Para conocer la obra de Álvaro Sánchez

La poeta y editora guatemalteca Carmen Lucía Alvarado nos acerca a la obra visual de Álvaro Sánchez desde tres frentes que pasan por la percepción del espectador, la relación con la literatura y la muerte

Carmen Lucía Alvarado  Poeta y editora guatemalteca

Una teoría, seis descripciones y una anécdota para conocer la obra de Álvaro Sánchez

1.

La obra de Álvaro Sánchez no es un diálogo con la muerte, es la muerte hablando.

Le toma las manos. Lo usa como su instrumento, porque es ella quien escoge sus colores, es ella quien señala las partes del mundo que Álvaro debe arrancar para luego reordenarlas y abrir el portal por el que se comunica con nosotros.

Solemos creer que la muerte es solo el final de la vida, un mar desconocido, absolutamente desconocido y silencioso. Pero la muerte está acá. No pasa un solo día separada de nuestra materia, avanza con la furia de nuestra sangre, canta con el silbo del viento, golpea con la fuerza del mar en todas las orillas de la tierra.

La muerte no es un final gélido, la muerte somos nosotros mismos. No siempre la dejamos hablar, no siempre se deja escuchar, pero hay ciertas gentes que la escuchan claramente y es así que aparece un artista como Álvaro Sánchez.

2.

Cabeza de dictador: Un hombre ve fijamente a mis ojos. En su rostro hay algo así como la fina salpicadura de una sangre ajena. Tiene una corona. Esa corona está hecha de navajas.

Los lazos familiares: El retrato de una familia flota en una sustancia celeste. Son apenas fragmentos de rostros. Algunas manos parecieran que intentan acercar esos fragmentos, que intentan tocarse. Nadie se ve entre sí. Algunos, incluso, han perdido los ojos.

Ciertas sonrisas son terroríficas. Mientras más sutiles, más incisivas. Pero el pavor no se concreta hasta que el dueño de esa sonrisa se revela cubierto de un tibio traje de conejo rosa. Acomodado en la esquina de una perturbadora oscuridad, sostenido con extremidades que fueron antes de otro cuerpo: Bunny People.

Morir dos veces suena absurdo, pero nacer y morir, así, sin repeticiones, también lo es. Una muerte siamesa sonríe ante lo irrelevante de la búsqueda de sentido cuando estamos atrapados en la materia: Dos muertes para reír.

¿Y si de pronto viéramos un rostro acercarse a su muerte? ¿Si viéramos lo que la tierra ve cuando ese rostro está a punto de chocar con ella? Retrato perdido en vuelo.

El rostro como superficie de castigo, porque es el último muro que nos separa del cerebro, lugar del miedo y el asombro, planeta rugoso lleno de pesadillas y nostalgias. No hay ojos que se abran lo suficiente ante el horror y la belleza que guardamos tras los huesos.

3.

Quizá era el año 2008 o 2009 cuando me empecé a topar con un tipo sumamente agradable en el Bar Central. Nos saludábamos con mucha amabilidad pero yo en realidad no sabía quién era aquel tipo de peculiares gafas y sonrisa cándida, hasta que alguien me dijo: ese es EL GRAN DISEÑADOR de Guatemala.

Pero lo que hace Álvaro no se puede encasillar en la palabra diseñador. ¿O sí? Pero quizá su diseño tenga que ver con atender a un dictado, con atender al susurro de la muerte, con usar al mundo como una materia prima en la que la muerte pueda diseñar con precisión su lenguaje sin palabra.

Cuando mi proyecto editorial –Catafixia– inició, el artista Alejandro Marré se dio a la tarea de buscar a la persona ideal para hacer cada una de las portadas de los libros que recibimos del extranjero. Cuando Marré leyó Radiografías del poeta mexicano René Morales, no lo dudó, inmediatamente vio las formas de Sánchez traduciendo esas palabras.

Unos días después recibí en mi bandeja de entrada una portada –según mi apresurado vistazo– demasiado literal para mi gusto: una radiografía de un cráneo para un libro que se llama Radiografías. De cualquier forma la tipografía era una belleza, así que no dudé en usarla. Pero viéndola detenidamente, acercándome a la contraportada, la vi. Vi a la poesía de René transformarse en el sutil diseño de la muerte, que había hecho un puente valiéndose de las manos de Álvaro Sánchez, para hablar con nosotros.

En la contraportada estaba la columna vertebral, pero esta columna en lugar de vértebras, tenía balas. Esa fue la primera portada de un libro que diseñaría Álvaro Sánchez en su carrera. Era también el inicio de una de las alianzas más hermosas que hemos hecho en la historia de Catafixia; porque nos dio rostro, y ese rostro está formado en gran medida con los mandatos de la muerte, que es la atemporalidad de las cosas. Porque en los libros se suspende el tiempo, como en la muerte. En los libros nada es físico, pero existe, como en la muerte. Y porque, aunque parezcan sumidos en la total quietud, libros y muerte, lo guardan todo.


Carmen Lucia Alvarado
Carmen Lucía Alvarado Benítez (Quetzaltenango, Guatemala, 1985). Poeta y editora. Fue parte de la organización del Festival internacional de poesía de Quetzaltenango con las agrupaciones Ritual y Metáfora. Fue subdirectora de la revista electrónica Luna Park, y fundadora del proyecto Catafixia Editorial. Coordinadora de la antología crítica El futuro empezó ayer, apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala (Unesco-Catafixia Editorial). Ha participado en Festivales de poesía y encuentros de creación en México, Costa Rica, Cuba y España. Sus poemas han sido incluidos en antologías y revistas de varios países, en inglés y español. En 2020 fue nominada al Premio Rhysling, que anualmente otorga la Asociación de poesía de Ciencia Ficción en los Estados Unidos. Ha publicado los libros de poesía Imagen y semejanza (2010) Poetas astronautas (2012), Edad geológica del miedo (2018) y sus libros Pangea Muerte y Los seres intermedios están próximos a publicarse. Es fundadora de las librerías Santiaguito Libros en Quetzaltenango, Catafixia Centro en Ciudad de Guatemala, y de la Asociación 32 Volcanes.

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