Aportes filosóficos a la conmemoración de los Acuerdos de Paz en El Salvador

La académica salvadoreña radicada en Argentina, Carmen Elena Villacorta, nos propone un diálogo acerca de algunas ideas filosóficas entorno al significado de Acuerdos de Paz en El Salvador firmados un día como hoy en 1992

Carmen Elena Villacorta | Docente e investigadora

Este 16 de enero nos compete reflexionar en torno de los Acuerdos de Paz y de los 34 años transcurridos desde entonces. Propongo para ello dialogar con algunas ideas filosóficas. En su texto Ciencia e ideología (1986), el filósofo francés Paul Ricoeur discute con el marxismo la interpretación del concepto de ideología entendido como un conjunto de ideas usadas por las clases dominantes para disfrazar, ocultar y esconder sus verdaderos intereses, haciéndolos parecer intereses del todo social. Ricouer apunta a una explicación que considera más radical, anterior, a la explicación marxista, porque todo grupo social necesita de un relato fundacional que le otorga identidad, cohesión y sentido.

Esta necesidad discursiva que funda y actualiza al pacto social es lo que posibilita que, posteriormente, un pequeño sector que ha acumulado poder, rapte y distorsione al discurso fundacional en su beneficio. Antes del surgimiento de un puñado de intereses por defender, está la necesidad social de un relato originario. Hay, entonces, un primer momento de la ideología que no es negativo, sino positivo o neutro, pues responde a la naturaleza discursiva y gregaria de nuestra especie. La firma de los Acuerdos de Paz, en 1992, constituye un momento fundacional de la sociedad salvadoreña.

En la década de 1980, también Ignacio Ellacuría se adentró en el análisis de la ideología en su artículo “Función liberadora de la filosofía” (1985). Hay entre ambos pensadores puntos de encuentro interesantes. Ellacuría distinguió dos modalidades de ideología: una peyorativa o negativa (asociada a la posición marxista) y otra no peyorativa, vinculada a un rasgo esencial de la vida social: la necesidad de justificar la acción. Los seres humanos necesitamos explicar y explicarnos lo que hacemos, por eso confeccionamos discursos en los que nuestra praxis parezca racional, coherente, digna. Esas justificaciones son la materia prima de lo que Ellacuría denomina “ideologización”, es decir, la distorsión interesada de los grupos de poder. Primero hay ideología, después viene la ideologización.

Tanto Ricoeur como Ellacuría rescatan un aspecto no negativo ni peyorativo, sino positivo o neutro, de la ideología. En el primer autor, ese aspecto se vincula con el relato fundador de una sociedad, que se va actualizando a lo largo de su desarrollo histórico. En el segundo autor, ese aspecto responde a una necesidad de legitimación que es discursiva, en aras de justificar la praxis social. En ninguno de estos abordajes se resta verdad al aporte marxista acerca de la ideología en tanto discurso legitimador de poder, pero sí se complejiza y se amplía su comprensión.

Propongo pensarnos, como salvadoreñas y salvadoreños, a la luz de estas ideas. ¿Qué relato introdujo en nuestra sociedad el hito histórico de los Acuerdos de Paz? Los Acuerdos fueron, en sí mismos, un logro nacional e internacionalmente celebrado e, incluso, emulado por otros procesos de pacificación emanados de guerras civiles, como el de Colombia. En su momento, significó la posibilidad de reconstruir el país bajo una nueva lógica en donde el diálogo y la negociación, no las armas, serían las vías de resolución de los antagonismos ideológicos.

Se abrió el camino a la posibilidad de edificar una democracia tímida, pequeña y frágil, pero con la aspiración de crecer y fortalecerse. El relato democratizador oxigenó y dio aire a dos décadas (1970 y 1980 –en realidad 200 años de vida republicana—) de persecución, exilio, desplazamiento forzado y muerte de la disidencia política. En El Salvador, poner en cuestión el orden oligárquico equivalía a estar condenado a muerte. Los Acuerdos de paz fueron un parteaguas, un punto de inflexión a partir del cual la democracia y la paz serían ejes rectores y los partidos políticos como líderes de la “transición”. Se trató de refundar al país sobre nuevos cimientos, con el FMLN completando el espectro ideológico de un sistema de partidos en el que no había tenido cabida la izquierda.

¿Ante qué relato nos encontramos hoy y qué pasó con aquel sueño democratizador del posconflicto? El discurso oficial actual promueve el borramiento, la des-historización, la desmemoria. Pretende con ello homogeneizar a los antiguos enemigos, el Estado y los grupos guerrilleros, representados por los partidos firmantes de la paz, ARENA y el FMLN. “Los mismos de siempre” ya no tienen nombre, ni color, ni ideología, son, simplemente, los responsables del hundimiento de El Salvador en materia de seguridad. ¿Guerra civil? No hubo. El pasado consistió, sin más, en una confrontación entre “cúpulas”, carentes de bases sociales, cegadas por su ambición de poder.

Emerge de aquel caos un mesías, capaz, él sí, de reinventar un El Salvador en el que hoy es posible transitar por las calles, usar el trasporte público y llegar al trabajo sin ser asaltado o extorsionado por mareros. Una de sus virtudes consiste en no ser “de derecha ni de izquierda”, elevado sobre un podio que se precia de haber superado filias y fobias partidarias, al tiempo que se asienta sobre la exacerbación del odio para mantenerse en pie. Astuta jugada la de vestir de incoloro uniforme su esencia reaccionaria y nepotista, enemiga frontal de los valores democráticos.

En la narrativa del bukelato radica su estrategia de legitimación y perpetuación en el poder. El arribo de Bukele al Ejecutivo y la cooptación del Estado por parte de Nuevas Ideas —a costa de desandar el camino tan dolorosamente trazado hacia la construcción de una tenue democracia— se promueven publicitariamente como una nueva refundación, como un nuevo hito que inaugura a un El Salvador seguro y próspero, for export.

Si en los Acuerdos de Paz y su profundo significado encontramos rasgos valiosos que abonaban a una construcción de identidad hacia un sentido colectivo y nacional, en el discurso gubernamental vemos un claro ejemplo de ideologización interesada en la que se presenta como “bien común” el enquistamiento en el poder del clan Bukele. Se inventa para el marketing un país que emerge de 0, desconociendo la complejidad de su proceso histórico y omitiendo la injusticia estructural como el mal atávico fundamental.

La desmemoria, la omisión y el olvido responden a un proyecto basado en la negación de lo que hemos sido y somos, habilitando la desatención de la inequidad como herida abierta y lacerante de nuestra identidad, pero también reviviendo prácticas que pensábamos superadas, como la persecución y encarcelamiento de la disidencia política.

Además de ser un problema del presente, la memoria tiene que ver con la identidad. Lejos de ser fija e inmutable, la identidad está en permanente creación y dinamismo. Pero no sale de la nada, surge de la historia real y concreta, con todos sus límites y también sus potencialidades. Negar lo que somos y afirmarnos desde esa negación es impostar. ¿Para qué fingir la identidad de postal que el nuevo poder en El Salvador se esmera en instalar? ¿A quiénes les interesa y les conviene esa foto edulcorada? Un discurso fundacional a partir de la mentira es ideologización y un “homenaje a las víctimas” que niega las verdaderas condiciones históricas en las cuales se produjo esa victimización es hipócrita. El Salvador no conoce la justicia, ni la justicia social, ni la justicia transicional que de voz y dignidad a las víctimas políticas y sociales de nuestras violencias.

El pulgarcito de América, el país más pequeño de nuestro continente dio a luz a la guerrilla más grande. Eso es un motivo de orgullo, no de vergüenza. Habla de la voluntad y vocación de lucha de nuestras mayorías populares, da cuenta de su capacidad para mover estructuras y abrir nuevos cauces a la historia. También el bukelato es fruto de esa búsqueda de ser, al fin y con todas las letras, un país. Pero ningún país surge de la nada. El Estado y el país mismo deben ser reinventados a partir de la realidad histórica que los han determinado y que constituyen lo que, en términos de Ellacuría, es su “sistema de posibilidades”.

A partir de la comprensión genuina de quiénes hemos sido y somos, incluyendo los episodios más densos y dolorosos de nuestro devenir histórico, podremos sanar heridas que continúan abiertas e iniciar una andadura que cobije a la totalidad, no únicamente al poder y a sus lacayos. El Salvador de postal que Bukele promueve, exhibiendo cárceles sobrepobladas e inhumanas como orgullo nacional, responde a una ideologización interesada y conveniente a un proyecto de país que no es inclusivo ni justo y, mucho menos, democrático.

Carmen Elena Villacorta. Salvadoreña radicada en Argentina. Dra. y Mg. en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Lic. en Filosofía (UCA-El Salvador). Docente de filosofía en la Universidad Nacional de Jujuy (UNJU). Impulsa el boletín centramericanista Claroscuros.

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