León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

El intercambio de palabras entre Trump y el Papa León XIV provocó reacciones en todo el mundo. Federico Hernández Aguilar comenta este episodio

Federico Hernández Aguilar  |  Escritor salvadoreño

“Viéndolo bien mirado”, como diría el mexicano Pedro Infante en una de sus canciones, tal vez solo un Papa esté en capacidad de hacer lo que León XIV ha hecho con el presidente de EE UU: golpearlo duro, fuerte, sin siquiera haberse metido al mismo ring.

Donald J. Trump es (y ha sido siempre) un bully, un matón, un acosador, alguien acostumbrado a abusar —al menos verbalmente— de quienes cree inferiores a él. En la historia de Estados Unidos, pese a la personalidad volátil que tuvo Andrew Jackson (1829-1837) o el vigor avasallante que caracterizó a Teddy Roosevelt (1901-1909), nadie como el actual inquilino de la Casa Blanca había embadurnado con tanta superflua testosterona la agenda política, económica y social del país más poderoso de la tierra.

Es posible que muchos de quienes que hoy apoyan a ojos cerrados a Trump un día lleguen a preguntarse, con honestidad intelectual, cómo pudieron ser capaces de creer y seguir a alguien con estos rasgos patológicos tan marcados. Y acaso suceda, como en su día ocurrió con el régimen de Adolf Hitler, que ciertos líderes del espíritu —de la talla del pastor Dietrich Bonhoeffer (1909-1945), asesinado por los nazis— nos ayuden a reflexionar sobre las razones que llevaron a tantas personas a apoyar, hasta sus últimas consecuencias, un movimiento político tan claramente antidemocrático como el trumpismo.

Mientras ese día llega, sin embargo, quienes defendemos principios de libertad debemos insistir en señalar el tipo de conflictos que Trump ha ido desatando, para bien y para mal, en este su controversial segundo mandato. Es evidente, por ejemplo, que extraer a Nicolás Maduro o presionar a la tiranía castrista son medidas que muchos esperábamos desde hacía tiempo. La caída de ambas dictaduras, si en verdad se quiere lo mejor para venezolanos y cubanos, es deseable casi desde cualquier ángulo del que se les mire.

El problema con el presidente de EE UU es que no parece interesado en poner fin a los ciclos que inicia. La libertad se vislumbra —cómo no— en las patrias de Bolívar y Martí, ofreciendo esperanza a sendos pueblos, pero los días pasan sin que el chavismo de inicio oficial a su retiro definitivo o que el castrismo empiece a abandonar el poder.

Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales y progresivos termina siendo contraproducente cuando se tiene a una ciudadanía opositora sufriendo desde hace décadas. Paradójicamente, los alzamientos populares que Trump quiere ver en las calles de Teherán no los ha exigido igual en Caracas, y jugar con estas expectativas demuestra cuán lejos se encuentra Washington de los anhelos liberales de esos países en que interviene.

Lo de Irán se ha documentado ampliamente. Se trata de un despropósito mayúsculo en un momento inadecuado. Por supuesto que era importante poner fin a la carrera nuclear chiita y debilitar a un régimen tan despiadado como el de los ayatolás, pero atacar justamente al chiismo de la manera en que se ha hecho, sin una estrategia de corto y mediano plazo y sin medir las consecuencias para el resto del mundo, amenaza con convertirse en el peor error de la era Trump.

Las comparaciones de la actual guerra en Irán con la de Vietnam no son, ese sentido, gratuitas. Los iraníes que sostienen al régimen de Teherán tienen la misma convicción que animaba a los seguidores de Ho Chi Minh, con la sola diferencia que los primeros están imbuidos de fanatismo religioso y estos últimos habían hecho una religión de la ideología. Pero ambos conglomerados pueden ser caracterizados por idénticas convicciones: morir por la causa es un buen morir.

En las presentes circunstancias, cualquiera entendería que abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca; pero pareciera que el presidente Trump tiene el secreto propósito de pelearse con la mitad del planeta. Y así, quizá por las mismas razones psicológicas esbozadas arriba, alguien en Washington creyó una buena idea insultar al Papa, líder espiritual de alrededor de 1.500 millones de personas.

“Dios no bendice ningún conflicto”, había escrito León XIV en su cuenta de X a principios de abril, justo al inicio de la Pascua, saliendo al paso de posibles confusiones generadas por ciertos funcionarios republicanos que aludían a la doctrina católica de la “guerra justa” para justificar los ataques a Irán. “Quien sea discípulo de Cristo, Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.

Palabras demasiado directas para el frágil ego de Trump, que fiel a su estilo respondió de la única forma que sabe, con ofensas personales y olvidándose del fondo de la cuestión. Acusó al pontífice de “débil en materia de delincuencia” y de ser “terrible en política exterior”, le colocó delante de una disyuntiva falsa —“No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”— y aludió a que León era complaciente “con la izquierda radical”. Una andanada, en fin, de necedades.

¿Cómo respondió el Vicario de Cristo? Con su habitual serenidad y hasta una dosis de gracia. Recordó al mandatario, compatriota suyo, que la labor que ejerce al frente de la Iglesia no es política (en el sentido que suele darse al término), que iba a continuar pronunciándose “con fuerza” contra la guerra y que no le animaba ninguna intención de “entrar en un debate” con Trump, de cuya administración dijo no albergar temores. “Demasiadas personas están sufriendo en el mundo”, concluyó, restándole importancia al cruce de posturas. Suficiente.

Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero. El daño que se causa a sí mismo el presidente norteamericano, arremetiendo contra León XIV, ya se refleja en las encuestas y tendrá sus efectos electorales en noviembre. Más de la mitad de quienes votaron por él en 2024, confesándose católicos, ahora afirman que se equivocaron. El resto de denominaciones cristianas también están haciendo su propio mea culpa, con algunas voluptuosas excepciones.

En todo caso, estoy convencido de que la historia ofrecerá, como es habitual, el mejor veredicto. Y no creo, sinceramente, que quien termine en la lona sea el Papa. La posteridad será implacable con Trump, del mismo modo en que él ha tronado —cual Zeus olímpico— contra sus adversarios, desde la libertad de expresión hasta la Constitución americana, pasando por la OTAN, Mark Carney (primer ministro canadiense, hasta ahora su mejor antagonista en la política internacional) e incluso León XIV, el pontífice de suave carácter que lo golpeó fuerte sin siquiera encaramarse al ring.


Federico Hernández Aguilar. Poeta, escritor, analista político y gestor cultural. Su formación incluye estudios en Ciencias Políticas y Ciencias de la Comunicación. Tiene una especialización en Logoterapia y junto a su esposa dirige una empresa de formación integral, dirigida a familias y corporaciones. Tiene 16 libros publicados y es un reconocido articulista nacional e internacional. Entre los más recientes galardones que ha ganado se encuentra el "Business Leader of the Year" (edición 2020), entregado durante la 28a. edición del World HRD Congress en la ciudad de Mumbai, India. Esta distinción mundial reconoce el aporte histórico de empresarios o intelectuales que se hayan destacado en la defensa de las libertades individuales y la democracia. Ha sido asesor presidencial, diputado y ministro de cultura, todo antes de cumplir 30 años de edad. Durante más de 12 años fue Director Ejecutivo de la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador. Forma parte de Índole Editores y es columnista permanente del periódico disidente 14 y medio .

Deja una respuesta

Your email address will not be published.