La muerte de una poeta

Las circunstancias del deceso de la poeta salvadoreña Krisma Mancía no han pasado desapercibidas en la comunidad literaria centroamericana. Hace unos meses, a través de sus redes sociales, Mancía hizo público su despido injustificado ―y sin indemnización―por parte del Ministerio de Cultura de El Salvador, desde donde desarrollaba, desde hace catorce años, una labor encomiable para la promoción de las letras salvadoreñas.

Krisma Mancía no sólo era poeta, sino también diseñadora artesanal, gestora cultural, madre, hija, compañera y amiga. Su vocación por compartir y su sentido de servicio la impulsó a desarrollar un trabajo de formación intenso en la Casa de la Cultura de la primera sede de Ciudad Mujer, en Lourdes, Colón. Años después, con ese mismo espíritu, Krisma intentó darle continuidad y prestigio a los certámenes literarios estatales conocidos, en El Salvador, como Juegos Florales, que oficialmente se impulsan desde el año 1968.

Fue a finales de 2025 cuando Mancía hizo pública su condición de salud, y denunció las violaciones a los derechos laborales que había sufrido durante los últimos años. Un atropello que viene a sumarse a una larga serie de agresiones dirigidas en contra de la cultura salvadoreña. Nos referimos a los cierres de Casas de la Cultura, la desaparición de la Dirección de Publicaciones e Impresos, la desaparición de la Revista Cultura, la destrucción de las baldosas del Palacio Nacional y bienes históricos ubicados en el centro de la capital, por mencionar algunos casos.

La escritora italiana, Natalia Ginzburg, señalaba en el libro Las pequeñas virtudes (1962): «El silencio cosecha sus víctimas día tras día. El silencio es una enfermedad mortal». En El Salvador, lamentablemente, el silencio se extiende ante una voz que no admite cuestionamientos. Pese a esto, como revista crítica y reflexiva, no podemos dejar de recordar el poderoso trabajo literario que caracterizó a Krisma Mancía, su calidez humana, su labor social, su visión como gestora cultural, y como amiga, ni de lamentar, a la vez, los tiempos oscuros que atraviesa la cultura del país.

Revista El Escarabajo siempre será un espacio de resistencia cultural, y desde este esfuerzo colectivo por dar testimonio de nuestro tiempo a través del arte y la literatura, no podíamos callar ante la injusticia. Reiteramos nuestras condolencias por esta pérdida que toca a la cultura, a la poesía, a una familia salvadoreña y a la comunidad literaria en general.

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