Matza Maranto Zepeda nos comparte, en exclusiva para El Escarabajo, algunos poemas de sus diferentes libros
Matza Maranto Zepeda | Poeta mexicana
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El cielo tiene la fragilidad de pájaro: a la puesta de sol, se inclinan nuestras plegarias, cada pan lo invita a nuestra mesa. Nuestro padre dice que poseemos su gracia, pero en nuestras manos sólo se observa el transcurrir del tiempo. El cielo tiene la fragilidad de un pájaro, nada podemos hacer para predecir su vuelo.
De La felicidad era un pequeño trozo de mármol
Daguerrotipo
Yo, sin ojos, te miro transparente.
Antonio Gamoneda
Abro la galería y el pie de foto indica:
tarde de junio.
Un disparo que no da en el blanco,
puntero a la nada.
El hilo que nos dibuja se sostiene con la fe.
La imagen es nítida como un aguacero.
Lo sabemos:
Llegamos aquí vestidos de vacío,
no teníamos qué perder
y ello nos arrojó a lo inevitable.
En la fotografía
sostengo tu brazo firme a mi respiración.
El silencio es la felicidad que nos habita.
Domingo de junio.
Ahí estábamos
tú sumergido en la embriaguez del verano,
yo, sosteniendo una verdad a trozos.
Tarde de junio
No hubo asiento de café
que advirtiera quiénes éramos,
Junio
La tarde era el páramo que fundábamos.
Tu amor es la lanza que atraviesa al animal que huye.
Es junio
y somos la fisura del cristal.
Fotografía de junio:
tu existencia nació antes de la imagen.
Enfoca
Capturamos la nada.
Soyatla
Todos escogen el mismo camino.
Todos se van.
Pedro Páramo. Juan Rulfo.
I
Llegaron noticias del pasado.
La mirada ausente de mi padre
era transparente y limpia como el tintineo de los hielos.
Soyatla no es Comala,
pero ahí vivía su padre.
Al pronunciar su nombre, Juan,
una bandada de cuervos pasó cruzando el vacío.
Viajamos.
II
Caía la noche.
Nuestro Montecarlo 82 era más que una estela de suerte:
boleto de lotería,
espiga del embrujo.
A tanta velocidad,
el vaso ambarino terminó por rendirse.
El fuego de nuestras miradas alumbraba el camino.
Amanecía.
III
Sentados bajo el árbol
supimos del azar de los naranjos
en la tibieza del tiempo,
barajas que se cambian en cada partida.
Esto era Soyatla:
un pueblo de Dios sumergido en nuestro olvido.
Estábamos allí
y la voz se nos quebraba como hoja débil y lastimera.
Por aquí corrí, decía mi padre.
Yo sujetaba su mano:
así se aprehende el tiempo.
La sostengo
y la verdad es un torrente de luz.
IV
Nuestra casa era nómada,
no pertenecer fue la penitencia.
A tres generaciones
nadie sabe quiénes somos.
Cada pueblo nos trae un nuevo nombre.
Aquí estoy padre, dijo.
Y yo:
Estoy aquí, boca arriba,
pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad.
V
Soyatla
tiene por sendero un camino de tulipanes.
Nos cayó el tiempo como un aguacero.
Todas las sombras desaparecieron.
Se nos olvidó el perdón.
El camino de Soyatla no es el de Comala,
pero allá vivía el padre.
Era el tiempo de la canícula.
He vuelto a Soyatla, repetía mi padre.
Aquí estuvo la abuela,
aún está el padre.
A lo lejos se escuchaba la plegaria:
El olvido en que nos tuvo, hijo, cóbraselo caro.

Matza Maranto. Nació en Ocozocoautla de Espinosa, Chiapas. Doctora en Ciencias Sociales y Humanísticas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA). Es autora del poemario Atajos para llegar a nadie (SE del Estado de Chiapas, 2011), Peldaños (UNISON, 2012), Trozos de azogue (Nueva York 2013), Ajedrecístico (CONECULTA, 2018) y La felicidad era un pequeño trozo de mármol (Los libros del perro, 2021). Su trabajo de investigación está incluido en el libro Tomar la palabra (Juan Pablos Editores, 2016).
Ha publicado en revistas como Tierra Adentro, Periódico de Poesía- UNAM, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Revista Soma, La Palabra y el Hombre, entre otras. Fue becaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico 2011 y es Premio Estatal de la Juventud 2010 en la categoría de Poesía.
