«Álbum» fotográfico digital fútil

Relato de Camaleón

Él ya no era un jovencito —tenía 76 años—, sus padres y su esposa ya habían fallecido, y hermanos solo le quedaban dos. No le había contado a nadie de su propósito particular de preservar los recuerdos de su vida y linaje hasta donde fuera posible de dicha forma, pues quería darles una sorpresa a los familiares que le quedaban


Camaleón | Artista de ideas y colores


Un descendiente familiar se preocupó por, y se ocupó en, guardar de forma «segura» el legado fotográfico de sus parientes más cercanos: la familia de él y la de sus padres y hermanos. Tenían una colección bien cuidada de numerosas fotos antiguas y modernas en papel, de variados tamaños, a color y en blanco y negro, algunas en sepia. Él empezó a sentir cierta ansiedad por cómo preservarlas para que no se dañaran. «¿Y si se nos pierden o arruinan fotos tan valiosas y preciadas, que son las únicas que tenemos?» era la inquietud que mantenía en su fuero interno. Entonces, para apaciguarse de una vez por todas y no posponer más la acción, se le ocurrió hacer uso de la alta tecnología para asegurarse de que el legado fotográfico familiar quedara resguardado, si fuera posible, para la toda la posteridad, o sea el «conjunto de personas que vivirá después de cierto momento o de cierta persona». Por supuesto, añadiéndole las fotos que se fueran tomando. En los álbumes había fotografías de sus abuelos de jóvenes y de sus matrimonios y de sus respectivos sepelios, de sus padres en el día de su boda, del nacimiento y crecimiento de los hijos de sus hijos, incluido él —el que estaba afligido por la fragilidad de las fotos en papel—, y de sus hermanos aún solteros, y de los días de los sendos matrimonios de estos, y de algunos paseos que hicieron a diversos sitios. También conservaban instantáneas de los amigos de la vecindad y de cuando fueron alcanzando logros en sus estudios hasta graduarse de algo, todos. Eran cinco, dos hembras y tres varones. Guardaban los álbumes recuerdos estampados en papel de sus mascotas: uno que otro gato o perrito y además remembranzas de cuando estaban juntos y aprovechaban para posar en familia. Algún sobrino oprimía el disparador de la cámara. Salían todos a la hora de revelar el rollo: tíos, primos, cuñados. En realidad, en esa época «estaban para la foto», todos bonitos. Tenían guardadas fotografías de parientes y amigos lejanos, de sus novias y de sus pretendientes, según el caso, y hasta algunas en el ambiente de sus primeros trabajos. Hoy están casados, felices, y son muy responsables. 

Todo lo que tenían registrado por las cámaras a través del tiempo es casi interminable de listar. Eran cientos de fotos. Hasta de cuando eran infantes y aparecía alguno llorando en primer plano, tratando de salirse del grupo, o con un pollito en brazos o persiguiendo a la tortuga. En algunas fotos que se tomaron en el patio de la casa, que era sencilla, pues en esa época eran algo «desposeídos», casi siempre salía el servicio sanitario —«cien» le decían entonces, a saber por qué— como decoración de fondo, pues su puerta por casualidad estaba abierta. Había muchas fotos de momentos felices, pero también de desgracias, de entierros, o una de algún enfermo por allí aparecía, y de cosas que tenían, de cuando se trasladaron a San Salvador y habían progresado un poco: fotos de un carro pasado de moda, de dos bicicletas medio desteñidas y algo oxidadas, de la fachada de la casa, una serie de tomas dentro de un bus interurbano que viajaba al puerto de La Libertad, de la ida, de la estancia en la playa y del regreso, con un grupo de amigos. Algunos hechos religiosos fueron también preservados y de uno que otro festejo. La colección era tan extensa que muchas de las imágenes las tenían en pequeños sobres manila rotulados con viñetas así: «Nacimientos», «Bodas», «Graduaciones»…, cada uno fechado con mil novecientos tanto. Podía pasarse toda una mañana viéndola —a la colección— y trayendo a la memoria las emociones y las imborrables nostalgias, los recuerdos que las fotografías hacen volver al presente y que causan anhelos, a veces pena o alegrías, un poco velados por el tiempo, de sucesos que jamás se repetirán. 

Esto es lo que hizo el coleccionista de fotos familiares para no perder ninguna y para tranquilizar su ánimo. Compró un escáner. Se pasó mucho tiempo registrando cada foto con su respectivo nombre o con una breve descripción del momento «congelado» por la tecnología en su reverso. Algunas las renombró. Una vez escaneadas todas las imágenes, las guardó en una sola carpeta de Word: «Familia». Y también las guardó en una memoria de varios gigabytes. Pero creyó conveniente grabarlas también en una segunda memoria por aquello de los imprevistos de la tecnología computarizada. Todas las fotos las tenía también en su correo electrónico. Se las había autoenviado, y eso también lo apaciguaba. Y por si esto no fuera suficiente, todas las fotos las subió a la nube, aunque por su edad, y por no haberle interesado nunca la complicada tecnología de punta, no entendía a cabalidad cómo funcionaba. Solo suponía que las fotos «ahí» estaban con otra trillonaria cantidad de información virtual, y que en una indeseable emergencia solo era necesario dar un clic y ya está: todas las tomas fotográficas de su álbum familiar aparecerían como por encanto, saliendo de la gran nube. 

Él ya no era un jovencito —tenía 76 años—, sus padres y su esposa ya habían fallecido, y hermanos solo le quedaban dos. No le había contado a nadie de su propósito particular de preservar los recuerdos de su vida y linaje hasta donde fuera posible de dicha forma, pues quería darles una sorpresa a los familiares que le quedaban. Pero ¿qué pasó? En cierta oportunidad, él mandó que a su computadora le instalaran una memoria esclava (hasta en la tecnología hay esclavos). Y por un descuido del técnico se perdió toda la información original. Cómo pasó eso no lo pudo saber jamás, ni el técnico logró explicárselo. La memoria portátil original la perdió «sin gracia». Y la otra se le fue en el tragante del baño un día que se iba a lavar los dientes y la llevaba en la bolsa de la camisa, se le deslizó directo al agujero del lavamanos cuando se agachó para enjuagarse la boca con agua recogida en el cuenco formado con sus dos manos. Contrató a un fontanero para ver si era posible rescatar el dispositivo electrónico, pero el experto en desagües le mencionó que tendría que desmantelar el lavamanos y abrir un área del piso solo para ver si la cosa estaba retenida por allí. Le dijo al fontanero que mejor no. La frustración del coleccionista de fotos familiares se le empezaba a «echar de ver». Suspiró con un poco de tranquilidad y confianza porque sabía que todo el extenso trabajo de conservación, que tanto le había costado con el auxilio de la alta tecnología, tenía una última guarnición: la nube, donde estaban «hibernando» sus fotos, en la que los datos ni «viajan por el aire ni están en un lugar indeterminado en el cielo desde donde uno va y los obtiene. Más bien el término la nube es una metáfora que hace referencia a servidores, cables, conexiones, routers y más, que en realidad están en la tierra», esto según los expertos. Pero el mismo día siguiente anunciaron por los medios de comunicación tradicionales que había habido ciertos factores fuera de control que hicieron que la «bendita» nube fuera totalmente disuelta, así de simple, porque un virus descomunal la había hecho tronar. En realidad los que tronaron fueron los servidores de todo el mundo. Por eso los usuarios tendrían que —en el momento se les indicaría— empezar de cero a usar lo que llamaron de forma extravagante el Gran Metaverso, que venía siendo lo mismo que lo anterior solo que más grande. ¿Cómo se puso el amigo que quería preservar su legado fotográfico familiar para siempre?: cariacontecido. ¿Cómo sintió la cabeza y la boca del estómago?: ¡la primera le dio más vueltas que un trompo coyote y la segunda se le hizo un nudo ciego! ¿Qué hizo entonces? Nada… Y jamás pudo hacer nada. En aquella época él vivía en Nueva York muy cerca del World Trade Center —las «torres gemelas»—. El día siguiente del tronido de la nube sería 11 de septiembre de 2001. Todo se terminó. El holocausto se encargó de hacer desaparecer las fotos físicas de él y de medio mundo, y a él mismo, que con tanto anhelo, preocupación y primor había tratado de que la historia gráfica de su familia se mantuviera incólume en el devenir del tiempo en un «álbum» digital, porque murió junto con otros miles aquel día. Toda la inmensa colección fotográfica no quedó en ninguna memoria. 


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