La tensión entre el poder, la dignidad y el amor configuran la trama de uno de los mejores filmes de todos los tiempos «The Apartment» (1960) conocida en Hispanoamérica como «Piso de Soltero», la comedia de drama romántico que comenta el escritor salvadoreño Antonio Teshcal
Antonio Teshcal | Poeta y narrador
El oficinista C.C. Baxter (Jack Lemmon) trabaja para una compañía aseguradora domiciliada en un rascacielos de Nueva York. Soltero, solitario y sin compromiso, presta su apartamento a cuatro de sus superiores para sus aventuras extramaritales. A cambio, ellos redactan buenos informes de su trabajo para que Baxter aspire a un ascenso. La situación es injusta, y aquí la primera muestra de abuso de poder. Baxter cumple bien su trabajo, además labora una a dos horas adicionales diariamente sin compensación. Esto debería bastar para notar su eficiencia, sin embargo, los informes dependen del antojo de sus superiores.
Y es que hay que recordar que, para el establishment, la meritocracia nunca ha sido la norma. A diario vemos como, en empresas e instituciones públicas o autónomas, el poder sirve para colocar inmerecidamente a personas en distintos puestos, subir salarios exorbitantemente solo por favoritismo, nepotismo, pago de favores o deudas políticas. Mientras que, a las personas que cumplen su trabajo sin malicia, no se les reconoce ni compensa. Inclusive se les entorpece o invisibiliza su desempeño y su derecho a desarrollarse y ascender. Lo peor es que estas conductas están costrosamente enraizadas al punto de considerarse normales, tanto que, si un jefe no ejerce el poder de manera utilitaria, deberá tolerar que lo vean con burla o desprecio, igual por superiores como por sus compañeros o subalternos. Pero ahí entra en juego la dignidad individual.
Entonces comprendemos que Baxter no puede luchar contra el sistema y su perversidad, y ha decidido plegarse de manera pasiva. Entonces, luego de casi cuatro años, finalmente es llamado por el jefe de recursos humano s, Jeff D. Sheldrake (Fred MacMurray). En esta breve charla primero lo amaga, después le hace entender que sabe el motivo de los buenos reportes de sus superiores, y finalmente le solicita la llave de su apartamento para su uso exclusivo. Aquí, nuevamente Baxter debe someterse al abuso de poder, ya que está en la dicotomía de ascender o ser despedido. Porque el poder en manos de un soberbio sirve para hacer su antojo, sin reparar en el daño que hace, ya sea descaradamente o cuasi maquillando sus caprichos de correctos.
Baxter ha logrado escalar un peldaño, muy alegre y seguro de sí, desea compartir su alegría. “Usted es el único que se quita el sombreo cuando entra al ascensor” le dice la señorita Kubelik (Shirley MacLaine), ascensorista. Esta sencilla frase nos revela que Baxter es un “buen hombre”, en contraste con la mayoría, pues la señorita Kubelik debe soportar ser invitada, viviendo acoso y hasta tocamientos. “Muchos chicos lo han intentado con todo tipo de tácticas, sin éxito. ¿Qué estará tratando de probar?” dice sobre ella uno de los superiores de Baxter, “tal vez que sea un linda y respetable chica” dice Baxter, “escúchenlo al pequeño puritano” le replican incrédulo. Solo porque ella no acepta ninguna invitación.
Entonces Baxter, que se ha fijado en la Señorita Kubelik, la invita al teatro. Ella le dice que irá después de verse con un amigo. Luego nos enteramos de que se trata del jefe de recursos humanos, Jeff, que tuvo una relación que él y éste desea que continue bajo los términos de escapadas solo para encuentros, para lo cual ha planeado la exclusividad del apartamento de Baxter.
Esto ilustra otra situación de poder. La señorita Kubelik ha cedido a Jeff en el pasado. El personaje es arquetípico: hombre de doble moral “felizmente casado” que se vale de su posición de poder para liarse con las subalternas, bajo el trillado discurso de ser infeliz y estar por divorciarse, lo cual no hace y le sirve para cortar y migrar a la siguiente relación. La señorita Kubelik está muy enganchado de él, y Jeff lo sabe.
La dignidad
Poder y dignidad es un binomio cuyo signo del producto, positivo o negativo, dependerá hasta dónde se es capaz de llegar. El poder es una bestia que empuja con tropel, la dignidad dirige o frena. Sin dignidad el que ejerce el poder acaba consumido por su arrogancia.
Para Baxter, el poder —adquisitivo porque ganará más, de privilegios porque los ejecutivos tienen beneficios adicionales— es la meta por la cual trabaja más tiempo del ordinario. No bastando esa “milla extra” (término utilitario para explotadores) debe recurrir a la complacencia extralaboral de sus superiores, poniendo a disposición su hogar y sus recursos, inclusive contra su propia salud, pues un día encontrándose febril, no logra disuadirlos de dejarlo descansar en su casa, y termina pasando la noche invernal en la banca de un parque. Los abusos sobrepasan el ámbito laboral, Baxter está perdiendo su dignidad, y sin dignidad ¿qué valor puede tener lo obtenido? Solo el recuerdo de lo que se ha renunciado, por deseo o codicia.
La señorita Kubelik dimite a su dignidad retomando su relación con Jeff, hombre casado que manda tarjetas de navidad con la foto de su familia. Este la lleva al apartamento de Baxter. Es nochebuena, y él le dice que ya debe irse para estar con su esposa e hijos. Ella le regala un disco con “su canción”, él le dice que no se lo puede llevar a su hogar, y que no le ha comprado nada. Saca cien dólares de su billetera, se los da y se marcha, mientas ella, sollozando, se siente humillada. La señorita Kubelik, deprimida, ingiere una cantidad tóxica de píldoras para dormir.
Baxter, que ya se ha enterado de a quien llevó su jefe a su departamento, sale a emborracharse para aplacar su dolor, pues ha desarrollado sentimientos de amor por la señorita Kubelik. Y sabe que no está en posición de encarar a su jefe por ello, tampoco reclamar a la señorita Kubelik. Facilitar semejante situación lo deprime, es un golpe a su dignidad.
El amor
Baxter encuentra a la señorita Kubelik profundamente dormida, encuentra el frasco de pastillas, y recurre a su vecino médico para sacarla de la crisis. Llama a su jefe y le cuenta, este le dice que se haga cargo y se desentiende. Ella se queda descansando un día más para recuperarse, y en ese breve cuidar y convivir Baxter reafirma sus sentimientos. Ella ni lo imagina, y solo piensa en cómo formalizar su relación con Jeff. “¿Por qué no me habré enamorado de un hombre bueno como usted?”, señala ella. “¿Qué?… Bien, es que… es que así pasan las cosas, todo al revés” le responde Baxter, que le parece irónico que ella prefiera las sobras de un hombre casado en lugar de la entereza que le ha demostrado un hombre soltero como él.
Cuando Baxter vuelve al trabajo se entera de que Jeff planea seguir viendo a la señorita Kubelik, y le pide nuevamente la llave del apartamento. Baxter se niega, Jeff lo intenta chantajear con despedirlo, Baxter, que piensa hacer valer su dignidad decide renunciar y se marcha.
Jeff se encuentra con la señorita Kubelik, le cuenta lo sucedido, y es entonces que ella, de manera súbita, comprende que Baxter la ama, y va en su búsqueda. Llega, escucha un ruido fuerte y seco. Recordando la anécdota que él le contara, que algún día quiso darse un tiro por desamor, tira la puerta para enterarse de que el ruido solo es el descorche de una botella.
La delicadeza del final es apropiada: él emocionado le confiesa su amor, y ella sin reparar ni sorprenderse empieza a repartir las cartas para un juego de bridge, sonríe. ¿Por qué es apropiada la escena?, porque lejos del frenesí, sostenido como telón en la película, donde los amantes se encuentran exclusivamente para saciar su erotismo, el cierre muestra una escena de cotidianidad familiar. Nada mejor para representar que el vínculo entre ellos es verdadero. Porque el amor real de pareja, si bien tiene el fulminante de la sensualidad, es el discreto y constante entusiasmo de lo cotidiano quien lo desarrolla y sostiene: charlas triviales, compartir la hora de la comida, el café, un par cervezas, cualquier chisme, reírse juntos de algo sin importancia, pasar tiempo juntos en silencio (pero también saber no convivir 24/7 para poder extrañarse), quedarse dormidos viendo una película, o como sucede en la película, jugar a las cartas.

Antonio Teshcal (Quezaltepeque, El Salvador, 1984). Se licenció como médico veterinario zootecnista en la Universidad de El Salvador. Se desempeñó como laboratorista en el área de microbiología durante algunos años. Es Profesor Universitario de química en su alma mater, ingresando mediante concurso por oposición. Ganador del primer lugar, en la rama de narrativa, del Certamen de Creación Artística “Arte Ibídem” (2004); Premio Único de Poesía en los XVIII Juegos Florales de Santa Ana (2009); primera mención de honor en el Primer Certamen de Poesía “Ítalo López Vallecillos” (2016); ganador del III Certamen de Literatura Infantil “Maura Echeverría” (2019), en el género de narrativa; y ganador del XII Certamen Literario Ipso Facto (2022), en el género de narrativa. Muestra de su obra poética y narrativa, artículos de opinión y reseñas, han aparecido en medios impresos y digitales, dentro y fuera del país. Ha publicado en poesía: Péndulo (2021), Invierno (2022), Sangre (2022), y Memorial bajo el cerezo (2022). En narrativa ha publicado: Empleados públicos (2009); y ha sido incluido en los libros de texto de primaria Crecer leyendo (2023), la antología Cuentos indispensables vol. 2 (2023), y Rey Gaditano (2024).
