Aunque es primordial para la identidad y el desarrollo, la cultura no figura como un ODS específico. Esta omisión limita su reconocimiento en políticas públicas. El caso salvadoreño evidencia los vacíos en medición, datos y gestión cultural
Claudia Meyer / Investigadora, docente y poeta
En 2015, la comunidad internacional adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hoja de ruta para alcanzar un futuro más justo, equitativo y sostenible. Este conjunto de metas interconectadas aborda ámbitos tan amplios como la educación, la igualdad de género, el acceso a agua potable, el combate al cambio climático o la erradicación de la pobreza. Sin embargo, dentro de estos diecisiete objetivos, la cultura no figura como una meta específica. Esta omisión, aunque justificada como una condición transversal, limita la comprensión integral del desarrollo humano y presenta obstáculos evidentes para países como El Salvador.
La cultura ha sido reconocida por diversos organismos internacionales como un componente primordial para fomentar la cohesión social, preservar la memoria colectiva y fortalecer la resiliencia comunitaria. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) la ha definido como aquello que configura la identidad y constituye la esencia del ser humano. En consecuencia, no puede reducirse a lo artístico o folclórico, ya que permea la vida cotidiana, las relaciones sociales y los imaginarios colectivos (UNESCO, s.f.).
No obstante, la falta de consenso sobre qué se entiende por cultura ha dificultado históricamente su inclusión en las políticas de desarrollo. Como lo plantea Araiza et al. (2020), la cultura es un concepto complejo, multifacético y en constante transformación, lo que impide una definición unívoca y restringe su traducción a indicadores medibles. Esta indefinición tiene implicaciones tanto teóricas como prácticas, al condicionar el diseño de políticas públicas y limitar los mecanismos de evaluación de impacto.
Las perspectivas económicas más recientes han buscado resaltar el valor productivo de la cultura. Bajo el concepto de economía creativa, sectores como el diseño, la música, el audiovisual o la publicidad se han incorporado a las cadenas de valor y a los mercados globales. Benavente y Grazzi (2017) definen esta economía como el conjunto de actividades donde las ideas se transforman en bienes y servicios culturales protegidos por derechos de propiedad intelectual. Esta mirada ha permitido a instancias como la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) promover metodologías que faciliten su cuantificación, como las cuentas satélite de cultura.
Estas herramientas, como el Marco de Estadísticas Culturales (MEC) de la UNESCO o los Indicadores de Cultura para el Desarrollo, tienen como propósito facilitar la producción de datos comparables a nivel internacional. Su uso permite visualizar con mayor precisión el impacto económico de los sectores culturales, su contribución al empleo, su articulación con otros sectores productivos y su capacidad de innovación. Sin embargo, su implementación ha sido desigual en la región y en países como El Salvador sigue siendo una asignatura pendiente (UNESCO, 2020).
En El Salvador, las iniciativas para integrar la cultura en políticas públicas han sido intermitentes. La formulación de una política cultural en 2014, el diseño de mapeos, diagnósticos de consumo y la intención de implementar una cuenta satélite de cultura constituyen esfuerzos fragmentados, muchas veces inconclusos. Estas acciones revelan una preocupante falta de continuidad institucional y una ausencia reiterada de datos oficiales. Esta discontinuidad impide la consolidación de una política cultural de Estado y debilita la capacidad del país para insertar la cultura como parte integral de su desarrollo.
El problema radica también en la forma en que se ha conceptualizado la cultura dentro de la Agenda 2030. Al asumirse como un eje transversal, no se le asignan indicadores propios ni se le dota de mecanismos específicos de financiamiento o implementación. Esto ha sido criticado por la Campaña Culture 2030 Goal, que propone la creación de un ODS 18 exclusivo para la cultura. Tal como argumentan sus promotores, sin una inclusión explícita, el sector cultural queda supeditado a otras prioridades y sin una plataforma institucional desde la cual exigir su reconocimiento (Campaña Culture2030Goal, 2022).
Además, Martinell (2020) identifica múltiples razones que explican esta exclusión. Entre ellas, destaca la resistencia de ciertos Estados a incorporar referencias culturales, la dificultad para traducir la diversidad cultural en propuestas consensuadas, la visión utilitarista de la cultura como herramienta para otros fines, y la escasa presencia de la UNESCO en espacios de toma de decisiones. También influye el hecho de que muchas prácticas culturales no se traducen directamente en crecimiento económico o productividad, por lo que son relegadas en contextos donde domina una lógica de medición cuantitativa.
Las consecuencias de esta debilidad estructural son tangibles. Durante la pandemia por COVID-19, el sector cultural fue uno de los más golpeados. Según datos recogidos por Agrupación Europea de Sociedades de Autores y Compositores (GESAC) retomados por Figuereo (2021), la economía cultural europea perdió un 31 % de sus ingresos, y en América Latina sectores como el patrimonio y las artes escénicas experimentaron contracciones de hasta 75 % y 44 % respectivamente.
Además, la débil articulación interinstitucional ha sido otro obstáculo significativo. A pesar de que el Ministerio de Cultura cuenta con competencias para recolectar estadísticas culturales, su participación en el Consejo Nacional para el Desarrollo Sostenible ha sido nula (CNDS, 2022). En la II Revisión Nacional Voluntaria de la Implementación de la Agenda 2030, no figura la cultura como componente (RREE, 2022). Esta omisión es doble: por parte de la arquitectura internacional de los ODS, y por parte del diseño interno de la política pública nacional.
La ausencia de datos se convierte entonces en un problema estratégico. Como señalan la OEI y la CEPAL (2021), uno de los principales aportes de la economía a la cultura es la provisión de evidencia empírica para fundamentar políticas públicas. Medir no implica reducir lo simbólico a cifras, sino generar insumos para planificar, defender derechos y optimizar recursos. Herramientas como el Marco de Estadísticas Culturales (MEC) o las cuentas satélite son fundamentales en ese proceso. Estas metodologías, si bien complejas, permiten establecer bases comparativas, identificar brechas, asignar recursos de manera más eficiente y evaluar políticas con mayor rigurosidad.
La cultura debe formar parte de las agendas nacionales de desarrollo no solo como componente identitario, sino también como agente económico y político. Para ello, se requieren políticas públicas sostenidas, presupuestos adecuados y marcos regulatorios claros. En este sentido, la experiencia comparada muestra que los países que han logrado articular sistemas culturales sólidos han partido de diagnósticos participativos, han implementado marcos normativos con enfoque de derechos y han desarrollado mecanismos de financiamiento diversificados.
El Salvador se encuentra en medio de avances dispersos, con diagnósticos sin continuidad y con un potencial aún no aprovechado. Superar esta situación requiere voluntad política, articulación interinstitucional y una visión estratégica que coloque a la cultura en el centro del desarrollo sostenible. Solo así será posible transitar de una lógica de eventos culturales puntuales hacia una política cultural estructural, participativa y orientada al largo plazo.
Nota: este texto es una versión adaptada y simplificada del artículo académico In medias res: Sobre la omisión de la cultura como Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) y su repercusión en El Salvador, publicado en la revista Realidad, No. 165, enero-junio de 2025, pp. 33–55, de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA). La publicación original puede consultarse en línea a través del siguiente enlace: https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/9000
Referencias
Araiza, V., Araiza, A. y Uriel, D. (2020). Cultura: un asunto de información y comunicación. Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, 36, (51), pp. 63-82. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=31662848003
Benavente, J. y Grazzi, M. (2017). Políticas públicas para la creatividad y la innovación: impulsando la economía naranja en América Latina y el Caribe. Banco Interamericano de Desarrollo.https://publications.iadb.org/es/publicacion/17293/politicas-publicas-para-la-creatividady-la-innovacion-impulsando-la-economia
Campaña Culture2030Goal (2022). Un Objetivo Cultura es esencial para nuestro futuro común. [Ponencia] Conferencia Mondiacult 2022 de la UNESCO. https://www.agenda21culture.net/es/abogacia/culture-2030-goal
Consejo Nacional para el Desarrollo Sostenible [CNDS]. (2022). Informe de la II Revisión Nacional Voluntaria del Proceso de Implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). CNDS. https://hlpf.un.org/sites/default/files/vnrs/2022/VNR%202022%20El%20Salvador%20Report_0.pdf
Figuereo, J. (2021, 30 de marzo). La Covid-19 ha herido de gravedad a la cultura iberoamericana. GN Diario. https://www.gndiario.com/iberoamerica-covid-cultura
Martinell, A. (coord.), (2020). Cultura y Desarrollo Sostenible. Aportaciones al debate sobre la dimensión cultural de la Agenda 2030. REDS. https://reds-sdsn.es/wp-content/uploads/2020/04/REDS_Cultura-y-desarrollo-sostenible-2020.pdf
Ministerio de Relaciones Exteriores [RREE]. (2022). Gobierno de El Salvador presenta en Naciones Unidas los avances de país en la implementación de los ODS. Ministerio de Relaciones Exteriores. https://rree.gob.sv/gobierno-de-el-salvador-presenta-en-naciones-unidas-losavances-de-pais-en-la-implementacion-de-los-ods/
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura [OEI] y Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL]. (2021). La contribución de la cultura al desarrollo económico en Iberoamérica. CEPAL. https://repositorio.cepal.org/handle/11362/47444
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO]. (2020). Indicadores cultura 2030. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000373570
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO]. (s.f.). La cultura, elemento central de los ODS. UNESCO. https://es.unesco.org/courier/apriljune-2017/cultura-elemento-central-ods

Claudia Meyer (El Salvador, 1980). Máster en Gestión Estratégica de la Comunicación y mercadóloga, además de Gran Maestre en Poesía (2011). Poeta, narradora y articulista con publicaciones nacionales y regionales. Autora de Estación del frío (2021; 2015) y participante en antologías como Jardín de sangre (2020), Mujeres al centro. Relatos y ficciones de mujeres centroamericanas (2019), Tierra breve. Antología centroamericana de mini ficción (2017) y La poesía del siglo XX en El Salvador (2012), entre otras publicaciones. Ha sido jurado en certámenes literarios como los Juegos Florales del Ministerio de Cultura de El Salvador (2015–2018) y el Premio Hispanoamericano de Poesía de la Alcaldía de San Salvador (2017, 2019). Publica en revistas como Disruptiva, FACTum, El Escarabajo y EsCultural, donde aborda temas relacionados con la cultura, la comunicación y el pensamiento crítico. Su producción académica versa sobre economía creativa, arte y cultura, desde la publicación de artículos científicos y ensayos, ponencias y conferencias presentadas en diversos foros especializados y espacios académicos de prestigio. A la fecha, labora como coordinadora de UFG Editores.
