Letanía del sauce y otros poemas

Carolina Zamudio comparte con los lectores de El Escarabajo una selección de poemas publicados en su libro Caudal. Poesía 2015-2025

Carolina Zamudio | Poeta argentina



Sombra de la trascendencia


Los pensamientos son las hojas de un árbol. Escribir es volverse lluvia. Líquido. Un medio para desenredar las ramas y que su follaje sea mineral en palabras. Inspiración. Inspiración. Inspiración. No existe tal cosa, salvo la que va seguida de la exhalación. Se respira mientras se lee para seguir pensando a pesar nuestro y volver a desentramarse para escribir. Quiero decir aplomo. Plantados. El reto es mantener el equilibrio. Ritmo y silencio. Para que sea música. En toda familia, en todo bosque, impera la sombra alargada de la trascendencia. No alcanza con vivir. Hay que darse cuenta de que se vive. Espectadores de uno mismo. Bonhomía. Enjundia. Surgen las palabras como desde un sueño largo. Quizá algunas preguntas deban quedarse siempre sin respuesta. «El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje, pero solo encuentro esas palabras irreales que los muertos les dirigen a los astros y las hormigas», dejó dicho Teillier. Acto creativo, destructivo. Estruendo y el amparo del equilibrio. Hay que dejar de rumiar para empezar a escribir el goce. Aprender a reír. Con ganas. Un avión pasa por detrás de los álamos, el sauce, y su ruido repentino trae otros paisajes. Dentro llueve. Por la lluvia crecen las flores. Y todas las visiones, versiones, de uno mismo, acaso también.



Letanía del sauce


Aquí vive un sauce llorón
que ha inventado un río,
el jardín quiere renacer
a las seis de la tarde
cuando los habitantes
pisan la casa vacía.

Aquí abunda el abrigo de un vergel
rosas, madreselvas y un tero
que inaugura en paso y duda
nuevo comienzo.
Partido en tres colores
vibrante late el cielo,
aroma de abuelos evoca el jazmín,
estoicas las tunas rompen
la perfección del agua.

Aquí el mundo es perfecto,
tiene la dulzura curva
de las pestañas de una niña,
la enredadera ya no vive
enamorada del muro,
la quietud y el silencio
bailan melodía antigua,
las almas temblorosas
de las plantas secas
recuerdan caricias de agua,
la huerta otras manos
sueñan y esperan.

Aquí algo tenue baja
marejada y redil,
es de tarde lo saben
los relojes, las ramas.
Los recién llegados salen
renacidos, podría decirse
en ronda, a celebrar
la caída del día.
Van camino de la corriente,
ellos mismos son el río.



El viento reconoce sus contornos


Una mujer camina al borde de un río,
pisa cada piedra a su paso,
siente lo rugoso del mineral
dentro de sí misma,
el viento reconoce sus contornos
y se despoja de las fuerzas para mostrarle
a la mujer en el río su sombra,
que muta junto al camino
y la aridez de la piedra.

Intercambios son viento y río,
luz, mujer y piedra;
el uno sabe de la propia existencia
por la vida en el otro,
ante el único: el tiempo.

Sin el viento el río es espejo,
sin las piedras la mujer sería
cuerpo sin caminos.



La niña


Hablan hoy las chicharras de un universo verde. Traslúcido. La niña es grande, la niña es alta, la niña es seria. Una señora seria y alta la mira, y ella en sus ojos oye: eres mala. Era verde la libertad desde sus ojos: decir no, gritar con toda la cara, trepar un muro, besar con la pasión de una trinitaria. Tenía la maldición de la belleza y la razón justo en el mismo sitio. Se escondía en las horas en que los duendes salían a espabilar conciencias y descubría la profundidad de los espejos, el olor del agua, la longitud del dolor que atraviesa toda materia. No sabía de la falta de certezas. Sentía la holgura de los pies, mojados, en el pasto. La humedad del amor que nacía en los besos de las amigas, escondidos en siestas. Tiendas de campaña amarradas entre hamacas. Se hacían con sábanas que alguien oreaba al sol. Robadas. Y cubrían, entre jazmines, el gusto primero: el de otra boca en la propia. Lo que se recupera, íntegro, al caminar —alguna vez— el patio de atrás. Cuando las hamacas vuelven y se transforman, y traen única e igual las ganas de mecerse. Leve, la cabeza hacia atrás. La de cerrar los ojos y besar. Trepar fucsia hasta la boca de un hombre, de una mujer. Y florecerlos. El patio venía con cielo y una cuerda larga donde colgar la ropa. De noche había que llegar a él atravesando un sendero extenso que no traía estrellas. Solo algo de oscuridad. La suficiente para estrenar el miedo. Al caminar el patio, el de atrás, el cielo ya no es suyo. El de entonces sí lo era. Podría haber dicho que el mejor. ¿El primer cielo siempre es el más claro? Sí, así hasta el último. La niña les ha temido a las fisuras, a las del piso, a las de las paredes. Tuvo fobia a los surcos que hace la tierra seca en los patios de los abuelos. La niña cayó. Y fue un chispazo la rendija. Saltó y siguió, pariendo ella nuevas hendiduras. Las maderas de las hamacas se resquebrajan. Hoy, por los surcos de las baldosas del sendero la vida se cuela lentamente, hacia abajo. Pequeños hilos en las paredes dibujan un gran mapa de todo un mundo. Propio. El cielo sobre los muros, mientras cae el sol, perfila un árbol familiar corpulento, que se disuelve con una brisa apenada. El verde ha crecido tanto que es eco de chicharras. La mujer detiene al patio de atrás. Su tiempo. Sus ojos caen sobre una grieta de la hamaca y un camino extenso de flores de la trinitaria le crece dentro. La mujer se abraza, se enreda y trepa.



Llorar


Llorar no es limpiarse,
es mojar un vestido,
correr el maquillaje,
ahuecar los surcos de la cara
como cauce de deshielo,
es sangrar del color de la piel,
dejar algo esparcido
con anticipación, sobre la tierra.

Limpiar los ojos, sí.
Después de llorar
lo que se ve recupera el foco,
el paisaje es más claro,
la flor naranja, intensa.
Hasta el tacto, más sensible.

Limpiar
es solo cosa del agua,
quizá de la lluvia, que no es agua,
solo un rito que esclarece.

Las lágrimas son como de aceite,
deslizan aquello
que —desde adentro—,
viscoso,
no puede más que verterse.

De “Caudal. Poesía 2015-2025”, México-Uruguay, 2025, Colección Círculo de Poesía_Fundación Esteros





Carolina Zamudio
Carolina Zamudio. (Curuzú Cuatiá, Argentina, 1973). Poeta y periodista. Considerada una de las referentes de la poesía argentina de su generación. Fundadora y Directora de la Fundación Cultural Esteros y El Encuentro Internacional de Poesía del mismo nombre en Uruguay. Publicó: «Seguir al viento», Ediciones Último Reino, 2013 (Argentina); «La oscuridad de lo que Brilla/ The darkness of what shines», español/inglés, Artepoética press, 2015 (Estados Unidos) y Convergencia Editorial (Bolivia) 2023; «Doble fondo XII», Musgonia Colección, 2016 (Colombia); «Rituales del azar/ Rituels du hasard», español/francés, Éditions Villa-Cisneros, 2017 (Francia); «Teoría sobre la belleza», Imaginante, 2017 (Argentina); «La timidez de los árboles», Hilo de Plata Editores, 2018 (Colombia) y Yaugurú, 2022 (Uruguay); «El propio río», Colección Lima Lee, 2020 (Perú) y El Ángel Editor, 2022 (Ecuador), «Vértice/ Vertice», Raffaelli Editore, 2020, español/italiano (Italia) y Editorial Summa, 2025 (Perú); «Las certezas son del sol», Valparaíso Ediciones, 2021 (España), «La extensión de un deseo», Yaugurú, 2024 (Uruguay) y «Caudal. Poesía 2015-2025», Colección Círculo de Poesía_Fundación Esteros, 2025 (México). Traducida al inglés, francés, italiano, árabe, hebreo y guaraní, entre otros. Periodista (Universidad Católica Argentina) y Magister en Comunicación Institucional (Universidad Argentina de la Empresa). Vivió y trabajó en Argentina, Emiratos Árabes Unidos, Suiza, Colombia y Uruguay, donde reside en la actualidad.

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