El poeta salvadoreño Carlos Clará lanza este día su podcast llamado «Memorias del ángel caído», testimonio de su tránsito vivencial en el que se encontrará su más reciente poesía. De ese libro, de ese testamento, nos comparte seis poemas inéditos, los cuales incluyen los enlaces a las lecturas de viva voz del poeta. Si quieres escuchar todo el pódcast, te invitamos a que lo explores en este enlace.
Carlos Clará | Poeta y editor
Transatlántico
Tenía seis años cuando, por travesura y rebeldía, solté la mano de mi madre para correr hacia lo que me parecía un enorme río de aguas tristes a la orilla de Manhattan. No quería que nadie me contara el porqué de la melancolía de ese estuario: necesitaba acercarme y descubrirlo en solitario, aunque la ilusión tuviera solo mentiras que decirme. Corrí tan rápido como pude, y al doblar la esquina… frené de golpe. Me quedé congelado mientras con la mirada recorría en cámara lenta la proa de un transatlántico cuya nariz superaba fácilmente la altura de los edificios que conocía de San Salvador. A decir verdad, a veinte metros de ese acero, ninguna palabra sirve. Pero es allí, con mi madre irritada tomándome del brazo y alejándonos, donde, empujado por el embrujo del Hudson, logré ver al barco —atracado, encadenado a eslabones de mi tamaño— hinchar las costillas para elevar un canto a la libertad, como solo lo hacen las ballenas.
El que sabe
Se puede provocar una guerra con los pies. En 1982, en mi colonia, la Urbanización Universitaria, lo sabía de sobra. Era la segunda vez que El Salvador participaba en un mundial de fútbol y las cosas estaban claras: o eras un buen futbolista o no eras nadie; no importaba si el partido se jugaba en el asfalto de la calle Los Pinos, en el parque o en el Maracaná, la cancha polvosa donde te convertías en rey o mendigo. Y yo, que ni caminar bien podía, tenía el prestigio cuesta arriba. Para un niño de ocho años, ser alguien es todo. La gente se acostumbraba a los bombardeos al volcán de San Salvador y a los buses de la Ruta 11 hechos añicos por las bombas de los comandos urbanos de la guerrilla, pero no a un mal jugador.
La ley de la selva la habían impuesto los adolescentes de una o dos generaciones mayores que la nuestra. Los que habíamos nacido allí teníamos que bregar el doble o nos iría mal.
Yodol jugaba con botas negras de puntera de acero y chaqueta de cuero; todavía no tenía el cabello largo ni el arete en la oreja izquierda, pero sí el pie plano. La Cuca, el de mejor complexión y rapidez, enmudecía y no escuchaba a nadie. Los demás teníamos que adivinar qué quería. La verdad es que no quería nada. El Pichiche era el mejor de los nuestros, pero tramposo y muy bajito. En lo que daba cuatro pasos, Yodol daba una zancada. La cereza del pastel era mi desorientación: ponía en peligro existencial a mi equipo porque de pronto no sabía si la portería era la nuestra o la contraria. Yo también tenía pie plano y acababa de dejar los zapatos ortopédicos.
Dicen que un hombre en guerra es un hombre desesperado, y lo estábamos. Así que al Pichiche se le ocurrió algo que podía inclinar la balanza a nuestro favor. «Vamos a la casa, tengo algo que nos va a ayudar si sabemos hacerlo», insistió una y otra vez.
Ya en casa tomó del armario una ouija. «Preguntaremos al que sabe, el mejor de todos: Garrincha».
El Pichiche se refería al genio brasileño que tenía una pierna más corta, sin el que Pelé no habría sido el mismo. Su hermana le apodó Garrincha, el nombre de un pájaro pequeño y veloz como él, pero de movimientos torpes. Todos participamos, menos Yodol, como buen ateo prematuro. Pusimos los dedos en el puntero. El Pichiche hacía las preguntas, consultó a Garrincha cómo ser mejores. El puntero se movió despacio, letra por letra. Al salir de la sesión sabíamos qué hacer y se lo transmitimos a Yodol.
Los siguientes dos partidos los ganamos.
Para nuestra suerte, El Salvador, en España 82, perdió 10 a 1 contra Hungría. Ser un buen futbolista para entonces ya no era una condición de vida o muerte en la colonia: el desempeño vergonzoso de la selección nacional había logrado pinchar el orgullo de un país, sobre todo el de la Universitaria. Ya no importaba. Mis amigos y yo habíamos reconquistado nuestras almas y regresamos a lo nuestro: la música, la fotografía, la pintura y los libros.
Años más tarde reparé en un detalle: Garrincha murió en enero del 83, varios meses después de darnos consejos desde el más allá. Entendí que teníamos una deuda con la persona equivocada.
Se puede provocar una guerra con los pies, pensé, y ganarla con las manos de un niño.
Por eso la lluvia
«No va a creer lo que me pasó», murmuró con algo de misterio la nana Lucy en una de mis contadas visitas a casa.
Según Lucy, le había tocado cerrar tres veces la puerta y las ventanas del cuarto del jardín que, sin explicación, volvían a estar abiertas durante una tormenta que azotaba la casa y mojaba la cama donde yacía postrada mamá.
Un cáncer había hecho estragos en su cuerpo y, aunque no podía levantarse sin ayuda, la enfermedad no había podido tocar su espíritu. Mamá era un milagro.
Unos meses antes, su caso había provocado todo un congreso en el North Shore Hospital. Nadie, decían, podría estar vivo y sin dolor con el nivel de invasión con el que ingresó; y nadie en sus condiciones, aseguró también de forma unánime el staff de oncólogos, podría siquiera soñar con volar de regreso a su país luego de que el fracaso de la quimio obligó a dar un pronóstico reservado, incapaz de mantener un rescoldo de esperanza.
«No podrá ver el amanecer», dijeron esa noche neoyorquina del año 2000.
No obstante, mamá, al ver a Jaime, su primogénito, asomarse por la ventanilla de la Unidad de Cuidados Intensivos para rescatarla, logró renovar hasta el último de sus cimientos, lo suficiente como para soportar el viaje. Mi hermano cumplió su juramento de devolverle, a los pocos días, el demasiado oro de la tarde salvadoreña sobre el volcán.
«Después de todo lo que ha pasado, a estas alturas no iba a permitir que una simple gripe hiciera lo que lo demás no pudo —bromeó Lucy—. No me lo perdonaría, y ella no está para eso».
Al principio creyó que, aunque había cerrado la puerta y las ventanas de la habitación, simplemente lo había imaginado. Y, sin embargo, para su sorpresa, a la vuelta de sus quehaceres estaban de nuevo de par en par. Así, una, dos y tres veces.
Por supuesto que Lucy sospechaba quién era; lo que no sabía era por qué.
Una cuarta vez, decidió esconderse y alcanzó a ver a mamá apoyándose con cuidado en la pared hasta llegar a la puerta y las ventanas.
«Conque es usted, doña Olguita. ¿Por qué deja que la tormenta entre?»
A mamá le costaba mucho hablar, pero lo hizo, según me contó después Lucy entre lágrimas:
«A Carlos le gusta la lluvia y sé que, donde se encuentre, la contempla. Por eso lo hago: él la ve al mismo tiempo».
Al terminar de escuchar a Lucy, no perdí tiempo y abrí la puerta de mamá. «Soy la lluvia», le dije con mi mejor sonrisa. Quiso levantarse por su cuenta y me abrazó.
Murió a los meses. Entonces me acerqué a su ataúd. «Soy la lluvia», le repetí. Y vi cómo florecía entre la madera eterna.
El camino
«¡Cobardes! Aquí está el Sol, así que inclinen sus cabezas. En ausencia de las bombas, recobren el aliento», sentencia la canción que se asoma por las bocinas del vehículo mientras cruzo la ciudad con mi hijo de diez años. Tras un par de estrofas, me pide que la quite, que tiene una mejor. La pongo. Y calla. A los segundos, por el inesperado silencio, busco su mirada y descubro que intenta contener el llanto. No me atrevo a preguntar nada. «Es hermosa», alcanza a decir. Enseguida la melodía deja escapar en susurros «Hay días que parecen no terminar jamás; el Sol se obstina en quedarse, como si quisiera burlarse de ti. Pero después de los días bañados de luz, hay algo que nunca cambia: la Luna se alza». Lloro, llora, lloramos. Le tomo la mano y seguimos el camino que nos separará.
Creación
¿Y qué si alguna vez tu creación intenta devorarte
arrasar los bosques
clavar en la piedra las vasijas de tu espíritu
socavar con su hiedra ingrata los muros del día?
¿Y qué si entonces decides inundar ese Paraíso con la tristeza de un hombre?
Sagrada
A Fernanda
I.
Y en este momento de la madrugada es cuando por primera vez me escuchas crujir como un árbol que antes de caer ha recibido la luz de todos los atardeceres.
II.
Devuélveme una tarde de diciembre del 93, cuando en la montaña conocí, a la edad de lo inolvidable, el oro del sol que caía silencioso sobre los cipreses, la cumbre y los amigos. O llévame a la llovizna de esa madrugada solitaria y negra, de la que fui, en medio de la nada, el único espectador de la danza de miles de luciérnagas en un paraje fronterizo hoy imposible de ubicar. O húndeme hasta ahogarme en las aguas eternas de aquella orilla en la que tú comenzaste a creer que morirnos ya no era posible y luego aproveché para dejarte en el cabello una flor que el tiempo no logró marchitar. O ponme en el bolsillo derecho el perdido amuleto de venado que una vez me evitó una vida miserable al dejarme huir hacia un punto desde donde se veían las luces de la ciudad, y cuatro venados mágicos e inesperados, en un gran jardín, sacrificaron mi dolor en una piedra sobre la que después erigí la capilla de mis creencias. O dame, urgente, un corazón que pueda encontrarte, aquí o allá, y que lata escondido como un mapa en el pecho de este ángel caído.
III.
Ella cree en lo que no creo
es capaz de herir la roca cuando hay sed
y solo mira al pasado si en la memoria se asoma un tigre entre las ramas
yo, arriesgándolo todo, hallé sus diamantes con mis labios
así quemé en su cuerpo toda madera hinchada por la lluvia
nada fue igual cuando soñé su noche
todo tenía nombre
y nada triste mecía las copas de los árboles
entonces supe que nunca tendría las manos vacías si miraba el atardecer
pero bien dicen que no se debe robar a nadie su misterio
porque solo después de la inutilidad, el desencanto y la demolición
quedarán los destellos de un amor irrepetible, incuestionable y desobediente
ese es el precio a pagar
incluso para un ángel
incluso para un demonio
IV.
En la casa vacía que habremos de recordar siempre, hoy está una cama en la que repites que la noche no siempre es una mentira. Sagrada, mírame: solo con los años entenderás lo que fuimos.
Memorias del ángel caído: poemas y otros artefactos sonoros

Carlos Clará. (San Salvador, 1974). Poeta y editor. Pertenece a la generación de la posguerra salvadoreña conocida como Lunáticos, por su cercanía a La Luna Casa y Arte. Fundador del extinto taller literario El Cuervo, publicó Montaje invernal (en coautoría con Danilo Villalta, poesía, 1999), y Los pasillos imaginarios (poesía, 2013). Su obra aparece tanto en antologías de Centroamérica y España como también en revistas de istmo, México y Sudamérica. Fue coordinador editorial y editor en la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) del desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, hoy Ministerio de Cultura. Exmiembro del consejo editorial de la revista Cultura. Fue jurado del Premio Nacional de Cultura 2009 y editó por varios años el primer periódico digital de arte y cultura contrACultura (Contrapunto, Grupo Dalton). Fundó Índole Editores y participa en la Fundación Claribel Alegría (FCA).
Fundador y Coordinador de esta revista.
