La escritora salvadoreña Claudia Denisse Navas nos comparte un poco de su trabajo narrativo con el cuento Mensajes de Pierre Cardín, una historia entrañable sobre la memoria, el dolor y el recuerdo.
Claudia Denisse Navas / Escritora
La pantalla de mi celular brilla: nuevo mensaje. Es Pierre Cardín ofreciéndome descuentos para la compra de ropa y artículos de caballero. Me dice que, si no puedo ir hoy, tengo tres días más para comprar prendas para homenajear a mi padre en su día.
Mis datos quedaron en la base de consumidores del año pasado, justo por estas fechas, cuando visitamos una de sus tiendas. Después de estacionar frente a la entrada, mientras ayudaba a mi padre a bajar, sentí fijos en nosotros los ojos del joven vigilante. Nos vio llegar y, aun estando frente a él, no los apartó. No era una mirada de desconfianza. Era imposible que nuestra estampa desatara sospechas, un anciano frágil y pálido y, una mujer que lo aferraba, atenta a su paso.
Mi padre era polvo de herrumbre, flor de ceniza, el eco de un susurro.
El muchacho sostenía una especie de escopeta contra su pecho. Nos siguió mirando con descaro mientras ubicaba a mi padre en una fila de sillas, casi a la entrada. De alguna manera, mi padre también percibió esa aprensión, esa dureza, esa distancia emocional; pasó de largo sin verlo, con la boca remachada y el rostro serio. Sentí a mi padre un tanto tímido, un poco avergonzado de la debilidad de su condición humana. ¿Qué tenía la mirada de aquel hombre? De cierto, nada parecido a la empatía o la amabilidad. ¿Era miedo? ¿Era desprecio?
Se habla de la misericordia como la disposición a sentir compasión y actuar con bondad hacia aquellos que están en dificultades o sufriendo. He visto faltas peores de tal virtud en aquel catedrático que acicateaba con palabras burlonas el andar de una anciana que iba delante suyo en la fila del banco. Igual falta de piedad hubo en la gerente que, hasta no ver finalizado un reporte, impidió la asistencia de su subordinada al hospital donde estaba su bebé. El mismo alarde de grosería en la monja que dilató por dos horas el acceso al baño de las novicias que pedían detener el auto en alguna estación de combustible. ¿Debería yo sentirme tan mal por lo que, al fin y al cabo, era solo una mirada impertinente y hostil sobre la fragilidad de mi padre?
Él y yo no pasamos de la entrada de la tienda. No había para qué perderse en aquella galería congestionada de góndolas circulares. A la fila de asientos llegó una chica a atendernos y le despaché de corrido lo que necesitábamos: un pantalón café, uno negro y un cinturón de cuero. Habíamos llegado a la tienda porque mi padre se había quedado sin ropa que le ajustara; su cuerpo era una caña nudosa y blanca de dos tallas menos que al inicio de su enfermedad.
Pagué y nos dispusimos a salir. La vuelta al carro fue de nuevo seguida por la mirada del joven guardián de la tienda, pero algo se había suavizado en ella. Más bien me pareció que no encontraba en su repertorio cuál debía ser la actitud adecuada cuando se vio solo con mi padre que quedó detenido en la pared mientras yo iba a aproximar el carro. Hubo en el cuerpo del joven un ligero balanceo que se frenó, que no se concretó en un movimiento de auxilio a mi padre que, tratando aún de mostrar un resquicio de autonomía, caminó trémulo y se introdujo al auto con dificultad.
Partimos.
Me olvidé de Pierre Cardín, de su tienda y de su vigilante. Me concentré en buscar quién hiciera los ruedos de los pantalones. Mi padre volvió a tener una muda decente y ajustada. Le gustaba especialmente su pantalón negro, ese que casi tres meses después sería su mortaja.
Ahora, ¿cómo le explico a Pierre Cardín que su cliente no necesita más vestuario? Si he decidido no volver más a esa cadena de tiendas, ¿tiene sentido reclamar tardíamente la intangible falta de misericordia con que mi padre fue recibido? No me queda más que borrar esos mensajes que centellean en mi celular y en los recuerdos tristes de un padre a quien ya no puedo celebrar con sus productos.

Claudia Denisse Navas (1963). Psicóloga y maestra en Comunicación. Escribe ensayo, poesía y narrativa. Sus textos aparecen en antologías y revistas de México y Centroamérica. Obras publicadas: Criaturas de polvo y sal (Ojo de Cuervo, 2021) y Vaivén y declive (Pez Soluble, 2022) y Caminata sobre el fuego (Ojo de Cuervo 2024).

Es una historia conmovedora, es una cruel realidad que muchos, vivimos o viviremos en algún momento, y para la cual no se está preparado, cada quien lo vive según su historia de vida, sus valores, su cosmovisión. Me gustó mucho. Felicidades Claudia me gusta tu obra!