Intimidad y camaradería son piezas clave en esta historia del narrador salvadoreño Walter Meléndez. Este relato forma parte de la «Antología Narrativa de Oriente» editada recientemente por S&R editores
Walter Meléndez / Narrador
Aún el frío de la madrugada lluviosa permanecía dormido en la calle desierta y un leve vapor ascendía imperceptiblemente desde el asfalto. El olor a café, proveniente de algún lugar incierto, sutil, esparciéndose en estelas invisibles por el aire helado del amanecer, provocó en Ernesto la leve pero esperada mejoría ante el pesaroso sentimiento de culpa, residuo de una larga e inútil noche de alcohol y trabajo.
La casa, intensamente colorida, pareció configurarse portentosa en su memoria como el borroso y oscuro recuerdo de la noche anterior. Subió por las angostas gradas húmedas por la llovizna y se encontró con la puerta que había olvidado cerrar al marcharse esa madrugada. Exhausto, con el maquillaje echado a perder, corrompido por las gotas heladas, diminutas, explotando persistentes en sus hombros, empujó la puerta tratando de hacer el mayor ruido posible para alertar su llegada. Al ver que nadie aparecía para recibirlo, terminó de entrar y buscó de espaldas y en el aire la perilla ruidosa y gastada, y cerró con un golpe brusco y sonoro.
—¡Buenas! — dijo, casi gritando.
Julio, de pie junto a la mesa, tembloroso y sosteniendo una taza de café humeante en la mano, apenas escuchó el saludo se llevó el dedo índice a la boca.
—Hablá suave —le dijo—. El abuelo está dormido.
Señaló, con el mismo dedo, hacia el piso donde un colchón mugriento y desteñido aguantaba el cuerpo de un anciano envuelto en gruesas y coloridas sábanas con bordados de aves voladoras.
—Anoche no te enteraste de que estaba ahí dormido.
—Pensé que tus abuelos habían muerto —dijo Ernesto.
—No seás tonta.
Julio haló una silla con suavidad y colocó la tasa de café en la mesa, pero no se sentó.
—¿Querés café?
—Claro. He traído pan.
—Este café lo trajo mi abuelo. No se parece a esa basura que venden en sobres. Además, nos viene bien en estas condiciones.
Julio fue a la cocina mientras Ernesto, intrigado por lo del abuelo durmiente, permaneció concentrado mirando hacia el colchón, donde sólo podía ver el perfil moreno, las sienes amplias y encanecidas del viejo, y sobresaliendo de la gruesa sábana manchada de barro rojo, unas enormes botas vaqueras de falsa piel de serpiente.
Aquel pequeño espacio estaba alterado por las pertenencias del anciano, enseres de trabajo y vestimenta, concretamente abreviados en un enorme contrabajo con la madera desgastada y las cuerdas pardas por la herrumbre del óxido, un cinturón con una amplia hebilla plateada en forma de águila colgando del espaldar de una silla junto a una camisa de mariachi confeccionada en gruesa tela azul, y durmiendo junto a él, un florido y engalanado sombrero de charro.
Mientras Ernesto se sentaba a la mesa y comenzaba a abrir la caja del pan, el viejo comenzó a retorcerse en el colchón, manoteando entre las sábanas, dejando escuchar un seco crujido articular y emitiendo, desafiante, un largo y profundo suspiro. Tras una breve espera, Julio apareció con otra taza de café, la dejó frente a Ernesto y se sentó a la mesa sin prestar atención a los sonoros estremecimientos del viejo. Luego, partió un trozo de pan y le asestó un grande y violento mordisco.
—Que mala suerte tuvimos con la lluvia de anoche —dijo, barriendo las migas de pan de sus labios con una lengua blancuzca.
—Yo estuve en la gasolinera más de una hora esperando a que terminara de llover —le contestó el otro sujetando su taza de café con tres dedos.
El viejo comenzó a toser desde su destartalado colchón con un ruidoso petardeo de gargajos. Los dos hombres lo miraron al mismo tiempo, comprendieron, sin decir palabra, que no había nada de extraño, y continuaron conversando.
—Todavía está lloviendo —dijo Ernesto.
Pero el anciano, otra vez, se estremeció y rompió en estertores de tos. A Ernesto le parecieron guturales ronquidos provenientes de una caverna. Tras decir una palabrota, el viejo se incorporó quejumbroso y se sentó tambaleante en el colchón. Desde ahí, vio a aquellos hombres vestidos como mujer, sentados a una mesa donde permanecían olvidados los cadáveres de viejas latas de cerveza y botellas de licor vacías junto a platos con sobras de comida descompuesta. Por un momento no recordó donde estaba.
—¿Se siente enfermo? —le preguntó Julio.
El viejo comenzó a reconocerlos y se le dibujó una sonrisa en el rostro todavía nublado por la convalecencia del sueño.
—No —dijo—. Es solo que anoche tuve que hacer segundas. Desde que murió Arturo tengo que hacer segundas y siempre amanezco con la garganta destrozada.
Los hombres continuaron partiendo trozos de pan y tragándolos con cierta celeridad, apresurados ante el inminente descenso de la temperatura de sus tazas de café. El viejo, sin camisa y con un gastado pantalón, continuaba mirándolos con ojos extraviados. Al poco rato bostezó ferozmente y se rascó un costado.
—Anoche soñé que iba caminando, y mientras caminaba me perseguía un pájaro negro— dijo.
Los hombres en la mesa se miraron entre sí. Julio se recostó en la silla escrutando al viejo con una mirada indagatoria, pensando en un significado para aquel sueño.
—¿El pájaro lo perseguía volando o caminando?
—¡Pues volando, imbécil! ¿De qué otra manera podría ser? —respondió el anciano.
Los tres comenzaron a reír a carcajadas. Ernesto, terminó por escupir grumos de pan húmedo sobre la mesa, mientras que Julio y el viejo reían en complicidad, mirándose con la vieja rivalidad que subsistía a pesar de los años transcurridos y los intermitentes lapsos de ausencia, como antiguos enemigos con viejas disputas todavía por saldar, siempre con esa risa hacia adentro, eclosionando en el tracto estomacal. Ernesto tomó una servilleta y delicadamente limpió los grumos de su escupida inevitable y aprovechó para levantar de la mesa las colillas de cigarrillos quemados hasta el filtro. Pidió perdón por el desorden y continuó riéndose con menos estrépito.
—Hay pájaros que no vuelan ¿sabía usted eso? —le dijo Julio al viejo—. Los pájaros son aves y los hay que no vuelan como los pingüinos, avestruces o las mismas gallinas.
—Las gallinas son aves de corral—dijo el viejo con seriedad, señalando hacia arriba con un dedo índice trémulo e inquisidor —. Además, el pájaro que me perseguía en mi sueño era un buistre.
—¡Un buitre! —corrigió rápidamente Julio— Se dice: buitre.
—¡Claro! ¡Eso! ¡Un buistre, pues!
Julio suspiró. Cansado, miró a Ernesto y, mientras se llevaba la tasa de café a la boca, le murmuró entre dientes:
—Este viejo ya no tiene remedio.
El viejo bajó la mirada, reparó en sus botas, un trazo de lodo rojizo manchaba la brillante y metálica punta de una de ellas, los tacones, gastados solamente de un lado, le recordaron desde ese día comenzar a caminar de maneras alternativas a fin de gastarlos con uniformidad. Pensó en la noche anterior.
—Anoche escuché ruidos de borrachos.
—¿No me diga que a estas alturas de la vida le molestan los borrachos? —preguntó Julio.
—Éramos nosotras —dijo Ernesto—. Me encontré a esta bien loca y borracha cerca de la terminal de buses, estaba empapada y ni siquiera me reconoció, me estuvo dando de patadas y carterazos un buen rato y me decía «sos bien pendeja Lidia, sos bien pero bien pendeja» ¿Quién es Lidia?
—No la conocés —contestó Julio avergonzado.
—¡Claro que no la conozco! Es que cada día te embarrás con gente más sucia y corriente —dijo Ernesto, y luego se dirigió al viejo— Anoche lo traje borracho, vomitado y llorando y se lo cuento a usted, abuelo, para que esta tenga vergüenza.
El viejo tosió nuevamente con fuerza, sin embargo, se repuso de inmediato e impulsado con una renovada energía juvenil se recetó al mismo tiempo dos palmadas en ambas rodillas. Se puso en pie, movió la cabeza de un lado a otro para terminar de despertarse y se acercó a la mesa carraspeando la garganta, haló una silla, se sentó casi en el borde y apoyó los codos en la mesa parchada con oscuros lunares ocasionados por quemaduras de cigarrillos. Su rostro, moreno y caprino, con una blanca barbilla de punta afilada separada de un pequeño y puntiagudo bigote, recordaba vagamente al flautista y enamoradizo dios Pan.
Ninguno dijo nada. Julio terminó de un gran sorbo su café y se levantó de inmediato, entró a la pequeña cocina desde donde podía ver al viejo y a Ernesto por un amplio espacio abierto que hacía las veces de breakfast bar y que por lo general estaba atestada de platos, cerillos húmedos y cacerolas grasientas. De los estantes carcomidos y roídos por las ratas, tomó una tasa limpia, grande y blanca, asió de la agarradera, caliente todavía, un recipiente metálico con café, y lo vertió con rapidez en la tasa. Lo regresó de nuevo al quemador y se dirigió otra vez hacia la mesa.
—¿Que yo me meto con putas sucias y corrientes?— le dijo a Ernesto mientras se sentaba y ponía frente a su abuelo la tasa de café. El viejo aspiró la humedad, advirtió el vapor caliente del café adhiriéndose a su faunesca barba, y volvió a sentirse reanimado y con apetito.
—¡Sí! —dijo Ernesto con los ojos saltones— ¡Sucias y corrientes!
El viejo dio un breve sorbo a su tasa.
—No son sucias ni corrientes —dijo Julio más tranquilo, traspasando a Ernesto con una mirada de dignidad—. Son amigas que tienen problemas y para tu información pagan muy bien.
El viejo sufrió nuevamente una repentina acometida de tos, se llevó un pañuelo a la boca y tosió con fuerzas, se le coloreó el rostro, luego palideció, los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque intenso, el ataque esta vez había sido breve.
—Si sigue haciendo segundas —le dijo Julio—, Arturo se lo va a llevar a la tumba.
El viejo no dijo nada, otra vez bebió de su café. Julio se levantó de la mesa, regresó a la cocina, dejó su tasa vacía y se dirigió hasta el único cuarto de la casa.
Sentados a la mesa, el viejo y Ernesto escucharon el seco tronido del picaporte al cerrarse la puerta.
—Ayer pasamos toda la tormenta en ese restaurante mexicano —dijo el viejo—, no recuerdo cómo se llama.
Ernesto no dijo nada.
—La cosa es que el ciego —continuó— lo acapara todo, nos quita a todos los clientes, por eso tenemos que ir siempre a ese restaurante mexicano.
—¿Cuál ciego?
—Un ciego que está siempre con un niño y una bocina. Todos le piden canciones solo a él, por barato, por virtuoso, ¡qué sé yo! Pero ayer el ciego estuvo de malas, todos estuvimos mal, porque llovió y no paró de llover en toda la noche. El ciego estuvo sentado ahí a la entrada de la cantina frente al restaurante mexicano, rayando la guitarra y con la bocina apagada para no gastarse la pila.
Ernesto pensó en la hora, en el cuadrado de un viejo reloj de su infancia, en un sinnúmero de imágenes indiscernibles que desembocaban en un torrente de imprecaciones paternales, alejadas de aquel momento.
—…y entonces tuvimos que ayudar a Andrés porque cargando el acordeón se deslizó en un charco a la salida del restaurante.
Ernesto terminó su café, seguía sin atender la cháchara del viejo.
—No creo que trabajemos hoy. Andrés ha quedado con mucho dolor. Solo estamos la guitarra, la trompeta y yo.
—Algo es algo —dijo Ernesto y se recostó en la silla, mirando los agujeros y las sombras amarillentas de la humedad explayándose en el yeso del cielo raso.
—¡El Tijuana! —exclamó de pronto el viejo— Así se llama ese restaurante. Sí, El Tijuana.
La puerta del cuarto se abrió y un exuberante perfume de flores tropicales se propagó en aquella estancia confusa donde las cosas parecían flotar en una oscuridad de milenios. Julio apareció radiante tras la explosiva estela de su fragancia, golpeando, ruidoso, el piso de baldosas con sus afilados tacones. Su vestido, púrpura y de pronunciado escote le cubría solo lo necesario de sus glúteos. El viejo, inmóvil, con la tasa de café suspendida, sonrió alegremente al escucharlo maldecir porque frente a ellos Julio había dejado caer, sin querer, el broche de un arete que intentaba colgarse en la oreja.
—¡Bonito ese vestido! —exclamó Ernesto, que llevaba una blusa negra a manga larga con unos vaqueros azules, zapatos de plataforma y un brillante y lustroso collar de fantasía.
—Gracias— dijo Julio y se llevó las manos hacia el pecho—. Es de pijazo al frente.
Otra vez los tres hombres estallaron en una risotada. Julio se doblaba frente a la mesa y se retorcía a carcajadas, el viejo agitaba su cabeza de un lado a otro prorrumpiendo con un jolgorio cavernoso, y Ernesto, hipando de risa, se cubría la boca con una servilleta para evitar escupir la mesa.
Cuando se calmaron, Julio se sentó, cruzó las piernas y tamborileó la mesa con sus largas uñas pintadas de una tonalidad escarlata. Y sólo entonces el viejo notó cuán apuesto era su nieto. Advirtió en su papada cuadrada y en el rectángulo perfecto de su barba cortada a ras, disimulada por el retoque del maquillaje, los labios encarnados y aquella mirada segura, aplastante e incisiva.
—Cuando regrese le voy a traer un expectorante.
El viejo agradeció. Volvió a contar la historia de la noche anterior, la del ciego, la de El Tijuana y del accidente de Andrés. Recordó a Arturo, y terminó diciendo que esa noche no iba a trabajar.
—Voy a dormir un poco más.
—Duerma todo lo que quiera —le contestó Julio poniéndose otra vez en pie—Pero cuidado con soñar con sus aves de corral.
—¡Buistres! —dijo el viejo, emocionado.
Julio y Ernesto se levantaron de la mesa. Ernesto se colgó un bolso con estampas de flores y dijo que se marchaban. Julio le dio unas cuantas instrucciones al viejo sobre el inodoro. Fue otra vez a su cuarto, tomó su bolso marrón y se dio los últimos retoques de maquillaje frente a un espejo adornado con calcomanías de la santa muerte, y salió caminando con su ruidoso taconeo.
Mientras revisaba el bolso, encontró su teléfono, fue hasta la mesa, se colocó de espaldas a Ernesto y al viejo, y les dijo:
—Sonrían, buistres.
Los tres sonrieron. El aparato emitió un extraño sonido como el de un obturador de cámara fotográfica. Julio se dio la vuelta y les mostró la pantalla del teléfono: la foto, en un plano picado, les devolvía sus propios rostros envueltos en la felicidad de esa típica mañana de resaca donde Julio aparecía al frente con una pícara y desafiante sonrisa, el viejo al centro, sin camisa, sentado como un solemne dios pagano con una tasa de café en la mano, y al fondo Ernesto con la lengua de fuera y su abultado vientre escapándose de su blusa negra.
El viejo tomó el teléfono entre sus manos, como se sostiene a un ave, o a un polluelo de corral o quizás a un buistre, mientras que los otros dos hombres se asomaron para ver la foto, y los tres, otra vez, volvieron a reír.

Walter Meléndez. (La Unión, 1983). Graduado de Informática y tiene estudios en Estética e Historia del Arte. Escribe cuento y ensayo. Dirigió la revista literaria Ocaso. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales, como Grafomaníacos, y en antologías como Monstrurum Artifex (2021) y Daños colaterales: antología narrativa (Abrojo editores, 2024). Actualmente vive en Boston, Massachussets, y escribe ocasionalmente en su blog personal en Medium, donde objetiva sus ideas acerca de libros y la literatura.
