmemora el centenario de Allen Ginsberg. Ícono de la contracultura, poeta, pacifista, miembro de la Generación Beat, cuyo pilar vital, Neal Cassady, también llegó a los 100 años este febrero de 2026. El Escarabajo se une a esta evocación con un breve recorrido a lo largo de algunos de los autores y sus historias en este ensayo de la escritora guatemalteca Vania Vargas
Vania Vargas | Escritora guatemalteca
Me dispuse a llevar apuntes alrededor de Allen Ginsberg y Neal Cassady en las cercanías de sus centenarios este 2026. Quería escribir sobre ellos, sobre la generación que conformaron. Es una situación sentimental, una manifestación casi de cariño, que, al final, es el hilo que termina por unirnos con aquellas voces que nos conmueven, nos cuestionan, nos despiertan. Aquellas que leímos, nos hablaron y escuchamos, nos hicieron detenernos a pensar, a sentir, y, a partir de todo eso, decidimos seguir volviendo hasta sus orillas.
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En más de una ocasión he terminado en el asiento trasero del carro de Dean Moriarty, alias Neal Cassady, el ícono mítico y vital de varios miembros de la generación Beat, entre ellos, de Ginsberg y de Jack Kerouac, quien va narrando el viaje desde el asiento de enfrente, y que aquí, en esta novela titulada En el camino, se dice llamar Sal Paradise.
La ruta va atravesando Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco y de regreso, un par de veces y con escalas. Incluye un plan de viajar a Italia, y el primero de varios viajes posteriores hacia México, esa ciudad que se convirtió, no solo en un lugar salvaje, donde era más barato encontrar alcohol, drogas y mujeres, sino que, además, jugará un papel importante en la vida de algunos de ellos. William Burroughs, por ejemplo, quien tuvo que pasar trece días en la cárcel de Lecumberri, luego de matar a su mujer, Joan Vollmer, mientras ella sostenía un vaso medio lleno (o medio vacío) sobre la cabeza, para que él probara su buena puntería; o la historia de varios libros de Kerouac, que nacieron de su experiencia mexicana, como México city blues, Dr. Sax y Tristessa.
La figura de Cassady siempre es causa de fascinación. A lo lejos se le presiente la chispa de la locura, el desenfado, la trepidante intensidad y una irresponsabilidad casi infantil. Kerouac, por su lado, me causa ternura. Él y su sensibilidad exacerbada, su hambre de vivir y de sentir para escribir. Y entonces, en una especie de visión beatífica, se revelan ante mí, más que como grandes escritores, como grandes personajes literarios que plantean, ante quien los lee, una especie de jerarquía mística vital que termina por convencernos de que nos gustan los Beat por la misma razón que a los Beat les gustaba Neal Cassady. Que buscamos con ansiedad algo que ellos encontraron en la escritura, y que Cassady se hacía sentar, sin esfuerzo, sobre las rodillas.
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En uno de sus memorables viajes, de Nueva York a San Francisco, Neal Cassady y Kerouac decidieron pasar a visitar a Burroughs, que estaba viviendo en Nueva Orleans. Saliendo de allí, enfilaron hacia Houston por una carretera que, cincuenta años después, a mediados de los años 90, mi padre y yo recorrimos en sentido contrario, en un viaje de dos días y una noche, de Dallas a Florida, acompañados por tres repartidores de Nuevos Testamentos y un taxista iraní.
Como los viajeros de los años 40, sentimos el escalofrío de atravesar durante la noche la carretera larga y solitaria bordeada por los pantanos del sur, y, al llegar a Mobile, en donde Cassady se había detenido para robar gasolina, nosotros nos bajamos del carro en medio de un parqueo solitario y tratamos de dormitar un rato sobre el asfalto caliente, antes de seguir hacia nuestro destino. Yo, entonces, no sabía que un día iba a volver a esa ruta a través de las páginas de un libro.
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En el camino representó para Kerouac ─centenario también, pero un par de años antes que sus contemporáneos─ no solo la seguridad de un lugar dentro de la historia literaria de los años de la posguerra, sino además, la conciencia personal de una incapacidad para manejar lo que representaba ser el autor de un libro que le marcó la visión de mundo a toda una generación. Un drama que cinco años después de su aparición, en 1962, presentimos en otra novela autobiográfica titulada Big Sur. Un libro de búsqueda fallida de redención. En el que la esperanza aparece como parte del mismo delirio que lo acompañó durante ese tiempo de retiro en la cabaña que Ferlinghetti le prestó para que pasara unos días de soledad y calma en esa región montañosa de California. Un proceso varias veces interrumpido por él mismo y su necesidad de la vida trepidante de la ciudad y del ruido. Un anhelo que fue también su destrucción.
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Generacionalmente se puede decir que Cassady llevó el fuego, Kerouac fue la gasolina y Ginsberg el místico que salió de sí hacia la humanidad de su tiempo. Él fue testigo y sobreviviente de esos días. Una bisagra entre su generación, el jipismo y más allá. Encarnó su mística fuera de la literatura. Se le desbordó. La pudo palpar, vivir, compartir, y, quizá, después de todo, eso, de alguna manera, lo salvó de las vías del tren ─que fueron la última estación de Cassady─ de la tentación perenne del alcohol, y de optar, al final, por la orilla del camino, como le sucedió a Kerouac.
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Podría pensar que los retratos más fieles de Neal Cassady y de Jack Kerouac que han llegado hasta nosotros fueron esbozados por Carolyn Cassady, una de las esposas de Neal, y amante de Kerouac, en su libro titulado Fuera de la carretera. Un pesado telón que separa a los personajes que conocemos por los libros, de las personas que ambos fueron. Inconstantes, contradictorias, incapaces, hasta cierto punto, de surcar la realidad con la misma gracia con la que surcaban la ficción. Dos hombres a los que su entorno les exigió que estuvieran a la altura de sus personajes, un esfuerzo vital que finalmente los llevó a combatir la vulnerabilidad con la autodestrucción.
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Pero volvamos al inicio. Neal Cassady nació en febrero de 1926; Allen Ginsberg nació unos meses después, el 3 de junio de ese mismo año. Se conocieron en la Universidad de Columbia, Nueva York. Un lugar alrededor del cual pululaban también Burroughs y Kerouac. Era 1945. Se puede decir que allí nacieron, en realidad, los escritores que conmemoramos hoy. Ambos tenían, entonces, 19 años.
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Durante muchos años pasó escondida, entre los archivos de William Burroughs, una novela en la que se narra el año previo al encuentro con Ginsberg en la Universidad de Columbia. Ese año que iba a marcar, de alguna manera, el inicio de la Generación Beat. Se trata de un libro a dos voces, escrito entre Burroughs y Kerouac, titulado Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, y que ficcionaliza el asesinato de David Kammerer en manos de Lucien Carr. Un hecho que escandalizó a Columbia, provocó la huida de Burroughs, y apresuró el matrimonio de Kerouac, con su primera esposa, para que la familia de ella pagara la fianza que le permitiera salir de prisión.
El libro, que fue escrito en 1945, salió finalmente a la luz, a principios de los 2000, cuando Lucien Carr ya había muerto. Y llega hasta nosotros como una crónica de bares, mujeres, desempleo y deseo de movimiento. Con un joven Jack Kerouac, que vivía con planes de embarcarse hacia Europa como marinero y desertar al llegar, y un William Burroughs que trabajaba en una agencia de detectives privados.
Hay en la historia de Carr y Kammerer un dejo del idilio francés entre Rimbaud y Verlaine, sin disparo a la mano, pero con apuñalamiento final. Hay en el testigo, Kerouac, una leve visión del destino que lo marcaría en los siguientes veinte años: la escritura, el alcoholismo, el matrimonio por interés, la evasión de la realidad en cualquier camino, y el deseo de embarcarse, navegar, que luego se concretaría en las travesías junto a Cassady a lo largo y ancho de Estados Unidos y de México más allá. Hay, finalmente, en Burroughs, una visión inquietante del consejo que le da a Carr para adaptar una versión del asesinato que le permitiera ser detenido solo durante dos años, una que hace pensar en el asesinato en el que el mismo Burroughs se vio involucrado posteriormente en México. Semillas todas, que es posible ir localizando en todos los orígenes.
La versión cinematográfica de este inicio, de esta historia, se puede ver en Youtube: Kill your darlings (https://youtu.be/4zKNhSvgdZ4?si=otH2SBYjy4n56qbW).
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La verdadera fascinación que me provocó el Aullido de Allen Ginsberg se dio en el momento en que escuché el largo poema desde su voz.
Años más tarde, en 2010, aparecería una versión cinematográfica alrededor del poema y de sus circunstancias en una película titulada Howl, actuada y producida por James Franco, un actor y cineasta que se lanzó arriesgadamente a llevar la literatura al cine, como en el caso de la producción de Mientras agonizo y de El ruido y la furia, ambas de William Faulkner, y la que plantea un acercamiento al poeta Hart Crane.
En Howl, Franco mezcla historia, poesía y animación en un hermoso homenaje.
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Ginsberg enfrentó a la justicia en varias ocasiones. En 1957, por un cargo de obscenidad, luego de que el también poeta Lawrence Ferlinghetti publicara Aullido bajo el sello de City Lights. Diez años después, fue arrestado por bloquear la entrada del Centro de Inducción de las Fuerzas armadas en protesta contra la guerra. Y, en 1969, llegó a juicio por la conspiración antiguerra en Chicago. En su defensa, dicen que cantó Om frente al juez y al jurado. Así nos dejó la imagen del Estado condenando la obscenidad de la poesía, y la de un poeta condenando la obscenidad de la guerra.
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Google Maps hace una lista con el nombre de las estaciones de metro que se deben dejar pasar antes de emerger para llegar a la 170 East Second Street en el East Village de Manhattan. Allí se encuentra un edificio pequeño en el que una placa roja indica que, de agosto del 58 a marzo del 61, Ginsberg vivió allí, junto a Peter Orlovski. Fue en el apartamento número 16, en donde escribió Kaddish, el otro cántico, ese por el que transcurre la visión de una madre enloquecida y encerrada en una institución. Su declive, las visitas del poeta niño aún, su propio encierro posterior, el cuidado y la muerte. Un relato poético que se presenta como una oración mortuoria.
Soy peregrina. Lo he sido siempre. Cuando dejo de ser eremita, el mundo allá afuera me lo trazan quienes me han acompañado en los encierros. Escritores, artistas, libros, gente que no existe, gente que sí existió, pero que ya no está. Así terminé, hace algunos años, caminando hasta ese lugar.
El peregrino busca y anda, ese es su objetivo. El peregrino encuentra, pero nadie le ha dicho, nada le ha dicho, qué se hace con lo encontrado. Está allí, de pie, frente al lugar de su hallazgo, con la certeza de que detrás de lo que ve, todo es sueño, distancia. Y es en esa quietud en la que intenta acercarse a ese momento. Por eso, aun encontrando, el peregrino parece perdido. Necesita tiempo, silencio, pero su cabeza está llena de ruido. Observa. Quisiera verlo todo, retenerlo todo, asegurarse de que es real.
Es una persona sospechosa, todo peregrino, mientras mira inmóvil, de frente, un espacio en el que, a simple vista, no hay nada. Mientras imagina a los que caminaron por esa misma calle, a los que entraron y salieron por esa puerta, al poeta escribiendo en medio del delirio, sin alzar la vista por cualquiera de esas ventanas por las que, en ese momento, como entonces, también entraba el sol. Ese es el lugar, el peregrino llegó, está allí. La escena, el encuentro, es un lapso en el que irrumpen los fantasmas.
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De la poesía al mantra y de allí a la música. Allen Ginsberg no solo exploró el ímpetu de una estética que partió de lo personal, sino que, pronto, su ejercicio espiritual lo llevó también a la exploración del colectivo y, con ello, a la visión crítica de su tiempo. Ya en la década de los 90, durante los últimos años de su vida, apareció La balada de los esqueletos, una serie de cuartetos en los que se enfrentan diversos sectores poderosos de la sociedad alrededor de temas coyunturales. La economía, la guerra, los derechos civiles, el Estado, todos representados por calaveras, que parecen simbolizar que, en medio de las posiciones encontradas y los títulos que las sustentan, aquellos que las representan comparten rasgos y estructura, son iguales.
El poema fue representado durante una lectura en el Royal Albert Hall en Londres, junto a Paul McCarthy, a quien posteriormente se unió Philip Glass en la producción musicalizada de su lectura. A Ginsberg le quedaba un año de vida.
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Ginsberg mantuvo una relación constante con el medio artístico de su tiempo. De estas producciones musicales de mediados de los noventa, se puede retroceder a la década del 70 y verlo junto a músicos como Bob Dylan y Joan Baez, en la gira del Rolling Thunder Revue, a lo largo de varios estados del noreste norteamericano, llevando música, poesía y un mensaje en favor de la libertad del boxeador Hurricane Carter, encarcelado injustamente. Y podemos ir aún más hacia atrás, y verlo, junto a Gregory Corso y Peter Orlovski, a finales de los 50, en las experiencias audiovisuales del fotógrafo y cineasta Robert Frank ─quien hablaba el mismo idioma estético─ en el corto narrado por Kerouac, que se llamó Pull my daisy.
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En sus Cuadernos de los sesenta, el artista lituano, Jonas Mekas, esboza una crónica que narra su despedida de Allen Ginsberg, dos días antes de que le avisaran que había muerto. El poeta le dio, por teléfono, la noticia que había recibido de los médicos. Y, sin sobresalto, ambos parecieron aceptar el destino que se avecinaba en tres meses, según le habían dicho, y que tuvo su desenlace un par de días después de esa plática, según lo decidió la vida.
Mekas estuvo allí, con el pequeño grupo que acompañó a Ginsberg, mientras unos monjes decidían el momento en que el alma del poeta finalmente se había marchado. Allí estaba Peter Orlovski, su pareja de muchos años, Patti Smith ─a quien, muchos años atrás, Ginsberg había invitado a salir, tras confundirla con un chico─; Anne Waldman una lúcida poeta e intelectual ─fundadora del Poetry Project en la Iglesia de St. Mark, así como de una escuela poética que llevó el nombre de Jack Kerouac en el Naropa Institute en Colorado─ y un par de artistas más que se escapan de mi conocimiento. Entre todos ellos, Mekas pareciera caminar tratando de no hacer ruido, de no importunar ese silencio que se presiente en medio de los cánticos monásticos del ritual del adiós.
De ese día de abril de 1997, queda la fotografía de un poeta sobre una cama pequeña, cubierto por una sábana, como si durmiera. Y la imagen de Mekas, mirando cómo Orlovski se queda solo tras la salida del carro funerario, buscando una llave para entrar de vuelta a un espacio en donde empieza a crecer una ausencia.
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Hoy la literatura recuerda a Allen Ginsberg y su espíritu de libertad. Su defensa de la humanidad, su relación con la divinidad y su paso indeleble por el arte de la segunda mitad del siglo XX. Hoy se conmemora una temporada vital y artística en la que caminó junto a muchos artistas, y más de cerca, junto a Jack Kerouac y Neal Cassady. Ambos, escritores desbordados, personajes fascinantes, que vivieron con el acelerador a fondo, el real y el figurado, y le apostaron a ser inmortales sin llegar a los 50 años. Ellos, junto a otros tantos, conforman uno de los episodios de la literatura, cuyos protagonistas forjaron su propia leyenda.

VANIA VARGAS (Guatemala). Poeta, narradora, editora y periodista cultural independiente. Autora de los libros de poesía Cuentos infantiles, Quizá ese día tampoco sea hoy, Los habitantes del aire, y Señas particulares y cicatrices. Libros de los cuales han salido algunas selecciones publicadas en Chiapas, México; Puerto Rico y Montevideo, Uruguay, así como la reunión de poemarios bajo el título Relatos verticales. En narrativa ha publicado Después del fin y Cuarenta noches. Es, además, coordinadora de los libros de ensayo Nuevo Signo: siete poetas para nombrar un país; y Luz: trayecto y estruendo -una aproximación colectiva al legado literario de Luz Méndez de la Vega. Ha sido invitada a las ferias del libro del Zócalo, Panamá y Guadalajara, así como a los departamentos de Español de la Universidad de Stanford, en San Francisco, California, y la Universidad de Copenhague, donde compartió su trabajo. Fue parte de los Festivales Internacionales de Poesía de Granada, Nicaragua; Quetzaltenango, el latinoamericano de poesía, Ciudad de Nueva York; Medellín, y Leiria, Portugal.
