Una selección de poemas de Florencia Lobo, acompañada por un texto de Rolando Kattan, recorre la naturaleza, el cuerpo, el deseo y el tiempo desde una mirada atenta a los pequeños asombros que atraviesan la vida
Florencia Lobo │ Rolando Kattan
El vacío
El espacio entre las palabras de un texto equivale al silencio.
Alguna vez no existió: los textos eran un continuum que gente instruida había aprendido a descifrar.
Un día alguien entendió que lo vacío también significa y los textos se llenaron de poros por donde ahora respira mejor el sentido.
Suena extraño eso de llenar con la aparente nada. Pero así es como funciona. Los días vacíos también sostienen los otros.
Neutrinos
Todavía no se sabe muy bien para qué están, pero sabemos que nos atraviesan millones por segundo. Pasan tocándonos como una llovizna mansa que nuestro cuerpo no sabe ni siquiera intuir. Quizás, si no la materia, lo que rozan es el alma: hay algo que al atravesarnos se llevan con ellos y a cambio nos dejan otra cosa. Eso explicaría por qué a veces de pronto experimentamos un sorpresivo cambio de ánimo. El alma se ilumina y oscurece sin aviso. ¿Hay una cuerda invisible tendida en el aire que hace música que no alcanzamos a oír, pero nos toca?
Curvaturas
Si la Tierra fuera plana, ahora que me reclino plácidamente sobre la arena y miro el mar que se pierde oscuro hacia el norte, debería poder ver también, a lo lejos, las verdes ondulaciones de China, y después la cumbre de los Himalayas, y más allá las humaredas que se elevan lentamente en una quema de pastos en el Kurdistán, y aún más atrás, en algún punto, las desdibujadas alturas del monte Elbrús alzándose sobre la tundra rusa.
Pero nada de eso se ve bajo este cielo diáfano que aplasta el pensamiento, sus pequeños oleajes.
Porque, en cambio, la Tierra es redonda. Entonces me despliego por la superficie de las cosas, recorro la corteza terrestre y doy la vuelta, hasta llegar de nuevo a mí, de espaldas, mirando un mar mientras pienso en la curvatura de las formas. Por ejemplo, en la del deseo, en su capacidad de arquearse como un junco hasta tocar lo que quiere, y ser tocado.
Formas de trasladarse
El picoroco, con esa paciencia de orfebre, edifica su propia casa en el mar: un pequeño castillo gótico a la medida de sus necesidades, que construye sobre una piedra con calcio y minerales extraídos del fondo marino. Ahí vive, amurallado e infinito. Después una va, y en alguna marea baja encuentra el castillo sobre la piedra y se lo lleva para ponerlo de adorno en la ventana. Es una de las formas que encontraron las piedras para salir del mar.
Formas de permanecer
Hay animales que son infinitos. No mueren nunca. Como las medusas Turritopsis dohrnii, que tienen la capacidad de regenerarse completas, célula por célula, cada vez que su cuerpo lo necesita.
¿Pero está bien decir su cuerpo? Porque, llegado cierto punto, ¿qué queda ahí de la entidad original? ¿Es un ser vivo con un único cuerpo cambiante? ¿Es un único ser vivo con sucesivos cuerpos? ¿O al no quedar ninguna célula del cuerpo inicial podría decirse que se transformó en un ser distinto?
En el fondo, todos estamos regenerándonos constantemente.
Nadie sabe lo que puede un cuerpo, escribió Spinoza. Que es como decir: hay dudas que son infinitas.
Fuerzas blandas
No es fácil que me rompan el corazón. Es un músculo blando, más flexible que un tallo.
A veces se ha vuelto piedra, por pura supervivencia. Pero el agua que soy vuelve a ablandarlo. Porque el agua, tenaz, es más fuerte que una montaña. Si el agua quiere, en la forma de un río, cruza la montaña y la divide. Eso también es el tao.
El tiempo de la montaña
Cuando voy a la montaña, al regresar, algo de la montaña viene conmigo y permanece un tiempo. Y, sin embargo, la sensación es la de volver más liviana.
Pero no hay contradicción. Escribo esto con una lentitud de piedra y de liquen.
*Todos los poemas pertenecen al libro Fuerzas blandas (Vox/Lux, Buenos Aires, 2025)
El arte de guardar asombros
Quiero a las personas que guardan cuadernos de asombros. A quienes registran el vuelo de un insecto con la misma devoción con la que otros registran los grandes acontecimientos de la Historia. Quiero estar más cerca de la pureza en los trazos de las cuevas de Altamira que de los dorados libros del siglo XIX. Hay algo en ellas que recuerda a las estrellas: una forma de luz que se incendia en la lectura.
En Fuerzas blandas, Florencia Lobo se detiene donde los demás pasamos de largo. Ella es consciente de que hay un universo que habita en la mente creadora de los escarabajos. Y vuelve la poesía un cincel para escudriñar esa conciencia secreta. No es azar: sabe permanecer lo suficiente frente a algo hasta que revele su dimensión verdadera.
Pienso en el poema donde un helecho nace de la esquina de un cuadro. Pienso en los amantes del cielo chino que se encuentran una vez al año sobre un puente de pájaros. Pienso en las piedras que encuentran formas de salir del mar. Pienso en el corazón que no se rompe como un tronco destinado a la leña, sino como un río que atraviesa una montaña.
Todo el libro está hecho de esas revelaciones.
Recuerdo la anécdota de un poeta mexicano que dirigía su taller de manera radical. Se remangaba la camisa, apoyaba el brazo sobre la mesa y pedía al alumno que leyera. Al terminar, emitía un único juicio: el poema había erizado o no su piel. Y lo recuerdo porque los poemas de Florencia tienen esa misma estática. Una lengua que se acerca a la voz con la que nos hablamos a nosotros mismos. Los creyentes acaso dirían que se parece a la voz de Dios. Para mí, es la articulación de algo verdadero.
Guardar asombro es una forma de guardar vida.
-Rolando Kattan

Florencia Lobo (1984) publicó los libros de poemas El lento deambular de las tormentas (El Suri Porfiado, 2018), Los bosques bajo el agua/El lento deambular de las tormentas (Tanta Ceniza, 2024) y Fuerzas blandas (Vox/Lux, 2025). Forma parte de antologías como Patagonia lee del Plan Nacional de Lecturas (2021), Poetas argentinas (1981-2000) (Ediciones del Dock, 2023), Antología de poesía latino-americana contemporánea (Peabiru, 2025) y Con el corazón mirando al sur (Esdrújula Ediciones, 2025). Junto a Aixa Rava compiló la antología Un fulgor distinto. Autoras contemporáneas de Tierra del Fuego (Tanta Ceniza, 2025). Es editora y correctora freelance, y colabora con distintos proyectos editoriales. Creció y vive en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.

Rolando Kattan (Tegucigalpa, 1979). Miembro correspondiente de la Real Academia Española y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Entre los premios a su obra destacan: XV Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez (Omisión del ángel, Visor Libros 2024), XX Premio Casa de América de Poesía Americana (Los cisnes negros, Visor Libros, 2021), Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa 2022, Premio Bucovina de Poesía 2023 y el Premio Nacional Malinalli para la Promoción de las Artes, los Derechos Humanos y la Diversidad Cultural 2026.
Su poesía ha sido publicada en revistas, libros o antologías de más de cuarenta países y parcialmente traducida a diecisiete idiomas (francés, árabe, japonés, italiano, portugués, chino, rumano, macedonio, griego, armenio, polaco, alemán, turco, checo, croata, albanés e inglés). Sus traducciones más notables incluyen los libros Animale non identificato (traducción al italiano de Piera Mattei en Gattomerlino Edizioni, 2014); Connivences (traducción al francés de Aurélia Lassaque en Éditions de la Margeride, 2016); Un paese tra le fronde (traducción al italiano de Emilio Coco en Raffaelli Editore, 2018); كتاب بلغة المندرين (traducción al árabe de Ghadeer Abu-Sneineh en la Unión General de Escritores Palestinos, 2020); Die schwarzen Schwäne (traducción al alemán de Rike Bolte, 2021); Czarne łabędzie (traducción al polaco de Marta Pawłowska, 2021); Černé labutě (traducción al checo de Petr Zavadil, 2022); Vestă antiglonț (traducción al rumano de Dinu Flămând en Editura Junimea, 2024) y Bullet-Proof Vest (traducción al inglés de Katherine M. Hedeen & Víctor Rodríguez Núñez en Eulalia Books, 2026).
