Poemas de León Leiva Gallardo

Poemas de León Leiva Gallardo

Esta selección poética, hecha por Rainier Alfaro, se tomó de los poemas de Leiva Gallardo en Tríptico: tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015)


Era una especie rara

Como la lágrima de un dios
que hubiese engendrado las aguas
como la ciega luz de la nada
que hubiera alumbrado el todo

era una sustancia suma y rara
esencia sin fin —mas precisa—
solitaria y a la vez concebida
en mares lagos ríos y remansos

solitaria y a la vez conocida
sombra de su propio hacedor
era fija y distante reflexión
de una estrella azul y fenecida

era un diminuto ser en vía
de cambio y permanencia
su mismo cuerpo era su vientre
su misma sangre era su mente

era una célula-óvulo a la orilla
indecisa entre la tierra y el mar
privado protozoario del nadir
privado de principio y de fin…


Hombre a la deriva

Qué es un hombre a la deriva
un equilibrista
un personaje sin trama
sin conclusión   sin peripecia

acaso este hombre espere su destino
como si fuera un viaje mal sorteado
como una de esas fugas que acaso fueran de amnesia
tal vez espere una magnífica guerra mundial
o el impuntual esparcimiento de un meteoro
dirigido exactamente al solar baldío de su alma

este pobre hombre suspendido
espera y espera
quizá un milagro o un nuevo acontecer
de esos que ya no se hallan en los templos
ni en las cátedras ni en los alzamientos
espera y espera el equilibrista el impacto quizá
de un instinto dormido
el brote de una desaparecida manera de ser

pero sépanlo ustedes que este ser a la deriva
no aspira a un simple cambio de piel
ya ha vivido varias metamorfosis fallidas
ya fue ingenuo como un insecto huésped
ya fue sabihondo como un cuervo
tenaz como un lobo estepario
y también perro de la incertidumbre
¿qué espera entonces este hombre a la deriva?
¿ser inconsciente como una célula madre?

(espérense)

como todo ser demasiado humano
el tipo ha surgido de la ignorancia a la sabiduría
de la sabiduría a la incertidumbre
de la incertidumbre hasta este punto…
hasta caducar agotado como un breviario
como un augur cínico y dudoso
que ahora padece de no poder concebir su fin
el pobre hombre a la deriva


Al principio: solar baldío

I

No recuerdo el alma
imagino el cuerpo inhabitable
            que pena por ella

no voy a llamarlo cadáver
            y menos desalmado:

            he pensado en
indolente
            maldito
                        cínico
pero nada de esto lo comprende

me rindo
a él mismo cedo la palabra
            era un imperfecto.


II

Solía llamarse el Imperfecto
             hijo de mar enfermo
falto de numen en la zozobra de la tierra

en las noches de lluvia
se aliviaba con el agua dulce
que hacía que su casa oliera
            a teja mojada

su casa era una bóveda burda
el cielo raso en la oscuridad
se le volvía todo un firmamento:
en sueños logró domar deseos
            y en las pesadillas
su propio bestiario de constelaciones

bastaba tener miedo para ser dios
            y crear dioses

fue así como el cielo raso
llegó a ser el solar de la discordia
donde sus avatares murieron en cruenta lid
y la sangre se derramó en la aurora

hasta que al fin llegó la luz mayor
a cegar todos los rescoldos
ese día salió al patio de su casa
—a ver los remanentes de la noche—
y se dio cuenta de que no era un jardín
            y tampoco un panteón
            sino un solar baldío



Breves variaciones del tema

Todos lo hemos hecho alguna vez
echarnos en la yerba la tierra o la arena
cerrar los ojos para descartar realidades
sentir que la niebla cenicienta del silencio
nos incorpora a la espesura de la noche
y luego convertirnos en seres primordiales
para abrir los sentidos y ver sentir escuchar
por primera vez la grave sinfonía del todo

una vez incorpóreos—primitivos que somos—
descubrimos que la eternidad está también
en cada vello en cada poro de nuestro cuerpo

acariciamos la grama la tierra o la arena
y palpamos la piel misma del universo
nos entusiasmamos soñamos y enrarecidos
viajamos por los laberintos fractales
hasta que nos percatamos de que en verdad
todas las estrellas del oscuro abismo
nacieron desapercibidas de nosotros
los seres vivientes

la palabra misma lo explica—eternidad—
infinito absoluto que es demasiada luz
para un par de extraviados ojos
de un hombre y una mujer

era de esperarse entonces que al final del juego
—el sonido del silencio abrumando el frágil cuerpo—
nos sintiéramos invadidos por la nada

pero el ingenio humano es tan emprendedor
y aprovechándonos del estado aún primordial
comenzamos a inventar los instrumentos
que nos permitirían hacer las variaciones
sobre el tema original —la eterna sinfonía—

antes de levantarnos teníamos que ponderar
la manera de ver sentir y escuchar al universo
y lo logramos por siglos y los siglos mas
mortales fallidos que éramos confundíamos
las variaciones del tema con el tema original

entonces dejamos de ser primordiales
y volvimos a ser simple hombre—y—mujer

ahora siendo todos demasiado humanos
a nosotros los mortales nos duele comprender
que también somos variaciones del tema
             breves variaciones del tema



La noche: Invención del hombre, el odio y el amor

I

Antes que el hombre
antes que Dios
hubo la noche

La noche no es la sombra del día
ni el día el lado claro de la noche
la noche es la sombra de sí misma
el día es el lado claro de sí mismo
el día es distante luz extinta
la noche es unidad con el sí mismo


II

A la noche no le da vergüenza
todo lo que se hace y se deshace en su penumbra
al día le caen todas las culpas

El odio y el amor
son depredadores noctámbulos
devoran a la misma presa

Pero el hombre es sabio
cuando logra habitar la noche
la noche con virtudes y deliquios

El hombre que logra habitar la noche
es el ser más bello del mundo
el monstruo de la ecuanimidad
el ángel del exterminio
es decir
lo más parecido a un dios
lo más parecido a sí mismo


III

El astro cero arroja los planetas con centellas multifarias
el ojo negro traga los planetas con su punto ciego nulo
para después tragarse a sí mismo:
como lo hace Dios en la unidad de la noche

Lo que sucede después de la catástrofe
del incesto cosmogónico
se llama caos y cosmos:
el odio y el amor


IV

Dios se da a luz a sí mismo eternamente
            con absoluto amor
            con odio absoluto
eternamente Dios se aborta a sí mismo

El hombre
huérfana criatura del tiempo
insignificante homínido del azar
apenas sueña el sí mismo:
no nace el hombre todavía



Ergo

Pensar que la noche es meramente estar sujetos a una sombra cíclica.
Pensar que el día es la radiación estelar, apenas,
que el trinar de los pájaros y demás sonidos naturales
son la manifestación del hambre, la rutina de la fauna.

Pensar que al develar todo lo bello que nos rodea,
nos damos cuenta que también somos parte de un nicho ecológico,
que nuestros deseos están vinculados a un ímpetu ancestral y prístino,
que nuestros sentimientos son también un trinar,
un oleaje aromático de flor,
un mecanismo evolucionado para preservar nuestras vidas.

En fin, llegar a pensar que lo bello no es bello,
que lo feo no es feo,
que el mal no es la otra cara del bien,
sino la misma reflejada en un enigma,
y que la muerte y la vida no son existencias transitorias,
sino incidencias sobre el plano oblicuo del tiempo:

pensar todo esto es, justamente,
el ocaso inexorable de nuestra conciencia.



Concibe a Leviatán

I

Sabe que hay un barco en la bahía
sabe que es un buque inmenso 
como un fiordo que se eleva desde el fondo
se han espantado los peces con el mugido
que desciende desde su costillar de cetáceo
—ventrudo obeso ahogado—
pronto ovulará inmundicias  del color del caviar  
con sabor a caviar
la bahía se convertirá en mar negro


II

Ah, Leviatán,
¡no! Damián no es capaz de lanzarte un arpón
tumefacta su mano reza presa a un canutero 
está a punto de firmar el cuaderno de bitácora
su corazón está en tinieblas
su pulso falsea como un compás 
endemoniado


III

Todo apunta a que el universo 
sea una bellísima composición
pero las claves de su significado
están a años luz de su sepulcro


IV

Cómo le hace falta el vino sagrado
con que los dioses liban y se burlan de su mortalidad 
ese fruto lo sembró y cosechó él mismo:

que los dioses no esperen más que vinagre 
en la pira del sacrificio


Últimas palabras de Judas Iscariote

Vi cómo las almas salían de los cuerpos:
alma delicada, roja miel, traicionera.
Vi la falsa campana oscilar como péndulo,
de comienzo a fin, fin comienzo, sempiterno.

Vi desdichados tropezar con más desdicha,
los humildes buscar, en el ojo del ojo,
la venganza de sus mejillas indignadas:
vi el ojo, cada vez más grande, de la aguja

dilatarse al pasar la sacra luz del oro.
Vi los crucifijos forjados cual espadas,
traspasando el miedo del corazón converso.

Vi a los desamparados morir de hambre,
las mujeres caer al fondo desde el cielo.
¡Y el cielo: nublado, nublado, nublado!


La pasión según Diógenes de Sinope

¿A qué objeto se refieren mis pasiones?
¿En qué transe iluso habrán permanecido,
vacilando entre espíritu y materia,
cual si fuesen ánimas sin suerte, sin vida?

¿En qué humedad se anegan mis ideas?
¿Qué secreciones secuestran mis palabras?
Ni que fueran unciones, pócimas suicidas,
para catar, para callar, para acabar conmigo.

¿Será que estoy cerca al brocal —de la cicuta—,
sin haber siquiera oído al oráculo palpitar,
sin haber siquiera imaginado el clarín del gallo?

¡Qué irrisorio entonces se torna este final
en cuyo empeño arrastro el bulto del sí mismo,
como un martirio absurdo, inútil: cínico!

El ajedrez de los dioses

juego de reyes y rey de los juegos
cómo sabes reducir la espera vital
otorgándole a la palabra número
desmintiendo el logos y el todo

ajedrez combinatorio espacial
cómo designas las frías losas
donde los fatuos pasos del rey
siempre terminan en la nada

en las vetas de tu falso laberinto
hombres y mujeres igual sueñan
ser las piezas mayores cuando

en las eternas noches de insomnio
indolentes los dioses se entretienen
con la ciega fidelidad de los peones



Una gota negra del infinito

Sabe que hay poetas que creen haber derramado lágrimas mismas del universo. Aquéllos que pretenden haber procurado entre sus manos una gota esencial de la noche —como diría Zbigniew Herbert, una gota negra del infinito—, en la cual habrían de descubrir el numen de la imaginación humana, la conmoción del ser. Pero, me pregunto, ¿hasta qué punto puede llegar la pretensión y la afectación del hombre? A propósito de lo cual incluso este, vuestro servidor, modesto versista, confiesa haber fingido tardes de lluvia en las que se ha aliado a dicho panteón de ilusos prosistas de lo inefable, escribas de lo que no se puede explicar con signos ni cifras. Sepámoslo, a veces Damián tiene razón, hay mucho de nada en casi todo lo que pretende el hombre en los momentos ocurrentes de su llanto.



LEÓN LEIVA GALLARDO (Honduras, 1962). Narrador y poeta. Autor de las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006) y La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008). En el 2008 también publicó Desarraigos: Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Editorial Vocesueltas). Después de un largo receso reanuda su labor con Tríptico: tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015) y Breviario (Ediciones Estampa, 2015); esta última formando parte de la Biblioteca Americana de la Galería Estampa de Madrid. Su más reciente publicación, El pordiosero y el dios (MediaIsla Editores, 2017), reúne una selección representativa de su narrativa breve.

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