La inconfundible silueta del olvido

Alejandro Concha comparte con los lectores de El Escarabajo una selección de sus poemas

Alejandro Concha | Poeta chileno



La memoria venidera
(fragmento)

II

Por favor, no manches el luto,
acércate con respeto.
Los escombros en todas partes
delatan el paso de la lucha.

Como el niño que luego de la guerra
escarba las ruinas de su hogar
y grita el nombre de sus abuelos;
hago crecer la hierba alrededor
de esta lápida sin nombre,
de este Goliat devastado.

No le pidas más de lo que es
todos merecemos volver al polvo,
todos buscamos que la madre natura
nos haga un lugar en su justicia,
todos peleamos por un sitio
donde extender los brazos;

y que la historia nos mire,
y que nuestra vejez descanse.



[ Lecciones de la escritura ]

  1. Palabra

Mamá teje el día entero
horas y horas de ovillos
desparramados por la casa.

A veces faltaba el tiempo
para detenerse a ver la luz del sol,
pero siempre al final de la jornada
hubo un rato para arrullarse
y sacar cuentas alegres del cansancio.

Fueron las manos de esta mujer
las que me permitieron esconderme
cuando el viento azotaba las puertas.

Al igual que en mis poemas que
en todo momento
husmean los orificios
donde se cuela la llovizna,
escarbando la belleza
como monedas en el barro,
ella piensa en el amor
al tiempo que en la estética.

Horas al día tejo al escribir
para que en las palabras que aprendí a hilvanar
encuentres como yo, entre género y chalecos,
un refugio del cansancio
y del frío.



Cantar de gesta

Uno a uno
fueron marchando los hombres
por el estrecho atajo de la vergüenza
 regreso a Babilonia.

Este es tu destierro personal, Alejandro,
esta tu última batalla,
la pérdida de tus huesos.

Nadie puede decir que no hubo sangre
en el labio inferior de la conquista,
nadie puede deshonrar con la punta del dedo
al sudor de tu frente.

Ahora vienen las lágrimas,
no hay banquetes al final del retorno,
probablemente las piedras nos hagan tropezar
y cayendo de costado
el hombro se amorate
contra el pan de la impotencia.

Unas monedas, Alejandro
para pagar el precio de la historia.

Ni los grandes héroes griegos
semidioses como eran
resistieron la carcoma,
ni Helios —corona del cielo y el triunfo—
toleró las llamaradas del enjambre terrestre
(vencido el otrora dios
vería culminado su ocaso
ante los ojos de sus acólitos).

  Es
el precio. La losa resquebrajada de tu voz
ahora avergonzada
costeará tu paso por el mito
y lo vencerá.

Habrá quienes busquen tu cabeza
entre los escombros, costras de barro
en los codos y rodillas,
pero el orgullo quebrado de tu espada
te esconderá en tierra de mortales
cuando los dioses sean derrotados.

Es que nadie escribe su propia historia, unos
se impondrán, otros procurarán
pasar desapercibidos;
pero a la noche, cuando todos duerman
el cantar de gesta callará.
Tomará en las ciudades arrasadas su trono
la inconfundible silueta del olvido.



Bromas inocentes

Decían que comía gatos
el viejo brujo, el de la escoba de paja.

Era su figura al centro de la puerta
o su melena hábilmente peinada,
quizás sus zapatos, la forma en que ambos
paralelos, mantenían un estricto orden.

Tirábamos piedras a su cerco,
subíamos a las bicis y luego escapábamos
poco conscientes de la maldad consumada.

Su vara no era la de Moisés para convertirse en serpiente
pero bastaba para abrir el mar en nuestras cabezas
llenas de cuentos narrados por el matón de turno.

De pequeño uno ignora muchas cosas

nadie intuye los estigmas del abandono,
pervive en la amargura una enorme falta
y por ello, cuando nadie veía
tenía la costumbre de pasar despacio, sin molestar.

Me tacharon de miedoso, más de alguna vez
fui centro de bromas de mis vecinos,
ellos decían que comía niños (el viejo brujo
el de la escoba de paja), aunque nunca
vi entrar a ninguno en su hogar.

Lo hallaron como a los muebles viejos

tirado entre bolsas de basura
cuando en su corto trecho de acera
comenzaron a abundar las ratas.
El viejo brujo, el de la escoba de paja
había sepultado en su patio el cuerpo de un felino
entre botellas de vidrio verde
y enmohecidos platos de comida
sin servir.



El patio de la iglesia

Por mucho tiempo mantuve la fe intacta
de que cualquier tierra serviría
para hacer una olla de barro.
Tenía doce años, y esperé semanas a las tardes de calor
para llevar de la cocina al patio de mi casa un balde
y así mojar el suelo que días atrás había reunido.

Esperaba al sol,
pero el verano jamás llegó a mis años infantiles,
y por más que me esforcé en modelar la masa
tanto como mis dedos de niño pudieron exigirlo,
y por más que me empeñara en buscar el mejor rincón
donde la hoz de la mañana segara la esperanza
la jarra jamás tomó su forma.

Es que crecía yo en un cerro lleno de eucaliptos
donde los niños pateaban tarros como pelotas
y corrían con los zapatos cambiados por el pasaje.
La tierra en que crecí era precaria
y el hogar de mis padres, se asentaba sobre unas rocas
sin ningún valor.

Esperaba al sol, como los niños buenos
esperan a tu escucha hincados de rodillas
con las manos en la cara y los ojos bien cerrados
para no faltar el respeto a esa luz plástica
derramada como aceite en los óleos invernales.

No sé qué esperabas de mí, mi querido Dios;
solo era un niño
preparando una sorpresa para mamá.

Tras la pared de fondo rosa y de pie frente a la escultura
he atesorado hasta el final la fe de dar con la forma.
Pero no tengo palabras para nombrar mi incapacidad
y comienzo a sospechar, que nada podrá crecer
en este patio estéril.



Mitología personal


Lo importante es que en la calle que lleve mi nombre
a nadie lo sorprenda la desgracia
Izet Sarajlic

En la raíz de este cerro al cual te traigo
corre la sangre de Donatila,
madre de las piedras, abuela de la fiebre.

Marchita la conocí,
una hoja de natre sobre sí misma consumida
de limadura de tela y de tiempo,
en una foto donde apenas si la distingo.

Sobre ella se encementaron las calles
que llevan del campo al centro;
y aunque sus ojos tierra nunca vi,
y hasta desconozco el rastrillo de su voz,
a veces me siento sembrado en su pupila,
y por un instante, aunque sea imaginariamente,
percibo el olor de la lluvia arrullar las veredas.

A donde veo, te veo, bisabuela,
tal como descubro en el agua turbia el musgo
que enternece el desamparo de las rocas.

Las casas te ignoran, es cierto, pero como Izet
busco paisaje donde escribir tu memoria.
Ojalá nadie perturbe mi búsqueda,
la construcción de una mitología personal.

La historia de América latina
es la historia de nuestras abuelas.
Preservación de tela y la amargura
son tus trajes, Donatila, los tomo,
hijos de una época de hierro y miseria.

Serás una balada en el terror de este libro;
y entre todas las pesadillas, también el carbón
que se mete en mis pies cuando entro al mar.

Toda una época se deshace en nuestras manos,
mi único deseo
es no perpetuar la ingratitud.



Alejandro Concha, poeta
Alejandro Concha M. (Lota, Chile, 1995). Escritor y editor literario nacido en Lota, Chile, 1995. Ha publicado los libros: Estirpe (2017), Los errores de nuestros padres (2022), Color a historia (junto al artista plástico Jorge Torres, 2023) y Salvaguarda (2025). Es fundador del Movimiento artístico La Balandra Poética, parte del equipo organizador del Encuentro Poético internacional Pájaros Errantes y presidente de la Agrupación literaria y Club de lectura Pájaro Libro. Parte de su obra fue seleccionada para el programa Diálogos en Movimiento del Plan nacional de la lectura en 2023. Se ha desempeñado impartiendo talleres de escritura creativa y como mediador cultural en proyectos como: Educación poética para Chile, Biobío en 100 Palabras y el Programa de Educación en patrimonio cultural infanto juvenil de la SUBDERE. Es socio de la Agrupación de escritores y poetas lotinos La Compuerta Número 12. En 2024 fue compilador de las antologías Soñar, sentir, querer... escrita por estudiantes de liceos de Lota, y Te leo Lota: la literatura uniendo generaciones la cual reúne a 25 escritores de la zona del carbón. Fue jurado del XV concurso literario Gonzalo Rojas Pizarro categoría poesía; del Premio Plaquette de poesía Ergo en Perú; y del Concurso 100 cuentos para Baldomero de Fundación CEPAS. Traducido parcialmente al inglés y al italiano. Poemas, cuentos y artículos de su autoría han sido publicados en Chile y Latinoamérica.

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