Eunice andaba en el sueño con zapatos de vigilia

¿De qué manera podemos celebrar a Eunice Odio «sin caer en estereotipos minimizadores» ?, pegunta la académica Tania Pleitez Vela al analizar, a partir del epistolario de Eunice, las huellas auto referenciales de la poeta que configuran su personalidad y su identidad autorial

Tania Pleitez Vela | Poeta y académica

A menudo me pregunto por la niña Eunice. Hasta ahora no he visto ni una fotografía de ella siendo niña, en esos años cuando aún no se podía imaginar su destino de poeta. ¿Cómo sería su sonrisa, su mirada, su gesto ante una cámara fotográfica? Sin embargo, sí existen imágenes verbales de su niñez, perfiladas por ella misma en sus cartas y en su poesía. Sus bosquejos de infancia transmiten una tierna y dulce melancolía, en contraste con otros escritos que muestran a una mujer sumergida en la más absoluta soledad, marcada por la pobreza económica.

La infancia es uno de los tópicos literarios más recurrentes donde el tiempo y la memoria son abordados como una especie de pantalla sobre la que los adultos proyectan, a la vez, otros tópicos: la etapa mágica de la niñez, la pérdida de la inocencia, el paraíso perdido por la imposición de las reglas, etc. Siguiendo a Deleuze y Guattari, aquella frase “devenir-infante” es la potencia y la instancia que permite a los adultos tanto imaginar, como vivir alternativas para el presente. Así, son capturados en un bloque de infancia cuya narrativa segrega nostalgia, anhelo, e incluso puede dejar sabor de utopía.

En una carta a Juan Liscano, la costarricense narra cuando fue enviada a la casa de unos parientes en la montaña después de sufrir un sarampión: “…me lanzaba al agua negra y profunda. Me estaba en el agua una hora o poco más. Después salía, me vestía y me quedaba unas dos, tres horas, andando por ahí, entre los árboles prodigiosos, de cientos de años, gigantescos, protectores, carnales, espirituales, insólitos, cargados de frutos, de plantas trepadoras (sobre todo orquídeas extrañísimas) y de ruidos de insectos y pájaros. Cuando me cansaba, me ponía muy quietecita […] a escuchar el ruido de la montaña: […] ¡Qué inolvidable! Y la gran frescura, húmeda y palpitante, mojando los nervios y el corazón de una niñita”. Cuando se destaca la sensibilidad de esa niña, ¿acaso no se trasluce a la poeta que llegará a ser? Sin embargo, en realidad no escuchamos la voz de la niña, sino de la adulta que rememora mientras navega en ese bloque de infancia.

Excusiones de libertad

Ese devenir-niña también había aparecido antes, en el poema “Recuerdo de mi infancia privada” (Zona en territorio del alba, 1953) que hace alusión a una niña y su madre, las cuales aparecen como cómplices y únicas habitantes en ese espacio. Pero subyace un conflicto: la madre, ciñéndose a la lucha diaria a pesar de su “escombro de paloma”, se vuelca hacia la niña en un afán por retenerla: “me buscaba / entre los habitantes de ese abril”; mientras que la niña, con sus “beligerancias infantiles”, corre en dirección opuesta: “y yo corría, / corría, / con mis piernas de niña / para ser hallada / con la voz / en la tarde”. Así, se plasma la necesidad de mundo de la niña, en contraste con el brazo protector de la madre.

Al respecto, la costarricense relata en su epistolario sus “excursiones de libertad”: fugas de casa cuando tiene entre siete y ocho años de edad. Las primeras veces, la madre la zurra y la interroga, pero finalmente termina por aceptar las fugas de su hija: “Cuando volvía a casa, se limitaba a darme de comer y a mirarme, mirarme largamente, tal vez tratando de penetrar en mí, que me había convertido en enigma. ¡Había ganado la guerra!”. ¿Por qué una niña tan pequeña sale a explorar la calle? Según Eunice Odio, le había tomado “un gusto fantástico al asunto de la libertad y la soledad al aire libre” Y más adelante agrega: “En realidad no hacía nada; no iba a ningún sitio determinado. Sencillamente vagaba por la ciudad –de punta a punta–, durante todo el día; y me entretenía con las mil cosas que no entretienen a nadie más que a los niños. Esas cosas que, en la niñez, nos dejan materialmente embobados y transfigurados; y que los adultos –que somos unos seres vulgares– encontramos insulsas”. 

De forma solapada, pero no por eso menos brillante, en este episodio de la infancia se asoma una huella autorial: al justificar cómo la niña vagabundea por la calle, ¿acaso la poeta no se está representando como una niña flâneur, esa figura que se suele pensar en masculino y que representa al hombre parisino, paseante, vagabundo y callejero, asociada a Baudelaire, figura que Walter Benjamín estudió con gran interés? ¿No es quizá una forma velada de colocarse con propiedad como exploradora urbana de la modernidad y, además, señalando que es algo “innato”, que no puede evitar, siendo la prueba que lo hizo desde niña? Varios estudios académicos como el de Rebecca Solnit o Dreyer y McDowall demuestran lo poco que se ha hablado de la mujer caminante o paseante en los textos clásicos. Pero ahí llega Eunice Odio con su relato de infancia a descentrar y desequilibrar ese arquetipo citadino, eurocéntrico y concebido desde un imaginario masculino y adultocéntrico. Alfonsina Storni también fue una paseante, pero ella elabora su imaginario de la ciudad a partir de su llegada a Buenos Aires a los 19 años. Lo interesante de Eunice Odio es que precisamente lo haga a partir de una anécdota infantil. Siendo adulta, ese afán por explorar el mundo la llevarán por Centroamérica, Cuba, Estados Unidos y México.

La vieja de los cueros

Eunice Odio afirma que su madre era “modestamente” inteligente y que fue por eso que le brindó su primera imagen poética: “La vieja de los cueros”, una mujer que vivía en el cielo y hacía restallar un gato con siete colas provocando un ruido de los diablos, que en realidad no era otra cosa que los sonidos de los rayos y los truenos. La niña se regocijaba imaginando a la vieja de los cueros y era en esos momentos que madre e hija quedaban cobijadas por la complicidad. La niña dejó de escaparse de casa cuando empezó la escuela y descubrió el maravilloso mundo de los libros: “… se me abrió un mundo nuevo que me transformó total y radicalmente. Se acabaron las fugas, las perradas, la movilización permanente. En unos días me volví quieta, juiciosa.  […] Mi juego y mi placer consistían en leer todos los cuentos para niños que existen. Leía sin parar…”. Indirectamente, la poeta establece una genealogía con sor Juana Inés de la Cruz, quien también perfila la figura de la niña lectora en su célebre carta autobiográfica.

La rememoración de la infancia de Eunice Odio encarna tres figuras vinculadas a su autoría: la subjetividad que desde temprano transgrede las reglas y se otorga la libertad de observar, explorar y transitar el espacio público; la escritora que desde pequeña se entrega a la lectura; y la poeta para quien es vital la imaginación concebida como alimento cotidiano para los afectos relacionales y no solo como un ejercicio exclusivamente intelectual. Así, ese devenir-niña le sirve a Eunice Odio para narrarse como modernidad y transgresión temprana, rasgo de su autoría que ella sabrá convertir en oficio literario.

A contrapelo

Eunice Odio fue viajera, moderna, adelantada a su tiempo, transgresora, de vanguardia, la punta de la lanza, en vida y obra. A menudo, las mujeres de las vanguardias poéticas latinoamericanas han permanecido inexistentes y olvidadas. George Yúdice, al constatarlo, enfatiza que “la crítica literaria suponía que la mujer poco tenía que ver con la ruptura”. En ese sentido, es siempre relevante destacar el lugar que ocupan las autoras viajeras y vanguardistas del istmo centroamericano en el contexto latinoamericano; y en particular, al lugar de Eunice Odio, sagaz intérprete del mundo y de su tiempo.

No son pocos los relatos que se refieren a la autoría descalificada de Eunice Odio en correlación con la bohemia, el malditismo, la rebeldía y la marginalidad. Una tarea importante para tejer una memoria que desestabilice ese malditismo y reelabore una autoría más compleja en torno a Eunice Odio, sería historizar esa imagen construida.

Al lado de esa imagen fabricada por otros, también resulta necesario profundizar en la auto-imagen de Eunice Odio, o sea, su autorrepresentación. En “Declinaciones del monólogo” (1946), el yo lírico de la poeta nos dice que “estoy sola, muy sola, entre mi cintura y mi vestido, sola entre mi voz entera”. Sin embargo, anuncia que no quiere que la llame nadie, porque “no quepo en la voz de nadie”. Con el “tacto de un minero”, desciende a la “raíz complacida” de su sombra, a su “corazón de piedra en flor”. Es en ese espacio, de profunda intimidad o reflexión encarnada, que enfatiza: “me calzo mis arterias y mi voz”. Al unísono: cuerpo y discurso; pathos y logos; emoción y lucidez. Lo inteligible habita el universo afectivo y viceversa. Al mismo tiempo, el presente indicativo del verbo calzar alude a la idea de caminar: subjetividad en movimiento, contraria a lo monolítico, lo inamovible.

La escritora “entra en escena” y ahonda en la imagen desde dentro a partir de su correspondencia a Juan Liscano, Rodolfo Zanabria, Claudia Lars, Alfonso Chase, Ítalo López Vallecillos, entre otros. En sus cartas de los últimos años se identifican complejidades, contradicciones, precariedad económica, encierro y soledad; contrastan con las de aquellos años atravesados por la chispa viajera y la intensa producción literaria e intelectual. En todas las etapas se intuye una necesidad por cincelar su autoría frente al relato de sus colegas, y es así como en innumerables ocasiones la costarricense destaca la robusta lucidez presente en su escritura. Insiste en que es su obra, y no su vida, la que habla por ella; su obra es la prueba convincente de que tiene un “intelecto activo” y un corazón devoto a la humanidad. “Detesto las biografías. No solo no me gusta, sino que hasta me hace sufrir, ver mi intimidad en letras de molde. Los asuntos de mi vida privada son privadísimos y, por lo general, no los sabe nadie, excepto yo”, le dice a Liscano. Sin embargo, mediante estos textos autobiográficos, parte de su intimidad sí quedó escrita y por su propia mano. ¿Serían sus epistolarios una forma de diseccionarse, de ver su propio reflejo, una especie de diario íntimo, pero con remitente y destinatario? Mejor aún, ¿no habría sido ella misma la destinataria indirecta de sus cartas? A partir de estas premisas, se observa cómo Eunice Infante (la hija nacida fuera del matrimonio) narra e “inventa” a Eunice Odio (la que se configura después de la muerte de la madre, cuando su padre la reconoce como hija y le hereda el apelllido).

En sus cartas aparece la mujer que se afana por perfilar su singularidad, su “propiedad de distinguirse”: mujer inteligente de ascendencia europea atrapada en sociedades provincianas, las del “Istmo Infortunado”, como llama a la región centroamericana. Si bien hay cierta fascinación por lo europeo, también vemos cómo se rebela ante las expectativas de la familia Odio, según ella estirada y con posición social.

La “invención” del yo no aparece en todas las cartas. En otras destaca una mujer empática y generosa que se preocupa por sus amigos y amigas que viven en la miseria económica. Por ejemplo, le pide ayuda a uno de sus amigos para solventar la desesperada situación de la filósofa española María Zambrano y su hermana Araceli, exiliadas en Cuba, por quienes Eunice Odio llegó a profesar un gran afecto y admiración. Este relato desdibuja a la mujer agresiva y mordaz descrita en el relato patriarcal. Asimismo, en sus cartas hay varias referencias al abandono y desprecio que sufren los poetas, algo que se relaciona con lo planteado en su libro El tránsito de fuego.

En uno de los epígrafes al poema “Si pudiera abrir mi gruesa flor” (1946) se lee: “Eunice andaba en el sueño con zapatos de vigilia, ¡ay, Eunice, por tus pies te van a negar el día!”. Y luego firma: “e.o.” En un juego autoficcional, que trasluce su fascinación por la textura del sueño —elemento que incorporó a su poética—, la costarricense se retrata, además, como mujer en vela, despierta mientras todos duermen, y alude nuevamente al campo semántico del caminar: los zapatos, los pies. Posiblemente sea una alegoría de ese pensamiento “caminante”: alerta, nunca desligado de lo concreto. De ahí que sus escritos sobre arte, metafísica y política estén articulados por estrategias retóricas de razonamiento lógico. Quizá por su incansable y continua indagación del mundo, de lo humano y de sí misma —mujer que disputa el rol convencional—, exclama que el día le será negado.

A partir de su final trágico —después de haber vivido sus últimos diez años en la miseria económica y siendo para algunos objeto de burla—, se marca el principio de la reelaboración de un mito llamado Eunice Odio. Legitimada por las “reglas del arte”, Eunice Odio se ha convertido en autora canonizada en ciertos círculos académicos y campos literarios. Sin embargo, de alguna forma sigue siendo una desconocida en tanto que persiste el mito, los relatos legendarios, a menudo marcados por códigos patriarcales o exotizantes. ¿Repetimos el mito de la “autora excepcional” cuando fue la misma Eunice Odio quien validó y  escribió sobre otras mujeres escritoras y artistas de su tiempo? ¿De qué manera podemos celebrarla sin caer en estereotipos minorizadores? ¿El ensalzamiento post mortem opaca, disminuye, su escritura a contrapelo?

La adulta que deviene niña; la mujer que se calza sus arterias y su voz; la caminante a la que se le niega el día. Mediante estos autorretratos, Eunice Odio nos sigue interrogando.

Este ensayo reúne dos textos que fueron actualizados; las versiones originales aparecieron por primera vez en La Nación (12 de octubre de 2019 y 15 de mayo de 2024).


Tania Pleitez Vela es profesora de literaturas latinoamericanas en la Università degli Studi di Milano. Autora de la biografía Alfonsina Storni. Mi casa es el mar (Madrid, Espasa-Calpe, 2003) y dos monografías: Sólo tú noche. Apuntes sobre la autoría de María Eugenia Vaz Ferreira (San Salvador/Barcelona: Editorial Ojo de Cuervo/Cos i Textualitat-Universitat Autònoma de Barcelona, 2023) y Literatura. Análisis de situación de la expresión artística en El Salvador (San Salvador, Fundación AccesArte, 2012). Participó en la compilación de la tetralogía La vida escrita por las mujeres (Barcelona, Círculo de Lectores, 2003; Lumen, 2004). Coeditora de Teatro bajo mi piel. Poesía salvadoreña contemporánea (San Salvador, Editorial Kalina, 2014), Puntos de fuga. Prosa salvadoreña contemporánea (San Salvador, Editorial Kalina, 2017), Más allá del estrecho dudoso. Intercambios y miradas sobre Centroamérica (Granada, Valparaíso 2018) y De una América a otra. Lecturas angloamericanas de escritores hispanoamericanos. Hacia una escritura transnacional (Madrid, Verbum, 2026). Ha publicado los libros de poesía Nostalgia del presente (San Salvador, Índole, 2014), Preguerra (San Salvador, Kalina, 2017) y Semillas desterradas (Barcelona, Ediciones Sin Fin, 2022). Reeditó El tránsito de fuego de Eunice Odio (Barcelona, Ediciones Sin Fin, 2019). 

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