Viaje al pasado con Francisco Gavidia

En 1952, Eunice Odio vivía en El Salvador, donde trabajó como periodista para varios periódicos, entre ellos «El Diario de Hoy», periódico donde publicó la presente entrevista al escritor salvadoreño Francisco Gavidia, un 9 de agosto de 1952. Por la importancia de las dos figuras involucradas, en El Escarabajo volvemos a rescatar esta entrevista que no había sido publicada en medios digitales

Eunice Odio |  Poeta, narradora, ensayista y periodista costarricense

Del tiempo solo queda la memoria de lo vivido.

Frente a un árbol que da poca sombra; árbol pequeño, casi niño, se nos franquea la puerta con vidrios de colores. Una mujer morena la abre con generoso impulso de quien está acostumbrada a siempre abrir las puertas; a nunca cerrarlas.

― Queremos ver a don Francisco Gavidia.

En la cara se le va ensanchando, poco a poco, una sonrisa tímida, opaca, como de percal recién lavado. Silenciosamente nos hace pasar a una salita pequeña. En ella, los muebles negros contrastan con tapetes de puntilla. Allá en lo alto de la pared, presidiendo el saloncito de recibo, luce el retrato de una mujer moza, su vestido de tafeta con entredoses, rematando con un polisón de volantes. Hacia la izquierda, en una vitrina, vemos el busto, en yeso, del maestro Gavidia. Nos acercamos. No cabe duda de que esa vitrina custodia las cosas más preciadas de la casa. Está cerrada con llave. Y, además de la escultura dicha, ahí se guarda una exquisita miniatura ―obra de Cisneros― representando al padre de don Francisco. Encendemos un cigarrillo; alistamos lápiz y papel; nos sentamos a esperar sin prisa. El maestro aparece asistido de su esposa.

―Venimos a entrevistarlo para El Diario de Hoy.

― Ajá, con mucho gusto.

Se sienta en el sofá. Con mano pequeña, espatulada, se echa hacia atrás el mechón de pelo increíblemente negro y rebelde. Un vestido azul le cubre la frágil figura; ya casi temblor de ala.

Un pájaro se posa, por instantes, en el árbol de enfrente y canta. Sin que medien nuestras preguntas, el escritor comienza a hablar.

― Me gustan los árboles y los pájaros… ¿sabe? Los pájaros son doble música: música de color en el plumaje y la figura; música de garganta en los árboles. Siempre debí tener una casa con árboles y pájaros.

― ¿Tuvo alguna vez una casa así?

― En mi niñez, allá en San Miguel, hace muchos años, muchísimos… tantos que ya no quiero saber cuántos. Se pierde uno en el tiempo…. de él solo queda la memoria de lo vivido. Allá, en San Miguel, siempre estuve entre árboles. Hace ochenta años no había escuelas edificadas. Los alumnos estudiábamos a la sombra de los árboles y los pupitres eran troncos de árboles. De pronto, un pupitre empezaba a retoñar; sin saber cómo, le crecían hojas y hasta flores pequeñas. Cuando terminaban las clases, los pupitres se convertían en selvas, montañas o cuarteles. Ahí jugábamos. Pero eso ha pasado hace mucho tiempo.

El Maestro, sin casi darse cuenta de nuestra presencia, ni de que lo estamos acompañando en su repentino viaje al pasado, entorna los párpados y continúa como en sueños: “Luego fue cuando vine a San Salvador para hacer mi bachillerato. Tenía entonces 18 años, o tal vez menos… En fin, comencé la carrera de abogado. Error profundo. Jamás, jamás hubiese litigado. ¿Sabe usted? No me gustan nada los tribunales. Preferí formarme solo y lejos de las academias. Dejé la Universidad”.

Eunice Odio junto a Francisco Gavidia

El escritor hace una larga pausa en la que parece absorto. La interrumpimos para aventurar una pregunta:

― ¿Se casó muy joven, a lo que parece?

― Cuando vine a San Salvador conocí a una niña de catorce años. Se llamaba Isabel Bonilla. Tenía muy blanca la piel y sonreía mucho. Era una colegiala. Me enamoré para siempre.

El Maestro se queda un momento en silencio. Su corazón de tembloroso dístico se le asoma a los ojos. Pasa un ángel. El silencio termina en palabras.

“Por ser ella tan joven y yo un poeta, su padre creyó conveniente castigarla con un riguroso internado en el colegio de doña Laura Hall. Pues verá usted. Ese colegio estaba situado frente a la iglesia del Rosario. Naturalmente que no tardé en averiguar que desde el campanario de la iglesia se dominaba por completo el patio del colegio de doña Laura… Yo era amigo del cura de la parroquia, un buen cristiano y un caballero en toda la línea. Singularizaban a este hombre, entre otras grandes capacidades, la de ser, además de un sincero servidor de Dios, muy huma no y comprensivo con ciertas inocentes debilidades. Por su puesto que, en adelante, procuré que se estrechara nuestra amistad. Pues, cierto día trepé, pasito a pasito, detrás del campanario de la iglesia donde él era sacristán. Fue a la hora de la oración. Mientras él tocaba las campanas, yo me colé de rondón en la torre del campanario. Mientras el campanario tocaba sus campanas, yo observaba a mi novia. Y en ese mirarla me quedé tan abstraído que olvidé dónde es taba. Cuando salí de mi abstracción me encontré que Prohibida su venta, distribución o reproducción 147 la puerta estaba cerrada a piedra y lodo. La puerta aquella era de esas puertas de antes: altas, angostas y espesas, clavetadas con hierro y más fuertes que un ejército. Estaba preso en el campanario. Era ya noche oscura y cerrada. Ni siquiera me quedaba el consuelo de ver el patio de doña Laura. Tampoco podía llamar desde la torre a la calle para que llegaran a sacarme. En aquellos tiempos el escándalo hubiese sido mayúsculo. Era forzoso esperar al toque de ánimas. Entonces vendría el sacristán. ¿Y qué le diría al sacristán? Vino el sacristán a las ocho en punto. Me escondí. No me atrevía a salir. Por fin lo hice cuan do se volvía después de dar el doble… Casi se cae al suelo del susto. Parecía una figura de cera que estaba viendo al diablo. Cuando se convenció de que yo no era el diablo, sino un ser de este mundo, montó en cólera. Cólera de sacristán engañado. Todo lo di simuló. Sin embargo, el cura párroco se reía de la aventura hasta ya no poder más. Según él, era imposible tomar en serio ninguna cosa regocijante”.

“El padre de Isabel se convenció de que nos íbamos a casar de todos modos y dio su consentimiento al cabo de cuatro años. De esto hará 65 el catorce de septiembre de este año. Tuvimos doce hijos. Solo nos quedan tres; más seis nietos y once bisnietos para comprarles regalos”.

Hace unos momentos ha entrado una hija del escritor. Cuando él termina de hablar, tercia en la conversación para relatar un buen complemento de la anterior anécdota. Su padre, dice ella, le ha contado que cuando se iba a casar consiguió que sus amigos fueran de visita a la casa de la novia, llevando cada cual un presente. Cada presente formaba parte del trosseau. Cuando terminó el desfile de amigos, el trosseau de la novia estaba completo.

Le decimos a doña Isabel que ella se ve muy bien.

― Y soy ―responde― apenas cuatro o cinco años menor que él. Pero mi esposo ha trabajado mu cho. Como tenía clases de día, escribía sus libros de noche. Son muchas las horas de desvelo por las que ha pasado. Cuando eran las dos de la mañana me levantaba para convencerlo de acostarse. Era inútil. A veces también se levantaba a medianoche a tocar su piano. Música de antes. Últimamente ha vuelto a tocar. Había dejado de hacerlo desde que enfermó. Ahora no escribe, pero tiene un montón de manuscritos en las gavetas.

― El Gobierno ―interrumpe él para decir― está publicando y publicará todas mis obras que ya han sido catalogadas. Paga también el tratamiento que me está siendo aplicado por los médicos. Es el premio de una obra de cincuenta años… Cincuenta años de intenso trabajo. Tengo obras de poesía, teatro, historia.

― ¿Cuál es la faena que lo hace más feliz? ¿La poesía o la prosa? Por un momento titubea como si le costara elegir; parece un hombre a quien se diera a escoger entre la milagrosa lámpara de Aladino y el anillo del gigante de la copa. Al fin se queda sin tomar la alternativa; como una lámpara alumbrando dos aposentos.

― No sé. A veces creo que la poesía; sí, que la poesía es lo verdadero y único. Pero el convencimiento me dura poco. Llega un momento en que la prosa ocupa el lugar que un momento antes tenía en mí la poesía.

― Papá, son las once… ― Ah, sí, las once.

Usted dispense ―dice con esa cortesía extrema e innata de que hace gala, 149 aunque le cueste gran esfuerzo físico― vendrá una comisión del banco para entregarme 5.000 pesos. Es un premio que yo agradezco y estimo mucho; será para mis hijos. Hubo muchas épocas de mi vida en que la décima parte de eso me hubiera evitado terribles sinsabores y trabajos. Pero en esos tiempos los gobiernos no se ocupaban de los escritores. Ahora, el otro premio, ese que no puede guardarse en bancos ni escondrijos, quién sabe cuándo lo veré.

Se levanta con gesto y ademán de disculpa. Doña Isabel, aquella muchacha de catorce años que el Maestro veía desde la torre de un campanario, hace más de 60 años, lo conduce ahora de la mano como a un niño pequeño.

***

Artículo publicado originalmente en El Diario de Hoy, el 9 de agosto de 1952, posteriormente publicado en un número extraordinario de la Revista Cultura, en 1965, número especial dedicado a Francisco Gavidia, y también recogido en el tercer tomo de las Obras Completas de Eunice Odio (Universidad de Costa Rica, 2017, editadas por Peggy von Mayer.


Eunice Odio (Costa Rica, 1922-México, 1974) Poeta, narradora, ensayista y periodista. En 1947 ganó el premio centroamericano “15 de septiembre” en Guatemala. A partir de entonces vivió o transitó por Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Cuba y los Estados Unidos, hasta que en 1955 se estableció definitivamente en México, hasta que falleció. Publicó tres libros de poesía: Los elementos terrestres (Guatemala, 1948), Zona en territorio del alba (Argentina, 1953) y El tránsito de fuego (El Salvador, 1957).  Es considerada una de las más altas representantes de la poesía centroamericana del siglo XX.

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