Hay autores que se convierten en hallazgos reveladores. Llegamos de visita a sus libros y nos quedamos mucho tiempo en su orilla. Este fue el caso de la periodista guatemalteca Marta Sandoval y su encuentro con los libros del Nobel noruego, Jon Fosse. En este ensayo nos habla acerca de esos tránsitos entre la poesía y la prosa que atraviesan sus libros Trilogía, Septología y Blancura
Marta Sandoval │Periodista guatemalteca
Hay escritores que andan los caminos y otros que los desandan. Jon Fosse es de los segundos. Sus obras son un continuo regreso a aquellos espacios fundacionales, a los momentos que construyeron su vida. Y esos senderos casi siempre están cubiertos de nieve, de bosques profundos y oscuros, de callejuelas estrechas o barcas en vientos difíciles.
Y los recorre descalzo. Su prosa es una prosa descalza, no necesita artilugios ni adornos ni lenguajes sofisticados. Ni siquiera puntos. Su libro Septología tiene casi 800 páginas en las que no hay un solo punto. Es como si tomara una gran bocanada de aire para meterse al fondo del mar; la historia que nos cuenta es el aliento que pierde mientras va ganando profundidad.
Llegué a Jon Fosse por consejo de la escritora Rosa Montero. Me pidió que buscara la Trilogía para encontrarme con esa prosa “desnudísima”. No entendía muy bien a lo que se refería con eso de desnudísima, pero bastan unas páginas para comprenderlo.
Trilogía es un libro pequeño, pero que hace falta leer muchas veces para llegar cada vez más a fondo. Confieso que las primeras páginas me desubicaron, además de la carencia de puntos, repetía las mismas expresiones una y otra vez. No había estado en contacto con algo así, pero la magia está en pasar de la primera página. Entonces comprendí que la estructura es otro de los personajes. Fosse logra llevar el inconsciente al papel sin apenas detenerse en el cerebro, en la razón. Sus palabras vienen de esos bucles en los que a veces los seres humanos nos enredamos a las tres de la mañana, donde se mezclan nuestro pasado, el presente y ese futuro que no alcanzamos a ver. Creo que leer a Fosse me ha ayudado a entender mucho más sobre mí misma, me conecta con mi espíritu, me dejo llevar por su prosa, sin esperar nada, sin buscar una historia que me tenga anclada al libro, solo fluir.
En Septología de un párrafo a otro viene la infancia, la edad adulta y la juventud, como si no hubiese ni un minuto entre ellas. Es una obra que confronta, que inevitablemente lleva al lector a mirar en su interior. “Me siento y miro, miro el cuadro, puedo pasarme mucho tiempo ahí sentado, no sé cuánto, intentando ver por qué me dedico en verdad a pintar cuadros, y me quedo sentado y me voy metiendo en lo que veo, en eso que es más grande que la vida, quizá, aunque esa tal vez no sea la manera correcta de decirlo, porque, bueno, en esos cuadros hay una especie de luz, una especie de oscuridad luminosa, una luz invisible que habla calladamente, y que dice la verdad, y entonces, cuando he entrado en esa mirada, o en esa manera de mirar, no soy yo quien mira, sino hay algo que mira a través de mí”. Este párrafo de Septología explica el secreto de la obra de Fosse. Sus palabras son como una luz para mirar adentro y a través de quien lee: “Esa luz es como una niebla, porque también una niebla puede lucir”.
Un camino de fe
John Fosse es católico, y esto es algo importante para comprender su obra, porque sus palabras están siempre dirigidas a lo espiritual. En Septología se toma varias páginas para describir aquello que siente en la misa, cuando el padre consagra la hostia. Pero no es un libro religioso, yo diría que es un libro humano.
Trilogía es la historia de dos chicos que están a punto de ser padres, no tienen lugar a donde ir y tocan puerta por puerta para pedir que alguien les dé cobijo, como José y María. Ella, sin embargo, no dará a luz en un pesebre, y él no aceptará tranquilamente un no por respuesta. Se acurrucan en una de las noches más frías del invierno noruego, frente a una puerta que se les cerró en la cara. Aun así, se puede ver la esperanza, la fe. Este libro tiene giros inesperados y una tristeza profunda que va atravesando toda la historia. Pero es una tristeza serena, no la de llantos ahogados, una tristeza reflexiva de la que humedece los ojos y que hace sentir que, a pesar de todo, la vida continúa. El viaje de Fosse es siempre hacia adentro, es el verdadero salto de fe, como decía Kierkegaard: “La resignación infinita es el último estadio que precede a la fe, de modo que quien no haya realizado ese movimiento no alcanzará la fe. Solo en la resignación infinita me descubro en mi valor eterno: solo entonces, en virtud de la fe, podré tratar de hacerme con la existencia de este mundo”, escribió en Temor y temblor. Fosse mira el mundo a través de los prismas de la fe, explora desde lo espiritual el mundo en que vive y ha vivido.
Si alguien está buscando una lección magistral de cómo utilizar el idioma, debería huir de Fosse. Si lo que quiere es mostrar lo intangible y sentir esa luz blanca “que se transforma y que siempre va detrás. Pero no siguiendo, sino acompañando”, entonces este es el lugar indicado. En Septología escuchamos la voz interior de Asle, un pintor que a veces es un viudo que asiste a misa y lleva siempre un rosario colgando del cuello. Otras veces es un alcohólico tirado en la nieve; también es un niño que desobedece a la madre para ir a navegar en los fiordos. A mí me parece que todos ellos son, en realidad, Jon Fosse.
Este libro está dividido en siete partes. Cada una inicia con Asle frente a un cuadro en el que ha pintado una cruz y del que no está seguro si es una magnífica obra de arte o algo que hay que tirar a la basura. Y cada parte termina con él rezando el Ave María en español, latín y alemán.
Es una estructura elíptica y, como elíptica es la estructura, elípticas son las frases que lo componen. Los que critican a Fosse le achacan las repeticiones; sin embargo, un mar no sería un mar si las olas no se repitieran una y otra vez. Como un columpio:
“Él se da impulso y sube en el aire y él baja hacia el suelo y ahora ella se da impulso y sube en el aire y él baja al suelo
a todo el mundo le gusta volar, dice él y llega al suelo y se da impulso
y estar en movimiento, dice ella y ella baja hacia el suelo y se da impulso
como la respiración, dice él y baja hacia el suelo y se da impulso
y como los latidos del corazón dice ella y baja hacia el suelo y se da impulso
estar juntos en movimiento, dice él y baja hacia el suelo y se da impulso
estar juntos en mucho movimiento, dice ella y baja hacia el suelo y se da impulso
ser el mismo movimiento, dice él y baja hacia el suelo y se da impulso
como las olas, dice ella y baja hacia el suelo y se da impulso,
como las olas del mismo mar, dice él y baja hacia el suelo y se da impulso
como nosotros dos juntos, dice ella y baja hacia el suelo y se da impulso
como tú y yo, dice él”
Fosse ha dicho que para él escribir es como rezar. En su narrativa hace constantes alusiones a la Iglesia, a la misa y al rosario. El rosario es precisamente una repetición, por eso podría decirse que Fosse no solo reza el rosario: lo vive. Lo vive como se vive la vida diaria, como se vive el desayuno, después el almuerzo, la cena y luego otra vez el desayuno, el almuerzo y la cena.
Fosse hace sentir que la vida no es lineal, es una espiral que en cada vuelta se hace más profunda. Volvemos al mismo lugar, que ya no es el mismo y tampoco nosotros somos los mismos, porque, ya lo dijo Heráclito, nunca podremos bañarnos dos veces en el mismo río.
En Blancura, el protagonista, perdido en el bosque, está consciente de que camina en círculos y cuando decide sentarse un momento a descansar descubre que está descalzo, que camina en la nieve sin zapatos. Reflexiono en los caminos que deben andarse descalzos o, mejor dicho, que se deben desandar descalzos. Los que nos hemos perdido en el bosque de nuestro interior, en los abismos negros de la consciencia, sabemos que al pasado se regresa descalzo, y que los pies se van a curtir, para, al volver, sostenernos con más firmeza.
Es muy difícil explicar a Fosse, pero quizá podría decir que juega con la poesía y la prosa, igual que con el tiempo. “Tu pelo cayó, cayó por tus hombros, allí estabas, con tu vestido blanco, allí delante de la ventana estabas con tu vestido blanco, mientras tu pelo caía suavemente sobre tus hombros. Y yo me levanté de la cama. Me acerqué a ti, te rodeé con mis brazos. Apreté el rostro contra tu hombro, contra tu pelo. Me quedé con el rostro apretado contra tu pelo, respirando a través de tu pelo. No sé cuánto tiempo permanecí así, pero tiempo, un buen rato, estuve un buen rato respirando a través de tu pelo. Allí nos quedamos, delante de la ventana. Miro hacia la ventana, y detrás de la ventana, sobre la loma, veo los álamos, una hilera de álamos, allí están, los álamos, en la cima de la loma, y tú estabas ahí, delante de la ventana. Y detrás de ti los álamos”, este fragmento corresponde a Melancolía, una novela en la que Fosse sí utiliza puntuación.
En Septología, Asle suele sentarse en su sillón durante la noche profunda. Frente a la ventana ve el mar, ahora negro, fundiéndose con el cielo. Sin embargo, hay un punto al que siempre dirige la mirada y que le sirve para orientarse. Extiende una mano y siente que Ales –su esposa muerta– está sentada a su lado y le toma la mano. Así, tomados de la mano, se amalgaman su pasado, su presente y el futuro, que es apenas un punto de luz en el horizonte negro.
Y entonces me pregunto cuáles son mis propios puntos de luz en un horizonte negro, a los que puedo mirar cuando el pasado pesa y el presente es frágil.

Marta Sandoval (Guatemala, 1981). Desde niña le gustó escribir. Creció en una casa llena de libros, y, como era una pequeña un poco solitaria, aprendió a encontrar en los libros sus mejores amigos. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación, por la Universidad Rafael Landívar; máster en periodismo, por la Autónoma de Madrid y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado en periodismo y redacción desde 2002. Tiene seis libros publicados, entre crónicas, biografías y cuentos infantiles. Además, es profesora en la Universidad del Valle de Guatemala y en la UNIS.
