«A los poemas se entra como si fueran una casa. Una casa con la luz apagada», escribe el reconocido poeta chileno Héctor Hernández Montecinos, quien nos comparte poesía en prosa de su libro «OIIII», una poética y una metapoética de las cosas, del universo y de las palabras
Héctor Hernández Montecinos / Poeta chileno
No. A los poemas se entra como si fueran una casa. Una casa con la luz apagada. Una casa desconocida pero no tan distinta a la que queremos olvidar para siempre. No hay luz o si la hay se la llevó el futuro. El mal tiempo que es siempre el sol. La geometría es pegajosa si nadie habla. Se impregna en los objetos como las canciones. Un hilo cae de la garganta como una tipografía. Se arrastra hasta los interruptores del mundo. Las personas gramaticales están ahí. Siempre lo estuvieron. Juegan a las escondidas con las mayúsculas, saltan los subrayados de allá para acá como si fuera la línea del horizonte. Hacen hora pero lo que quieren es fundar una destrucción. Eso es una casa.
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La ficción como ese universo donde no existe ni el bien ni la belleza ni la verdad ni la belleza. Un locus donde el tiempo y el espacio son sensaciones a flor de piel y donde cada piel es una flor. La poesía es un mito cuántico. El único relato de la humanidad que es la humanidad. El único que sobrevivió. Hay reglas en sentido contrario al reloj pero no hay reloj. No hay literatura. No hay vacío. No hay silencio. Una partícula puede estar en dos fiestas a la vez. A eso le decimos metáfora en cualquier karaoke de la galaxia.
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Una extraña flor. Se huelen los átomos de granito con los que será dibujada. Hunde sus raíces en la línea imaginaria que separa a la perspectiva de la música. Busca en el fondo del mar el fuego que necesita. Las palabras lo arruinan todo. Esa es su propia belleza. La alegría de esperar a que eso ocurra. El resto es arriba y abajo. Inventa algo quien se reinventa a sí mismo. No es el producto sino el proceso. Puntos que se conectan. Más distantes más poderosos son. Lo nuevo es renunciar a la luz. Un paracaidista decide devolverse. No hay avión. La flor es el poema.
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Hay salvajes. Hay tribus de salvajes en la civilización. Cavilan en la gravidez. Representan un papel que no escribieron. Huelen a leche de pájaros. Se pierden en la línea del horizonte con sus teléfonos y tienen prisa. No pueden cerrar los ojos. Se fuman un himno. Y más prisa tienen. Ven los poemas sobre los árboles aunque no ven los árboles. Han venido para irse. Las máquinas les dan tiempo libre. Un ratito de expansión inflacionaria. Es el desfalco, dicen. La poesía es cosa de otro mundo pero en este.
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La infancia no es la primavera de la vida sino el otoño de la pureza. El jardín se vuelve patio pues ha llegado el niño a colonizarlo. A reiterar el gesto fundacional de ponerle nombre a las cosas y señorear sobre ellas desde la muerte. ¿Qué es nombrar? Darle un acertijo a las cosas. Decirle piedra a la piedra y reventar con sus letras a las hormigas sobre la baldosa de mi patio como un pequeño dios que fui. Para el niño todo árbol es bosque y el bosque una gramática para nombrar el deseo y su miedo de ser arrojado de él.
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Mirar el pasado es mirarse a la muerte. Aunque no exista un pasado sino uno mismo mirándose en unas murallas con ojeras. Es la propiedad privada de la vida privada. Mientras más lejos más rápido llega la muerte. Su lúcido recuerdo de desaparecer, su trampón. Las piedras y los padres de las piedras. Hacia el futuro se mira en plural pues tarde o temprano todo renacerá en palabras. Los límites de la historia son los límites de la gramática: el tiempo de los tiempos verbales. El yo y el nosotros. En su imposibilidad de existir. En el duelo que significan bajo el sol. No hay humanos sino uno que los nombra a todos. No hay estaciones sino cambios de color. El color de la historia.
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Llueve en la sociedad moderna y recién ahí recuerda que es sociedad y que no es moderna. El público de la lluvia se deja torturar por la historia de la lluvia, por la imposibilidad de un diluvio sintagmático. El desastre de que se mojen las palabras cuando queríamos calentarnos con ellas. Susurran bajo los polímeros, brillan las calles y todo lo que exuda vapor morirá. El invierno le recuerda al mundo que una vez se congelaron los colores y que hablar era un modo de sobrevivir. Habitar y habitarse por el hálito de los perros de caza. Un recuerdo de estalactitas de palabras sobre el rostro mientras se espera la muerte. Eso es la memoria. Hablar para no morir otra vez.
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El poeta que fui habla para sí mismo. Le habla a los minutos que le regaló a las estrellas para que aún sigan ahí. No es su otoño sino la primavera de su nacimiento, su primera verdad apagándose. Lo íntimo de su voz son las arrugas de las vocales que se le escapan, de los cinco aires con que horadamos las piedras, las palabras, los cálculos en la garganta el cuerpo en un par de semanas. Todo cadáver es gramática. Su inmolación para decir que alguna vez se irá al mar. Alejarse, volver a sí. No se amorata el cuerpo agarrotado. Se hace uno con el cielo, con el atardecer, con la primera luz del mañana. Todas las estrellas son radiación. Todo lo que brilla se está despidiendo.
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Era un mundo maquinal y cavernario. Atiborrado de dispositivos con uñas, cerebros extraíbles y sistemas digestivos de la información. La telepatía se hace a pie pelado y la corteza es el tamaño de nuestro Universo. Era un mundo especializado en fabricar desechos. Sintetizar proteínas de otros. Información basura y el problema de la acumulación. Todo eructa en la memoria. Creemos recordar personas y hechos pero recordamos las palabras que inventamos en ese momento. Palabras que hemos elegido para nombrar lo que nunca existió. A todo lo que podemos acceder de lo que ya no está, lo que ya no es, está en el lenguaje. Es el recuerdo de las vidas, de muchas, de todas las muertes juntas antes de la destrucción. La escritura se pierde en la noche de la humanidad. No. La humanidad se pierde en la noche de la escritura. En la oscuridad de su intención, en lo siniestro de lo inscrito. Escribe quien ya no vivirá otro siglo y se delinea en versos lo que está a punto de desaparecer en prosa. Como si fuera un mapa de lo imaginario que fue esa realidad en otra realidad. Una literatura que sabe que desaparecerá junto con la época que la vio aparecer. El fin de la poesía en un mundo paralelo. Una muerte infinita. La nostalgia de una resurrección.

Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979). Poeta y ensayista. A los 19 años recibió el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos. A los 29, el Premio Pablo Neruda por su destacada trayectoria tanto en Chile como en el extranjero. Apareció en Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (2010) de Pre-Textos y El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) de Visor, entre otras. Su proyecto en poesía, Arquitectura de la Mentalidad, está conformado por La Divina Revelación (1999-2011), Debajo de la Lengua (2007-2009) y OIIII (2012-2019). Sus ensayos autobiográficos sobre el quehacer poético son Buenas noches luciérnagas (2017), Los nombres propios (2018) y Contra el amanecer (2025). Todos publicados por RIL editores en Chile y España. Es profesor de literatura en la Universidad Diego Portales.
