En grado de tentativa

Le preguntamos al poeta costarricense, Sean Salas, qué estaba leyendo, y nos habló del poeta mexicano Francisco Hernández, entre otros libros y fantasmas

Sean Salas Escritor costarricense

Quizá soñé el comentario que ahora no logro encontrar: “Leer a Derek Walcott es como conversar con un profesor universitario en la barra de un bar”. Así quisiera hablar de mis lecturas actuales, como un aprendiz mejorado. En este caso, en la barra del bar La Bohemia, en San José. En esta ocasión pongo sobre la barra los dos tomos de En grado de tentativa, la poesía reunida del mexicano Francisco Hernández, el poeta contemporáneo que más admiro y releo.

—Y al que más imitas —dice el fantasma de Derek Walcott. Yo, “en flagrante delitro”, tomo con humor la observación y me uno a la risotada neblinosa de los otros fantasmas. Entre los cuales se encuentra el mejor poeta de mi generación, cuya presencia sigue siendo más fuerte que algunos poetas menores de carne y hueso. De él tengo buenos recuerdos, a pesar de que lo asocio con el poema Bajo cero:

En los pensamientos del suicida hay un vacío
que sólo se llena con temperaturas bajo cero.
Los pensamientos del suicida no son rápidos
ni brumosos: únicamente son fríos.

La mente no está en blanco: está congelada.
Aparece, con filo de navaja, una sensación de
tranquilidad que se presiente interminable.

Con el cerebro convertido en iceberg nada se
recuerda. Ni la piel más querida, ni el nombre
de los hijos, ni los abrasamientos de la poesía.

El suicida es la viva imagen de la soledad.
Nadie acude a ese trozo de hielo que una bala
cruza de polo a polo.

Aun en los trópicos, cuando alguien se suicida,
comienza tristemente a nevar.
(de En las pupilas del que regresa, 1990)

A Francisco Hernández lo imito como puedo, no como quisiera. Con su obra experimento aquella idea de Charles Simic “un poema es un secreto compartido por personas que nunca se han conocido”. Con sus alter egos comparto más de una obsesión: la identidad amoldada por máscaras, la imposibilidad de diferenciar entre memoria y ficción, los tiempos verbales que ya conocen sus papeles y rara vez se salen de personaje, y un largo etcétera de caminos en los que cada quien debe buscar su manera de perderse.


Además, como quería Eliot, desde el inicio de su larga trayectoria, Hernández ha huido de su personalidad, o mejor dicho, la ha resguardado en los disfraces más contrastantes entre sí, desde el reflejo de una mosca en un poema de Rubén Bonifaz Nuño hasta la sombra que sale a estirar las piernas con Roberto Juarroz, por ejemplo.

—¿Ha escrito él algo sobre caballos? —me pregunta el fantasma de Eunice Odio, a quien le comparto el poema Mi casa se cayó del caballo:

Mi casa se cayó del caballo, pero no se calló.
Se cayó de vieja, con sus llaves sin agua
y ratas originarias de otros derrumbes.
Su voz, hilo de madera,
voz escasa de mi casa,
habla de lo incierto con certeza,
secretea mensajes de tejas partidas,
señala sus ventanas sin cortinas ni cristales
y acepta su vida nueva sin paredes.
“Aquí naciste tú”, dice mi casa.
“Aquí murió tu padre: cáncer de páncreas.
¿Recuerdas al río de nombre náhuatl
llenándonos de lodo hasta el resuello?
Ahora ya no hay inundaciones ni palmeras,
seco respira el pozo y el patio
se utiliza como estacionamiento.
Me defenestró el tiempo, como dicen
que dicen los poetas.
Fui la casa de Usher por un ruidoso instante.
Las risas de tus hermanos y tus hijos
se han perdido y brotan sin fulgor
las buganvilias.”
Pintada de amarillo,
como desde hace cien años,
se cayó mi casa, pero no se calló.
Su voz continúa diciéndome al oído:
“Nunca volverás a vivir en una casa.
También tu porvenir se vino abajo”.
(de Odioso caballo, 2016)

Parafraseando a María Montero, lo único que me importa es que esta reseña no parezca una reseña. Por eso me siento más cómodo en esta especie de club de lectura paranormal, proyecto que me ronda la cabeza desde que leí el epígrafe que abre Imán para fantasmas: “Por un lado, es necesario señalar que no hace falta estar muerto para ser un fantasma. Y por otro, ¿no son acaso fantasmas los pocos lectores de poesía que existen?”

En cuanto a convertirme en fantasma, tengo más convicción que prisa. Como lector, no puedo quejarme de la primera mitad del 2026. Al fin logré quitarme el antojo de El más violento paraíso, de Alexánder Obando. El año de Chernóbil, de Angélica Murillo, superó mis expectativas. Y aunque aún no lo acabo, recomiendo La pasión según G. H, de Clarice Lispector.

Cuando me invitaron a contar qué estoy leyendo, viendo o escuchando actualmente, de inmediato pensé en los libros que nunca dejo quietos en mi librero: El libro del desasosiego del semi-heterónimo Bernardo Soares y también En grado de tentativa. Lo que me hizo caer en cuenta de que Francisco Hernández se sienta en la misma mesa con poetas como Blanca Varela, Gloria Gervitz o Eugenio Montejo; la mesa de los poetas que no desencantan a quien lea sus obras reunidas. Lo cual me parece es poco frecuente, la mayoría de poetas salen mejor parados si uno los aborda en una de sus antologías o en algún poemario específico.

No tiene sentido hablar mal de otras literaturas para hablar bien de Francisco Hernández. Él se toma en serio todas las maneras de jugar, nunca dice de esta estética no beberé. Al menos en mi caso, su predilección por las vitaminas connotativas de las palabras me estimula una búsqueda enfocada más en las preguntas que en las respuestas, característica habitual de la poesía que soporta muchas relecturas.

Esto lo escribo descaradamente movido por mi gusto personal, y aquí me detengo, antes de verme tentado a poner maquillaje objetivo a mi subjetividad.

Bar La Bohemia, San José, Agosto del 2026


Sean Salas. (Heredia, Costa Rica, 1997). Ganador del VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero, en Ecuador. Finalista del V Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel. Autor de los libros Alter Mundus (El Ángel Editor; 2021) y Ciudad Gótica (Nueva York Poetry Press; 2022). Su obra ha sido parcialmente traducida al italiano y al portugués.

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